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lunes, 24 de enero de 2022

"EL DÍA QUE FUI BILL MURRAY", DE RAFAEL CAMARASA


Por José Martínez Rubio 

(Profesor de Literatura en la Universitat de València)


Un hombre que fantasea con descubrir a un mafioso para proteger a su mujer del miedo que le provoca un señor misterioso. Otro que espía a su propia mujer hasta descubrir su infidelidad y, lo que es peor, la felicidad que siente estando alejada del matrimonio. Alguien que piensa en un urinario en el funeral de su amigo. Un escritor en crisis al que la empleada doméstica desprecia por no saber escribir lo que ella sí escribiría. Una mujer que duda ante la catástrofe si es mejor salvar a su gato o a un cuadro de Rembrandt. Un personaje que se encarna en Bill Murray y que logra seducir a una joven bellísima, acostarse con ella, despertarse con ella un día, dos días, tres, y que acaba sustituyendo el éxtasis por la inquietud…

Los cuentos de Rafael Camarasa en El día que fui Bill Murray (Contrabando, 2021) arrastran al lector de historia en historia, de espacio en espacio, de soledad en soledad. Con Camarasa uno se sumerge en el fondo del océano para explorar los pensamientos de las anchoas, se tambalea preso de la ebriedad en el baño de un antro donde accede a colocarle la polla a Serge Gainsbourg dentro del pantalón, se bambolea con la gracia de un bumerán australiano, se topa con Adán y con Eva comprando en un supermercado, seducidos por la brillante reverberación de una serpiente en una televisión de alta definición. Con Camarasa uno transita del humor al estupor, de la sorpresa a la inquietud, de la confusión a la tristeza. 

Ante todo a un escritor, y más a un escritor de cuentos, a un cuentista, se le debe exigir imaginación. Y debemos agradecerla cuando en un volumen encontramos tanta disparidad de historias, tantos registros, escenarios y personajes. Los artificios son múltiples, variados: el juego con los puntos de vista, los giros a partir de las expectativas del lector, la iluminación de los finales, el humor, la risa, la emoción, la ternura. Rafael Camarasa completa una trilogía de cuentos, tras Feos (2009) y Lo normal (2017), con el El día que fui Bill Murray (2021) y aunque afirme que con ello se retira de la narrativa para continuar con su escritura poética (Cromos, El sitio justo o Sin noticias de Liliput), uno quiere pensar que esa retirada la expresa un personaje estupefacto como los que viven en sus relatos, que no cumplirá con una palabra liberadora y seguirá condenado a una escritura luminosa. 

Rafael Camarasa y José Martínez Rubio
Los cuentos de Rafael Camarasa se nutren de una gran imaginación para hablar, en el fondo, de una misma cosa: la soledad. Ya podemos sonreírnos ante la recreación de los capítulos inventados de Friends, los amores y escarceos en el parque temático del pato Donald, Mickey Mouse o Cenicienta o una tribu de cromañones fundando la primera comunidad de vecinos, que en el fondo de la historia subyace un regusto amargo. La soledad de cada personaje. La complicidad del lector con esa soledad, el único capaz de completar el sentido a toda la historia. 

Los cuentos de Rafael Camarasa se sustentan precisamente sobre esa imaginación, pero sin prescindir de un trabajo consciente de escritura. Ello le permite también fabular sobre las posibilidades del lenguaje e incluso la pérdida de las palabras a medida que perdemos a las personas que nos las enseñaron (la vida es ir llenándose de ausencias), reformular palimpsestos, redefinir personajes populares, explicar la elipsis a partir de un niño que se esconde tras una cortina y cuando sale es un adulto al que le pregunta el agente inmobiliario por cuánto vende la casa. 

En estos cuentos hay tanta soledad, tanta ternura y tanta carcajada como payasos integran un ejército. Porque el humor en Camarasa también es una trampa, la forma que reviste con amabilidad la crudeza del mundo. Lo atestigua el silencio de Bill Murray en la megalópolis de Tokio o en la habitación de un hotel despertando extrañado ante una belleza que ya no comprende.


(Esta reseña se publicará próximamente en el n.º 100 de la revista Barcarola)

 

  



viernes, 22 de noviembre de 2019

"PAISAJE DE TRONCOS SEGADOS" DE FRANCISCO F. MENESES

Extracto del texto que el poeta Rafael Camarasa leyó en la presentación del poemario  de Francisco F. Meneses, Paisaje de troncos segados (Marte 2019), que tuvo lugar en la Llibreria Ramon Llull de Valencia el pasado 9 de noviembre de 2019.


Es curioso cómo Paco, expansivo cuando habla, se convierte en un virtuoso de la brevedad en muchos de los poemas de este libro. Como si cortase cúbicamente el espacio, incluido el aire, lo encierra en una caja de metacrilato, donde solo cabe lo justo y no sobra nada. Es como si envolviese la escena al vacío para transmitirnos esa sensación de aislamiento que nos transmiten los cuadros de Hooper. No son desdeñables los poemas largos que habitan el libro. Al contrario. Me parece maravilloso el titulado OSCURA DAMA LARGA, PRIMAVERA SABIA DE OJOS CANSADO y también VISIONES DE IRENE, pero me ha sorprendido y mucho con esas pequeña joyas breves que pueblan las hojas de este poemario. Textos donde el silencio es atravesado solo por lo que sucede, en escenarios minimalistas donde se ha elegido cuidadosamente lo que ha de aparecer. Versos escuetos, pero de concienzuda elaboración e innegable peso. Y otra vez vuelvo al silencio. O, más bien, a la quietud.  A esa paz de poemas como el titulado SIESTA,  donde se remite a la niñez, y cito: En la puesta lunar, de niño/ Dormía con la madreselva/ Escuchaba gemir a las chicas/ a través de las ventanas/ durante la siesta. Un silencio, a veces atronador y otros como de naturaleza, tal como el que se palpa en el poema EL OLIVO o en el emocionante PAISAJES DE TRONCOS SEGADOS, que dedica a su padre: Los troncos desgarrados/desnudos/en medio de una nada/ envuelta/ rodeada de cañas secas/. Un silencio terreo que también aparece en TIERRA HABITABLE. Como dije antes, refiriéndome al grupo de poetas donde se curtió Paco, en sus poemas hay reminiscencias de música –COHEN, DYLAN-, de viejo cine –el poema titulado MUNDOS CON SOMBREROS parece una escena de película noir-, y también se habla en este libro de héroes y flechas mitológicas, pero a diferencia de aquellos, en los poemas de Paco esas referencias aparecen de una manera fina, delicada, nada ostentosa ni culturalista, que no altera la sobriedad medida y buscada del poema. Su pureza silenciosa.

En definitiva, creo que los poemas de Paco son piedras talladas y pulidas hasta lo máximo para convertirse en lo mínimo y esencial.  Grandes y pequeños textos que nos hablan de la fugacidad de la belleza, del dolor, del amor y de la conciencia de ser el resultado de muchos hombres. “Soy la memoria de todos lo que no fui o nunca seré” dice en su poema OSCURA DAMA LARGA, PRIMAVERA SABIA DE OJOS CANSADOS.

No como amigo, sino como lector de Francisco F. Meneses, os invito a leer este PAISAJES DE TRONCOS SEGADOS que tanto he disfrutado  y  a que comprobéis por vosotros mismos cómo, a veces, menos es más. A que sintáis la quietud que resalta el sonido de cada poema y cómo con tan poco se puede decir tanto.

Rafael Camarasa, Noviembre de 2019