Siempre aguardo un rato.
Por eso
conozco todos los cielos cambiantes de la ciudad de Valencia al final
de esta calle.
Hoy es de
un azul desvalido.
Miquel
Martínez
Desde que las últimas
lluvias han dejado el cielo y se han quedado en la tierra -cielo
limpio,
tierra húmeda y brillante-
la
claridad mayor de la vida que como el azul ha vuelto a lo alto, y en
la frescura de haber habido agua se ha alegrado abajo, ha dejado un
cielo propio en las almas, una frescura suya en los corazones.
Fernando
Pessoa
Había olvidado a Pessoa,
la turbación que me produjo la primera vez que leí El
libro del desasosiego en
los 80.
Cuando vivía en
Lisboa, curioseaba las revistas antiguas que había en casa; entonces
no entendí que Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro eran
el mismo poeta, dado que su poesía no tenía una voz sino voces
diferentes, como si cada uno de ellos fuera una persona distinta.
Ha sido en
2025,
al leer Mi vida en
los objetos de
Miquel Martínez,
que he regresado a aquellas lecturas y he sentido la necesidad de
releer a Pessoa.
Instintivamente, el personaje
de Dámaso Apollini me ha llevado al ser humano que fue el escritor
portugués.
Dámaso, en esta
novela, es más que un personaje. Miquel describe tan fluidamente lo
que siente que se convierte en piel y carne, en deseo y sueños,
sueños callados o discurrir del tiempo por una Valencia por la que
paseamos al igual que Pessoa nos pasea por la Lisboa de principios
del siglo XX.
Y en ambos
itinerarios
encontramos olores, descripciones detalladas de espacios,
sensaciones, pensamientos; unos fragmentados -los de Pessoa-, otros,
que van evolucionando -los de Apollini-,
según avanzan
las páginas, pero en ambos hay un deseo de permanecer en silencio,
de mantenerse con un perfil bajo y carente de estridencias.
Hacer de un personaje un ser
vivo, es uno de los misterios de algunas novelas que me incitan a
seguir leyendo, a continuar
interesándome
por la literatura.
Puedo ver a Pessoa en la
oficina donde traducía y a Apollini en la notaría, ambos callados,
circunspectos, rodeados de papeles y quehaceres cotidianos,
sumergidos en su profunda vida interior,
tan distinta a lo aparente.
El primero,
negando la felicidad, negándose la paz interior, carcomido por
ideas tan
oscuras como la
lluvia intermitente que cae en Lisboa, contemplando el Tajo desde el
Terreiro do Paço, comiendo en Martinho da Arcada, vaciando la
botella de vino, sumido en un caos, y puedo ver a Dámaso paseando
por la calle de la Paz, vestido de gris, parte
de unas calles
sin tiempo, de
las personas que pasan a su lado sin verlo,
pero él sí las
ve, recordando cuando pinchaba nubes con su amor adolescente; ambos
superticiosos, ambos conocedores de que los objetos son mágicos y
por lo tanto trascienden el mero hecho físico,
siendo más que materia, seres animados en los que depositamos la
esperanza de que nos pueden salvar, como en el caso del protagonista
de Mi vida en los
objetos, idea que
se hace real, pues un objeto lo proteje de caer herido de muerte,
herido de corazón o de el alma.
Creo que para Pessoa la muerte
es inevitable, la salvación es algo que no desea, todo es un
martilleo constante en su pensamiento, el amor no existe porque no
existe la salvación y es precisamente el amor quien salva a Dámaso,
entre albornoces blancos de un Hotel y una casa vacía, de su traje
gris de silencio.
¿Los opuestos se atraen,
se parecen, o es
nuestra memoria distorsionada la
que nos lleva de
un lado a otro? ¿Del blanco al negro o del negro al blanco?
He saltado de
una profundidad a otra, ambas necesarias, contrarias o
complementarias. Me quedo con el amor de Dámaso, con la certeza de
que algo bueno puede ocurrir y no con la negación o la incapacidad
de amar de Bernardo Soares.
Deambular sin
rumbo por la ciudad mirando los edificios, la luz plomiza que cae en
los atardeceres, observando el vaivén de las personas, deteniéndose
en una acera levantada por un árbol, es el mayor placer de las
personas solitarias. Basta con levantar la vista y mirar el cielo
para sentirse lleno de vida o de vacío,
del vacío de la
vida, en ocasiones.
Oler, aspirar lo que configura
la atmósfera opresiva o liviana de la ciudad hasta que se transforme
en el ser vivo que es, metáfora de anhelos y soledades quebradas por
algo que pueda parecer nimio. Somos la ciudad que habitamos, por ello
cada vez que vivimos en una ciudad distinta, nos convertimos en
diferentes personas, en una metarmorfosis que, a veces, nos
sorprende. ¿Quién hubiera sido Pessoa sin la luz cenicienta de
Lisboa cuando atardece en el Tajo y enfrente tiene, cerca y lejos,
Almada? ¿Quién hubiera sido Apollini sin la luz gris de la Plaza de
la Virgen, en noviembre, rodeado de románico y gótico?
Es agosto, hace el calor
intenso y húmedo característico de Valencia, Apollini sale de la
notaría en donde trabaja, al final de la calle de la Paz, que fue
una vivienda, en la que imagina escenas de familia y desde cuyo
portal divisa la Torre de Santa Catalina, la mira como un extranjero
con sorpresa. "Al fondo, la replaceta con el quiosco y las
horchaterías, las palmeras ocultan las casas de la derecha y la
torre campanario se eleva sobre la finca antigua de tres pisos".
La rutina –¿quién ha visto dos cielos iguales– no lo priva del
asombro. En una ida sin prisa, avanza por la calle de la Paz, tuerce
por Poeta Querol, hace referencia a los turistas sentados en Marqués
de Dos Aguas, cuyas imágenes se reflejan en los cristales del Hotel
Inglés, como si fueran otros, y se desdoblaran, al igual que Pessoa.
El tiempo detenido cuando se
está de viaje, haciendo un paréntesis en los problemas, mira con
sensibilidad a las mujeres/madre, constatando que se han quedado sin
espacio ni tiempo, un hombre con una pipa se pregunta si es demasiado
tarde para el divorcio.
El sol entre los árboles, al
pasar por el Teatro Principal, le recuerda a Soledad, con quien
pinchaba nubes y coleccionaba postales de ciudades, –el viajar sin
salir de la ciudad de Pessoa–, tuerce por Pascual y Genís, el
ajetreo le recuerda a Lorena, un enjambre de mujeres en las últimas
compras antes de las vacaciones, dobla por Jorge Juan y llega al
Mercado de Colón. Su meta es Cirilo Amorós, donde se respira la
atmósfera característica de la burguesía valenciana.
Sin movernos del lugar, hemos
paseado por una de las zonas más bellas de la ciudad, compartiendo
las sensaciones de Dámaso.
Cuando leemos un libro, si es
capaz de emocionarnos, de contactar con nuestro Yo interior, de dejar
huella, se convierte en una historia que no olvidaremos. Dámaso me
ha hecho viajar por mis adentros y rememorar la Lisboa de Pessoa,
conectando a dos seres solitarios que sentían intensamente y
observaban el exterior, mientras se nutrían de las diferentes formas
de la destrucción o la vida. Ambas miradas impregnadas de poesía,
trazadas con un fino hilo de plata que las sostiene y nos deleita. En
Lisboa, cuando llueve, los paraguas se abren y el espacio que queda
entre el suelo y el cielo se difumina en la negritud, la calzada
brilla sedosa, los transeúntes no tienen prisa, al igual que Pessoa
cuando salía de su casa en Campo de Ourique a las ocho de la mañana
para ir al trabajo y divisaba Alcântara mar, parsimonioso, seguro de
que su destino pertenecía a otra Ley. Alternaba el 28 con el
caminar, se dejaba mecer por el sonido del tranvía avisando a los
peatones de su paso y observaba el color de la hierba al pasar por el
Jardín da Estrela porque en su superstición el diferente color
sería el indicio de lo que sucedería esa jornada. Al llegar a la
Baixa, entraba en la oficina en la que traducía correspondencia
comercial, redactaba contratos y escribía cartas; al acabar el
trabajo, a veces, escribía fragmentos de algo suyo, quizás también
un poema. Antes de la una, iba a comer a Martinho da Arcada, bajaba
la Rua dos Douradores, cruzaba la Rua da Prata, torcía hacia la Rua
Augusta, dibujaba un nuevo Imperio portugués y cuando llegaba a los
soportales de la Praça do Comércio, reflexionaba si era él quien
debía escribir a Ofélia Queiroz o el ingeniero Álvaro de Campos
para poner fin a una no relación. Luego comía ligero, bebía mucho,
leía los periódicos en la mesa más apartada para observar a los
otros comensales y quizás la calle. Después de comer, volvía a
subir por la Rua Augusta hasta el Rossio; no sabía si mirar las
flores expuestas en los quioscos de hierro que las floristas vendían
o decantarse por el Teatro Dona María. Al llegar a la Brasileira, se
tomaba un aguardiente y un café y charlaba con otros escritores.
Las tardes, en Lisboa, no
tienen tiempo, pero algunas veces había que volver al trabajo hasta
las siete y media; la obligación de pagar algunas facturas, aunque
sus ingresos no fueran suficientes para todas.
Del gris al ceniza, del ceniza
al gris, que en el caso de Dámaso se convierte en rosa, en rojo, y
en el de Pessoa en la certeza de que "Para crear me destruí;
tanto me exterioricé que en mi interior no existo sino
exteriormente". Y Dámaso, cómplice de los objetos, abierto a
que la vida le suceda.
María Vicente, poeta.
Valencia, marzo de 2026.