martes, 17 de marzo de 2026

DE LA VALENCIA DE DÁMASO APOLLINI A LA LISBOA DE PESSOA

 

          Siempre aguardo un rato. Por eso conozco todos los cielos cambiantes de la ciudad de Valencia al final de esta calle. Hoy es de un azul desvalido.

Miquel Martínez

          Desde que las últimas lluvias han dejado el cielo y se han quedado en la tierra      -cielo limpio, tierra húmeda y brillante- la claridad mayor de la vida que como el azul ha vuelto a lo alto, y en la frescura de haber habido agua se ha alegrado abajo, ha dejado un cielo propio en las almas, una frescura suya en los corazones.

                                                   Fernando Pessoa


Había olvidado a Pessoa, la turbación que me produjo la primera vez que leí El libro del desasosiego en los 80. Cuando vivía en Lisboa, curioseaba las revistas antiguas que había en casa; entonces no entendí que Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro eran el mismo poeta, dado que su poesía no tenía una voz sino voces diferentes, como si cada uno de ellos fuera una persona distinta. Ha sido en 2025, al leer Mi vida en los objetos de Miquel Martínez, que he regresado a aquellas lecturas y he sentido la necesidad de releer a Pessoa.

Instintivamente, el personaje de Dámaso Apollini me ha llevado al ser humano que fue el escritor portugués. Dámaso, en esta novela, es más que un personaje. Miquel describe tan fluidamente lo que siente que se convierte en piel y carne, en deseo y sueños, sueños callados o discurrir del tiempo por una Valencia por la que paseamos al igual que Pessoa nos pasea por la Lisboa de principios del siglo XX. Y en ambos itinerarios encontramos olores, descripciones detalladas de espacios, sensaciones, pensamientos; unos fragmentados -los de Pessoa-, otros, que van evolucionando -los de Apollini-, según avanzan las páginas, pero en ambos hay un deseo de permanecer en silencio, de mantenerse con un perfil bajo y carente de estridencias.

Hacer de un personaje un ser vivo, es uno de los misterios de algunas novelas que me incitan a seguir leyendo, a continuar interesándome por la literatura.

Puedo ver a Pessoa en la oficina donde traducía y a Apollini en la notaría, ambos callados, circunspectos, rodeados de papeles y quehaceres cotidianos, sumergidos en su profunda vida interior, tan distinta a lo aparente. El primero, negando la felicidad, negándose la paz interior, carcomido por ideas tan oscuras como la lluvia intermitente que cae en Lisboa, contemplando el Tajo desde el Terreiro do Paço, comiendo en Martinho da Arcada, vaciando la botella de vino, sumido en un caos, y puedo ver a Dámaso paseando por la calle de la Paz, vestido de gris, parte de unas calles sin tiempo, de las personas que pasan a su lado sin verlo, pero él sí las ve, recordando cuando pinchaba nubes con su amor adolescente; ambos superticiosos, ambos conocedores de que los objetos son mágicos y por lo tanto trascienden el mero hecho físico, siendo más que materia, seres animados en los que depositamos la esperanza de que nos pueden salvar, como en el caso del protagonista de Mi vida en los objetos, idea que se hace real, pues un objeto lo proteje de caer herido de muerte, herido de corazón o de el alma.

Creo que para Pessoa la muerte es inevitable, la salvación es algo que no desea, todo es un martilleo constante en su pensamiento, el amor no existe porque no existe la salvación y es precisamente el amor quien salva a Dámaso, entre albornoces blancos de un Hotel y una casa vacía, de su traje gris de silencio.

¿Los opuestos se atraen, se parecen, o es nuestra memoria distorsionada la que nos lleva de un lado a otro? ¿Del blanco al negro o del negro al blanco? He saltado de una profundidad a otra, ambas necesarias, contrarias o complementarias. Me quedo con el amor de Dámaso, con la certeza de que algo bueno puede ocurrir y no con la negación o la incapacidad de amar de Bernardo Soares. Deambular sin rumbo por la ciudad mirando los edificios, la luz plomiza que cae en los atardeceres, observando el vaivén de las personas, deteniéndose en una acera levantada por un árbol, es el mayor placer de las personas solitarias. Basta con levantar la vista y mirar el cielo para sentirse lleno de vida o de vacío, del vacío de la vida, en ocasiones.

Oler, aspirar lo que configura la atmósfera opresiva o liviana de la ciudad hasta que se transforme en el ser vivo que es, metáfora de anhelos y soledades quebradas por algo que pueda parecer nimio. Somos la ciudad que habitamos, por ello cada vez que vivimos en una ciudad distinta, nos convertimos en diferentes personas, en una metarmorfosis que, a veces, nos sorprende. ¿Quién hubiera sido Pessoa sin la luz cenicienta de Lisboa cuando atardece en el Tajo y enfrente tiene, cerca y lejos, Almada? ¿Quién hubiera sido Apollini sin la luz gris de la Plaza de la Virgen, en noviembre, rodeado de románico y gótico?

Es agosto, hace el calor intenso y húmedo característico de Valencia, Apollini sale de la notaría en donde trabaja, al final de la calle de la Paz, que fue una vivienda, en la que imagina escenas de familia y desde cuyo portal divisa la Torre de Santa Catalina, la mira como un extranjero con sorpresa. "Al fondo, la replaceta con el quiosco y las horchaterías, las palmeras ocultan las casas de la derecha y la torre campanario se eleva sobre la finca antigua de tres pisos". La rutina –¿quién ha visto dos cielos iguales– no lo priva del asombro. En una ida sin prisa, avanza por la calle de la Paz, tuerce por Poeta Querol, hace referencia a los turistas sentados en Marqués de Dos Aguas, cuyas imágenes se reflejan en los cristales del Hotel Inglés, como si fueran otros, y se desdoblaran, al igual que Pessoa.

El tiempo detenido cuando se está de viaje, haciendo un paréntesis en los problemas, mira con sensibilidad a las mujeres/madre, constatando que se han quedado sin espacio ni tiempo, un hombre con una pipa se pregunta si es demasiado tarde para el divorcio.

El sol entre los árboles, al pasar por el Teatro Principal, le recuerda a Soledad, con quien pinchaba nubes y coleccionaba postales de ciudades, –el viajar sin salir de la ciudad de Pessoa–, tuerce por Pascual y Genís, el ajetreo le recuerda a Lorena, un enjambre de mujeres en las últimas compras antes de las vacaciones, dobla por Jorge Juan y llega al Mercado de Colón. Su meta es Cirilo Amorós, donde se respira la atmósfera característica de la burguesía valenciana.

Sin movernos del lugar, hemos paseado por una de las zonas más bellas de la ciudad, compartiendo las sensaciones de Dámaso.

Cuando leemos un libro, si es capaz de emocionarnos, de contactar con nuestro Yo interior, de dejar huella, se convierte en una historia que no olvidaremos. Dámaso me ha hecho viajar por mis adentros y rememorar la Lisboa de Pessoa, conectando a dos seres solitarios que sentían intensamente y observaban el exterior, mientras se nutrían de las diferentes formas de la destrucción o la vida. Ambas miradas impregnadas de poesía, trazadas con un fino hilo de plata que las sostiene y nos deleita. En Lisboa, cuando llueve, los paraguas se abren y el espacio que queda entre el suelo y el cielo se difumina en la negritud, la calzada brilla sedosa, los transeúntes no tienen prisa, al igual que Pessoa cuando salía de su casa en Campo de Ourique a las ocho de la mañana para ir al trabajo y divisaba Alcântara mar, parsimonioso, seguro de que su destino pertenecía a otra Ley. Alternaba el 28 con el caminar, se dejaba mecer por el sonido del tranvía avisando a los peatones de su paso y observaba el color de la hierba al pasar por el Jardín da Estrela porque en su superstición el diferente color sería el indicio de lo que sucedería esa jornada. Al llegar a la Baixa, entraba en la oficina en la que traducía correspondencia comercial, redactaba contratos y escribía cartas; al acabar el trabajo, a veces, escribía fragmentos de algo suyo, quizás también un poema. Antes de la una, iba a comer a Martinho da Arcada, bajaba la Rua dos Douradores, cruzaba la Rua da Prata, torcía hacia la Rua Augusta, dibujaba un nuevo Imperio portugués y cuando llegaba a los soportales de la Praça do Comércio, reflexionaba si era él quien debía escribir a Ofélia Queiroz o el ingeniero Álvaro de Campos para poner fin a una no relación. Luego comía ligero, bebía mucho, leía los periódicos en la mesa más apartada para observar a los otros comensales y quizás la calle. Después de comer, volvía a subir por la Rua Augusta hasta el Rossio; no sabía si mirar las flores expuestas en los quioscos de hierro que las floristas vendían o decantarse por el Teatro Dona María. Al llegar a la Brasileira, se tomaba un aguardiente y un café y charlaba con otros escritores.

Las tardes, en Lisboa, no tienen tiempo, pero algunas veces había que volver al trabajo hasta las siete y media; la obligación de pagar algunas facturas, aunque sus ingresos no fueran suficientes para todas.

Del gris al ceniza, del ceniza al gris, que en el caso de Dámaso se convierte en rosa, en rojo, y en el de Pessoa en la certeza de que "Para crear me destruí; tanto me exterioricé que en mi interior no existo sino exteriormente". Y Dámaso, cómplice de los objetos, abierto a que la vida le suceda.

María Vicente, poeta. Valencia, marzo de 2026.

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