viernes, 12 de abril de 2019

NATURALEZA MUERTA

Texto para la presentación de "Naturaleza muerta"(Ediciones Contrabando, 2019) de Juan Bravo Castillo, en la librería Popular Libros el 5 de abril de 2019. 

Por José Manuel Martínez Cano, poeta y codirector de la revista Barcarola.



“De repente, hasta los detalles más nimios y aparentemente insustanciales han adquirido densidad y vida propia”, escribe Juan Bravo Castillo, autor de Naturaleza muerta ((Edic. Contrabando) en algún momento de la novela, que como si de una obra pictórica se tratase  ha dispuesto,  sobre la superficie del tiempo, a modo de lienzo ilusorio de la realidad, sucesos, lugares, personas…, que se incrustan con toda su gama de matices y carga emocional, en un catálogo de imágenes como reflejo de un mundo complejo y sutil, el del autor, que obtiene argumentación literaria  en esa nimiedad vaga e imprecisa que nos produce el cotidiano vivir y observar, convirtiendo la memoria en un diario de la inmediatez. En Naturaleza muerta se funden diversos géneros  y  tonos  que pertenecen a tradiciones literarias diferentes, que reformulan en un flujo de conciencia reflexiones sobre la naturaleza humana, en claroscuro, que como en la caverna platónica sus sombras generan  “otros mundos, pero que están en éste” (P.Éluard).  Es en el ámbito de la docencia universitaria donde discurre el primer plano de esta novela,   -o la primera capa de la cebolla, como diría GünterGrass- , desencadenando  este epifánico monólogo, del que el autor no sólo es sujeto por su condición de catedrático , sino  también  objeto argumental que convierte el yo vivido, gracias a una rica y nítida prosa, en la esencia literaria que en grandes dosis destila esta novela, a veces autoficción, a veces juego de espejos donde se proyectan tanto la tradición cervantina como la invención transgresora cortazariana – La vuelta al día en ochenta mundos-. Pues todo sucede en un día, donde se dan los fenómenos de la memoria y de la escritura, que, anclados en el presente, fluyen de manera “independiente e inseparable”, reconstruyendo el mundo de ese profesor universitario narrador de la novela, como si de un viaje en el tiempo se tratase. El autor enfatiza al  comienzo del libro que “uno vive la literatura con tal intensidad que no puede desprenderse de tanto tópico”. Así, coexisten en este bello discurrir tanto Joyce como Proust, Sterne como Rabelais o el cercano  Miguel  Espinosa, pues en Naturaleza muerta el lector es cómplice de un fascinante cuadro donde se despliega tanto metaliteratura como vivencias, pues Bravo Castillo, con profundidad en su decir,  se apropia de estos versos de Jorge Guillén: “La realidad me inventa / Soy su leyenda”.


Así pues, en Naturaleza muerta asistimos a un sólido andamiaje literario, razón por la cual debería interesarnos tanto la realidad de los hechos narrados como su elaboración mediante un uso activo y reflejo, consciente, sincero e inmediato de la memoria por parte del YO narrador, a través de “esa corriente de  conciencia”que se convierte en un relato lleno de pasajes que conectan historias, en un microcosmos  - en este caso la Universidad de Castilla La Mancha en su  extenso campus- que adquiere visos de generalidad por lo refractario de los acontecimientos que suceden y los personajes que se encadenan magistralmente al relato, donde la hipérbole se usa como ingrediente humorístico al que se suma lo hilarante en las escenas protagonizadas por esos figurantes que muy bien podrían haber salido de un nuevo Retablo de las Maravillas. Como se dijo el hilo argumental es muy concreto, se trata de la cotidiana jornada laboral de un Catedrático universitario, que la  inicia  muy de mañana y la termina al declinar la tarde. Una odisea doméstica  al igual que la que emprende el antihéroe Joyciano, Leopold Bloom, en el Ulises, a veces, como en un flash back cinematográfico que produce el efecto óptico de plasmar un mundo hermético y kafkiano donde los dramatispersonae, o actores, personajes o personajillos…, deambulan, inmersos en sus historias y anécdotas , en un friso tragicómico/ esperpéntico/ humor negro y coral pues, tanto rectores como decanos, profesores o estudiantes, habitan como figura de papel  en ese espacio pictórico que el autor ha recreado como una reflexión sentimental e insumisa, pues una apasionada lectura de Naturaleza muerta debería hacernos reflexionar acerca de la falacia de ciertos arquetipos humanos. Juan Bravo no salda cuentas con nadie, sino que, como diría nuestro amigo Santos Sanz Villanueva, “el realismo ambiental se completa además  con datos veristas contrastados “y, yo añado, con guiños a ese monumento novelesco que es El Quijote, como cuando en la página 147 , igual que en escrutinio cervantino, se encuentra un libro de Juan Bravo o la bella y exótica  descripción  de Tahití, a modo de relato dentro del relato, como sucediera con El curioso impertinente, o La  leyenda del cautivo. Sin duda recursos, que  Juan Bravo por su condición de Catedrático de literatura conoce a fondo y que suman en pro de una novela llena de sabiduría, pasión y sencillez. Una obra abierta, y en la línea de lo autobiográfico, pero dentro de la idea de Barral, que compartía con Juan Benet, de que sólo una autobiografía podría salvarse si alcanzaba la dignidad de la ficción,  es decir, si se trataba la escritura con el mismo primor que uno pondría en una novela. En suma, se trata de una digresión  satírica, y a veces corrosiva,  de nuestro entorno, en este caso focalizado en la docencia y su desencantada utopía, con el propósito de hacernos ver  que nuestra mirada sobre el mundo ya no será la misma que tuviéramos antes. Lo escribió Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, ese libro de cabecera, que tanto Juan como yo tan a menudo utilizamos, y que podría poner colofón a esta apresurada presentación. Escribió lo que sigue el escritor peruano: No sólo se escriben novelas para contar la vida, sino también para transformarlaY este es el caso de Naturaleza muerta.  
Muchas gracias.

José Manuel Martínez Cano










lunes, 18 de marzo de 2019

EL CIELO DE KAUNAS / JESÚS ZOMEÑO


PRESENTACIÓN EN LA RACAL (Real Academia Conquense de Las Artes y las Letras) 1 de marzo de 2019


“Mi vecina era lituana, de Kaunas. Lo nuestro fue lo más parecido a un romance, aunque sólo tuviéramos sexo una vez. No hicimos el amor para que se convirtiera en costumbre, sino para que fuera excepcional. Luego su marido la mató y yo tuve que matarlo a él”...

Así casi comienza – digo casi comienza porque, a fuer de honesto, a este párrafo le preceden otras dos líneas – pero realmente así es como comienza esta novela con la que Jesús Zomeño da el salto de la narración en corto a la larga. No es el “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca” con que Muñoz Molina iniciara en su día su Beltenebros, pero por ahí le anda como efectivo elemento de seducción y enganche para el lector, un ahí te he, ya, atrapado, pero que, por otro lado, no le previene lo bastante –al lector, digo–  para lo que luego, gradual pero inexorablemente va a ir encontrando, sin poder quitárselo de encima, a medida que vaya progresando en las páginas, en las cortantes, aceradas –más cortantes y aceradas que el filo del más afilado cuchillo– páginas de lo escrito por Jesús: el desasosegante universo en el que se va a ver sumido a medida que se vaya adentrando en la espléndidamente entrelazada urdimbre de las tres historias que –apoyado en la ya más que constatada y probada sabiduría narrativa puesta de manifiesto en sus anteriores entregas como contador de historias, siquiera aquéllas se movieran en el concentrado esfuerzo del relato corto– ha trenzado en esta su primera incursión en la carrera de fondo de la novela.  
La una y otra vez estudiada y repasada grabación de la lituana Kaunas atrapada para siempre en las imágenes grabadas por el Google Street View en junio y julio de 2012 por un hombre –un policía español– que apoyado en ellas emprende un viaje rumbo a una esperanza en la que ni siquiera tal vez crea; una niña que se pierde en un bosque que guarda más de una sorpresa en su espesura; un veterano francotirador que presente estuvo en la represión soviética de Checoslovaquia en 1968 y que, al borde ya de una decadencia tanto corporal como mental y nostálgico más que de un derrumbado sistema ideológico y político de la juventud en él vivida, se empeña en una cruzada asesina adoptada como equívoca al par que infructuosa herramienta de concienciación solidaria, en un a la par colectivo y personal ajuste de cuentas con una actualidad rechazada y consigo mismo; un viejo quiosquero cuya personalidad e historia se nos irá descubriendo poco a poco, cual sucesivas retiradas hojas de alcachofa, a medida que vayamos progresando en la lectura; dos jóvenes rusos embarcados, fruto de sus historias personales y de la propia desconcertada sociedad postsoviética en la deben debatirse –en uno de ellos otro conflicto, Chechenia, socavando su conciencia– en una huida hacia adelante más allá de moral alguna, sin más certeza que la furia incontrolada, caminando ineludiblemente, hijos de la violencia y de la nada, hacia la tragedia; una inconsciente Erasmus alemana que un día se lió con quien no debía y acabará metida en la más oscura y sórdida boca de lobo que jamás imaginó; un verdugo no ya más allá del bien y del mal sino del propio mal absoluto; un expoliador de cadáveres en busca de su propia expiación; dos cabinas telefónicas transmutadas en casi simbólicos imaginarios nichos mortuorios; una camarera que en España estuvo y quizá urda pero quizá no una paralela historia de espionaje y masacres y tal vez sea uno de los pocos asideros de luz del libro junto, quizá, a la fugaz aparición, convertida en episódico personaje, en yo diría que especialmente diseñado humano-literario guiño, de la figura de la poeta Wislawa Szymborska … ésos son los mimbres con los que Jesús Zomeño, verdadero implacable disector de almas, con un lenguaje seco, terso, escueto y afilado,  sea como narrador omnisciente o apelativo, nos introduce tanto en el devenir como en los propios mundos interiores de unos personajes –unos personajes de los que quizá cabría decir, con Cervantes “unas veces huían si saber de quién y otras esperaban sin saber a quién” que se debaten en un universo en el que, prácticamente desmoronadas todas las convicciones, anida una violencia que bien querríamos creer, ocultando la cabeza bajo el ala,  que no es posible, pero que sin duda existe; un universo donde hasta la infancia muerde como la más cruel de las heridas, en que hasta los multicolores cristales de un infantil caleidoscopio no pueden ser recordados sino –y gracias– en blanco y negro; un universo de aristas cortantes y ciénagas morales del que querríamos fugarnos pero no podemos, donde cualquier esperanza sea si acaso, más allá –o más acá– del cielo bajo y plomizo de Kaunas, de cualquier Kaunas, cual perseguir un más o menos improbable rayo de luna…


Esto es lo que, merced a un magnífico manejo no sólo de la trama –de las tramas habría que decir, de las confluyentes tramas de las historias de su historia– sino de sus ritmos narrativos nos ofrece en esta descarnada, incluso en muchas ocasiones incómoda, dura novela, Jesús Zomeño. Dura desde luego, una de las más duras que en los últimos tiempos me he echado a los ojos, pero realmente espléndida. A la espera quedamos de nuevas entregas.  

domingo, 17 de marzo de 2019

SOBRE "DESDECIR" DE EVA HIERNAUX

Publicado por Eva Hiernaux en Facebook el 11 de marzo de 2019


De "Desdecir", mi último libro, mi querido amigo Miguel Ángel Curiel dice:

Todo lo que podemos decir de un libro lo dice mejor el libro mismo.
 Eva Hiernaux, artista multidisciplinar y poeta encara en este poemario su madurez, su crecimiento le ha llevado a un territorio donde la exploración en el lenguaje se hace por sendas vitales de conocimiento. 
Desdecir es a mi juicio el nombre del libro que no el título. Títulos para las cosas, nombres o nominaciones para lo que se rehumaniza, o es una creación del yo más profundo y puro, lo nominado es en lo hondo algo que está vivo. Se habla desde el libro mismo, ella habla desde el libro, se la puede oír dentro del libro, y es así que el objeto que llevamos en las manos, es en su esencia un ser casi silencioso. Así que, “Desdecir” se convierte de manera natural en un Desde-el-decir-. 
¿Pero qué decir desde ese lugar del decir sino lo esencial? El último poema del libro se desvela como un principio, como algo que ha quedado roto o inacabado, y por eso mismo se abre al nuevo territorio de su poesía futura con mucha fuerza, con la absoluta fuerza de lo visionario “Cuenco de la amistad, a veces cuando bebo me olvido del yo. Cuenco de la amistad: a veces cuando bebo no bebo nada”. Un decir Zen, una proyección Zen y esencial de la poesía de Eva Hiernaux, una pieza a mi juicio maestra. “Desde-el-decir” esta poesía nos con-mueve, nos lleva o nos eleva un poco gracias a sus palabras carentes de gravidez “Mendiga de mí hasta que supe decir yo”, pero ese yo es finalmente el de la alteridad, un yo hacia un tú, el yo vaciado para ser llenado por los otros, por los pronombres más huesudos que ella reencarna y que se tensan en los poemas con un lenguaje esencial y casi Zen. 
“Desde-el-decir” ignoto de la palabra, desde ese lugar o territorio zambraniano, “Las palabras, pájaros esquivos alzan el vuelo con el sólo vibrar del aire” nos dice la poeta. Eva Hiernaux reelabora toda su poesía anterior en este libro; hay un antes y un después de este “Desde-el-decir: “Puedes creerme, eres -has sido- la palabra justa que se me pierde”. La poesía es casi una religión sin religiosidad, pero incluso lo contrario, una religiosidad de lo esencial, de la palabra en el centro del mundo sin religión. Nuestro tiempo de vértigo hacia el abismo del ser, permite esta escatología del lenguaje, permite que la poesía siga nombrando o viviendo sus estertores finales en una especie de eternidad achicada llena de tiempo. Estos tiempos hacen posible ese campo místico de la poesía, de la palabra como reflejo de un yo fragmentado en una realidad rota. Por un lado el lenguaje vertical saliendo de una realidad de subsuelo, desde el centro de la oralidad rota al servicio de una realidad constrictiva. El poema es para Eva Hiernaux una fuga vertical, una huida hacia lo alto. Cada poema en este “Desde-el-decir” lo podríamos reconocer como una oración a la nada, un rezo en una liturgia del yo espantado, del yo que se des-dice; un rezo a la nada en la que chapotea el hombre. En el poema de la página 33: “Nos salva de la soledad mientras oímos nuestra voz”, precedido por la cita de J.L. Puerto que define muy bien este rezo o liturgia del yo a su yo, como una murmuración que salva del absoluto de la soledad “oración, letanía, invocación y cántico” En la suma de estas cuatro palabras, el núcleo central del libro, de este “Desde-el-decir”. 
Un libro de poemas de Eva Hiernaux es como una flor extraña, y el lector de estos poemas un extraño polinizador. Ella ha escrito-construido este extraño y bello libro polinizando primero la sustancia de la vida a través de los textos, de la palabra inscrita. Así ocurre en la primera parte del libro, desde un poema a otro, las citas bellas y sabiamente elegidas con el propósito de crear una comunicación que fuera más allá, un campo de polinización textual. Ella quiere apuntalar la transparencia del poema con delgados huesos de lenguaje. Lo paradójico es que finalmente es la transparencia absoluta la que permite descansar en lo invisible esos largos y delgados huesos de lenguaje. Antes aludí a una polinización mutua entre textos, en primer lugar entre lenguaje y vida, el poema puede ser un rastro de existencia, como un canto de muerte. “Desde-el-decir” interpela por esta vía, a otros poetas y a los lectores de poesía, los textos frente a frente, la indagación en el lenguaje frondoso, acercándose casi sin quererlo a órbitas valentianas, según avanzamos en el libro esto se mistifica, el yo de la poeta se adensa en el silencio, la voz se hace más vertical, asciende hacia los techos abisales del lenguaje. Lo metapoético de otras épocas ha evolucionado hacia otros territorios más esenciales y deshuesados de retórica, ese proceso nos ha dado libros híbridos como éste, donde el yo soporta la carga de lenguaje hasta investirlo, así el discurso metapoético ha rehumanizado estas poéticas hasta conseguir dejar el yo en el centro de los poemas que debían hablar sólo y únicamente del hecho poético. El sol es uno, el lenguaje uno, la luz varía, las palabras son la sombra de los significados.

Eva Hiernaux
 Eva Hiernaux se atreve a marcar una originalidad propia, no tiene miedo al vértigo de lo extrañamente escrito. No se rinde, su mirada poética se dirige hacia los otros que también hablan y se dirigen a otros. Sabes muy bien que un poema es la sombra de las ramas tupidas de un lenguaje en flor. Eso es este libro, un ramaje podado que se proyecta en cada poema con una esencialidad que nos conmueve. “Desde-el-decir” tiene buenos poemas, y un buen poema irradia, no se apaga rápido, un buen poema irradia los límites del yo, irradia eso que casi no se puede decir. Aún hoy no lo sabemos bien, pero que un poema irradie o no esa energía de la palabra, una energía de comunicación, es un misterio. Lo que nos dice la poeta es que las palabras han perdido su significado, han quedado huérfanas de mundo, y por eso se estremecen en el fondo vaciado del lenguaje, y queda el cuerpo de la palabra, los huesos que suenan en la lejanía del lenguaje como una campana perdida en el cielo, que no oímos, pero sí sentimos sus vibraciones, los golpes del silencio del mundo dentro de nosotros. Los poemas de Eva Hiernaux son esa campana perdida en el cielo, que no oímos pero nos golpea dentro. “No hay regreso para la palabra no pronunciada”. Se trata de una semilla de silencio. ¿Y que más podría el lenguaje, la palabra como hecho humano darnos sino silencio generando silencio, para poder oír mejor las abejas del lenguaje de los dioses? Eso es virtud de este “Desde-el-decir”.

DESDECIR: https://www.edicionescontrabando.com/libro.php?l=130

lunes, 21 de enero de 2019

"C'EST ÉCRIT". UNA RESEÑA DE "EL ÚLTIMO GIN-TONIC",

Por Daría Rolland Pérez



Uno de los mejores cumplidos que puede recibir un escritor francés es que se diga de su texto, poema o novela: “C’est écrit”. Y eso es lo primero que me ha venido a la mente al leer la novela El último gin-tonic de Rafael Soler. La novela está escrita, bien escrita, muy escrita. Precisión en las descripciones, detalladas y creíbles. Soltura en los diálogos. Muy buen conocimiento de los diversos ambientes. Personajes con envergadura: duros y vulnerables al mismo tiempo, sobrados y tímidos. Una trama bien hilada. Y luego el ritmo, que no lo es todo pero que es mucho. Hay en esta novela una especie de alegro trágico que le hubiera gustado a Stendhal. Escritura dinámica y sombría, viva y amenazante. Engancha, y bien.

La ironía y el erotismo están siempre presentes. La muerte merodea. Y el juego a veces peligroso con el lenguaje recuerda al poeta iconoclasta. Todo ello para advertirnos que la vida está hecha de soledad, de frustración, de violencia y avidez, de sexo y de traición. Marx y el Evangelio también ocupan mucho las cabezas sin convertirlas ni convencerlas. Y el eterno padre con su presencia cargante, a veces amena, y su legado confuso pero no turbio, hombre al fin y al cabo de convicciones.

Rafael Soler se burla de todo o de casi todo: de la Administración Pública, de la burocracia y el trabajo absurdo, de los engreídos y de los necios, de los golfos de todo tipo: el de guante blanco que mata callando o el de guante negro que degüella o dispara sin más preámbulos. También se burla de las mujeres, no faltaría más: golfas o manipuladoras, enamoradas o infieles, amables o necias pero siempre deseables, incendiarias, bellas. La Mujer, principio y fin de todas las cosas. Y en fin se burla el poeta, nacido para escribir, de la literatura. De la propia y de la ajena.

Algo hay en esta novela de un cuento de Borges, con esa hermosa María compartida entre dos hermanos. Algo hay también del mejor Cela, con sus turbios personajes. Y mucho hay de la “novela negra” que Soler conoce finamente. También conoce el cine y la tele, esa tele que está en todas partes como Dios. Pero, a pesar del cariz pesimista, de los tintes sombríos y de la visión ácida, la vida aletea, brilla, retoza allí donde tiene que hacerlo: en los senos de las mujeres, en las buenas copas y comidas, en la mirada comprensiva, en la compasión por los viejos, por los que mueren o van a morir, por todos sus personajes, por él mismo, por todos nosotros. Y aletea la vida en la escritura: desenvuelta, maliciosa, juguetona, licenciosa. Con audacias a veces desconcertantes pero que pegan fuerte. Y luego esas cartas: la carta magistral con la que empieza la novela, esa otra que interrumpe el relato cuando hay que interrumpirlo, y la última con la que acaba todo.

Nadie triunfa en esta novela pero sí triunfa la lengua que es a lo que va el avezado poeta, el escritor de fondo. Los personajes son abundantes. Podrían marear pero no lo hacen porque en realidad son todos el mismo: el hombre, con su violencia, su deseo, su insaciable apetito. La diferencia está solo en algunas cositas que pesan su peso simbólico. Detalles hay muchos y muy importantes como ese, atroz, de unos zapatos de altísimo tacón guardados en el bolso durante un entierro y que esperan ser utilizados en su momento para lo que se puede imaginar. Un realismo sin concesiones, un artista que no perdona.

Empecé a leer esta novela con interés, la continué con pasión. Un denso momento, un fértil momento, una tregua deliciosa y amarga comparable a la que ofrece el mejor gin-tonic. Esperemos que no sea el último. Y para que mi reseña tenga también algo de circular como la novela, repetiré al final lo que decía al principio: “C’est écrit”. Está escrita, muy bien escrita. Para nuestra ilustración y nuestra dicha.



Daría Rolland Pérez
 nace en el Valle del Tietar (Ávila). Pasa su infancia

 y adolescencia en Madrid. Acompaña a su esposo Jean-Claude Rolland en 
sus diversas misiones culturales en el extranjero (Jartum, Singapur, El Cairo, 
Valencia) y vive largo tiempo en París. Es licenciada en Letras Hispánicas por 
la Universidad de la Sorbona, profesora de instituto, poeta y traductora. Escribe 
en varias revistas literarias. En colaboración con su esposo, ha traducido al francés 
a grandes poetas y narradores contemporáneos.
Poemarios:
El esposo francés, Juanes de Luz, Las fuentes del ensueño
Memorias: Tú también, herida rosa. Narrativa: Yo, corrupto (Verbum, 2016).