miércoles, 25 de marzo de 2020

LA DESTREZA AMATORIA

Reseña de Juan Bravo Castillo 


Hay libros que te atrapan desde la primera página y no te dejan respirar hasta que alcanzas el punto y final. Tal es, en esencia, la cualidad principal de La destreza amatoria, del conocido poeta, traductor y ensayista valenciano Wenceslo Ventura, que el pasado año prologaba el libro Poesías y locura en la obra de Leopoldo María Panero (colección Marte).

Sólo el que pasa por una cruel enfermedad está, como dejó escrito Thomas Mann, en condiciones de entender a fondo la naturaleza humana, y, del mismo modo, sólo quien ha vivido la pasión amorosa como el protagonista de La destreza amatoria, es capaz de entender los entresijos del amo
Ningún tema más antiguo y más manido que el amatorio, pero ahí está el arte para transfigurarlo y sublimarlo. Sirviéndose de una técnica que tiene mucho de soliloquio obsesivo y que a menudo nos recuerda la destreza descriptiva de los maestros del nouveau roman, el narrador, de una forma magistral, nos va adentrando en el campo de minas de un amor que, aunque en apariencia superado, vuelve una y otra vez como un motivo perenne, como a retazos, rumiando lo que pudo ser y no fue por múltiples motivos que el yo del narrador se esfuerza por desbrozar.

¿Historia de un desamor? Puede. A diferencia del fenómeno de la cristalización, en el sentido amoroso, del que habla Stendhal  en su tratado De l´Amour, que quien más quien menos es capaz de fijar con la máxima precisión, no ocurre lo mismo con el de la “descristalización”. Todo lo que alcanza su punto álgido, que diría Albert Cohen en Belle du Seigneur, está destinado al lento desmoronamiento, por más que “la muerte del amor” que dice el autor, “sea una muerte muy lenta” (p. 33), y no digamos para quienes “la verdadera cara la tienen en la nuca, mirando desesperadamente para atrás” (p. 72).

Hay, en efecto mucho de desamor en el libro, pero hay también momentos álgidos en que la pulsión amorosa adquiere dimensiones eternas. “El flechazo que abrasa, tortura en su inicio y transforma, es lo único que puede hacer que el amor perdure en el tiempo” (p. 91). Son los momentos inmaculados, como la nevada recién caída. Ya vendrán los sinsabores, las pezuñas de las bestias itinerantes, los obstáculos de toda índole a enturbiar lo que tan buenos auspicios ofrecía. Es harto difícil ver discurrir dos sentimientos puros de forma paralela hasta el infinito.

Como en las grandes obras impresionistas somos nosotros, los espectadores/lectores, los llamados a reconstruir la historia amorosa, hecha de retazos, como  fogonazos marcados en la conciencia, los encargados de extraer las conclusiones. Ambición y amor generoso suelen ser términos antagónicos; tanto como permanecer anclado en un amor que gira y gira y se alimenta de sí mismo. Demasiadas las preguntas que se plantean en La destreza amorosa de ese náufrago desesperado al que alude Miguel Blasco.

Pero, para responderlas, ahí está la prosa diamantina de Wences Ventura; poesía pura a lo Rimbaud, puro deleite, anunciando el porvenir en floridas prolepsis: “Ya me siento un mutilado que provisto todavía de la mano que la va a perder, que le será amputada sin remedio y que ya no hace nada para impedirlo. Tú te amputarás de de mí en forma de pierna, brazo, mano y no será hoy ni mañana, no sé ni cómo ni cuándo, será cuando llegue el otro, el nuevo, el que te diga al oído las palabras que quieras escuchar, que te abduzca y después te embalsame con sus piruetas verbales, con su gracia de hombre más joven, de un titiritero de las palabras, de un adulador y, por ende, menos agrio, pues la acritud ante una mujer te irá sumiendo en las tinieblas, en la luz negra del ninguneo” (p. 60).

Visto así, todo el libro es un vasto poema, hermoso, pétreo, diamantino, plagado de vetas de narratividad: “Observo tu cuello, la llama que lo recorre, los refugios, los puertos hermosos. Sin respuesta. Pareces de madera, como si aguantaras una comezón interna insoportable: un prurito que produce estrías en una planicie en exceso sensible a los rayos solares, en la piel porcelana de una dama joven” (p. 125).

Libro de múltiples lecturas, La destreza amatoria rompe cauces y abre solemnes perspectivas a la prosa española.

Marzo de 2020

lunes, 16 de marzo de 2020

TRÍPTICO DE TREINTA Y TRES

Reseña de Juanjo Albacete publicada en el periódico De Verdad Digital el 1 de febrero de 2020



Gustavo Espinosa es una “rara avis” más de ese incesante manantial de escritores “raros” de que hace gala la literatura uruguaya, sin duda una de las más creativas, revolucionarias y gozosas del continente literario hispanoamericano, y de la que forman parte autores universales como Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández o Mario Levrero, por citar solo a su “trilogía de oro”.
Pero si los tres anteriores son, por decirlo de algún modo, clásicos escritores “capitalinos”, que asentaron su vida y su creación en ese bastión literario que es Montevideo, Espinosa añade a su condición de “raro” la de escritor periférico, o incluso fronterizo, un escritor triplemente “marginal” (por su rareza, por su ubicación y, como veremos, por su propia creación literaria).
Gustavo Espinosa nació en Treinta y Tres en 1961. Treinta y Tres no es un invento ni una fantasía literaria de Espinosa, no es ni un Macondo ni una Santa María. Es una ciudad del interior de Uruguay, en el este del país, muy cercana al vecino Brasil, con unos 25.000 habitantes. Allí, en Treinta y Tres, nació Gustavo Espinosa y allí, si exceptuamos su etapa universitaria como estudiante de la Facultad de Humanidades, ha pasado la mayor parte de su vida. Allí ejerce como profesor de literatura de un instituto, como bluesmen ocasional (la música es uno de los ingredientes decisivos y constantes de su vida y de su obra) y, sobre todo, como un vecino más. Porque si algo caracteriza también a Espinosa (como a casi todos sus predecesores en la literatura uruguaya) es su ausencia total de “divismo”, su sencillez no impostada y su arraigo popular.
Además de escribir media docena de obras literarias que ya forman parte de lo mejor de la creación literaria uruguaya de los últimos 25 años (y pienso que de la literatura en lengua española, aunque a su obra aún le falta difusión y lectura generalizada en el espacio literario del español). Gustavo Espinosa se ha prodigado en los últimos años como crítico literario y cultural en medios de su país, como La República, Posdata, El Observador, Brecha y Caras y Caretas. Como músico lidera  el grupo Gustavo Espinosa y los pisapapeles.
A pesar de que su obra se limita a día de hoy a solo cinco títulos (un poemario y cuatro novelas), Espinosa ya ha merecido buena parte de los más importantes galardones de la literatura uruguaya, a la vez que se consagraba como uno de los escritores más popular, leído y admirado por críticos y lectores. En 2001 publicó su primera novela: China es un frasco de fetos, escrita entre 1987 y 1991, y que había recibido el premio Posdata del año 2000. En 2009, su libro de poemas Cólico Miserere obtuvo el Premio Fondos Concursables del Ministerio de Cultura y Educación. Ese mismo año, 2009, publicó la novela que habría de catapultarle al centro del escenario literario: Carlota podrida, que ganó el Premio Nacional de literatura. En 2011, Gustavo Espinosa se consagra definitivamente con una novela que merece una admiración y un reconocimiento unánimes: Las arañas de Marte, premio Bartolomé Hidalgo 2012 de narrativa. En 2017 vuelve a obtener este mismo galardón con la novela Todo termina aquí.
Estas tres últimas novelas, ambientadas todas en Treinta y Tres, fueron publicadas en Uruguay por la casa Hum Editores, y constituyen la matriz de la edición española que acaba publicar en enero de 2020 Ediciones Contrabando.
La literatura de Espinosa produce un poderoso deslumbramiento, que siempre viene precedido por una sensación de extrañeza cuando no de abierto desconcierto. El lector queda inmediatamente fascinado por el tejido de una prosa sorprendentemente tan barroca como comprensible, pero aún así no puede dejar de preguntarse qué es lo que realmente lo atrapa de unos personajes, unas situaciones y unos contextos narrativos en los que se mezclan ingredientes, a priori, tan poco “compatibles”. 
Como señala Rubén A. Arribas (uno de los mayores especialistas en literatura uruguaya de la España actual) en su excelente prólogo a este Tríptico de Treinta y Tres: “La primera vez que leí a Gustavo Espinosa me pareció desconcertante encontrarme con alguien capaz de mezclar esencias tan dispares —y hasta contradictorias— como el rock argentino de los 70, el barroco español del siglo XVI, el fervor por Bioy Casares o los crímenes de la dictadura uruguaya. Tampoco supe explicarme cómo era posible hablar de todo eso por medio de unos antihéroes dignos de Bukowski y con un fraseo de una belleza viscosa y recargada que incurría cada tanto en un erotismo desaforado. Era una escritura que decía emanar de «la yema de una alucinación», pero que se desenvolvía en una clave realista y rezumaba intelectualidad; una escritura capaz de aunar características como desmesura, manierismo, autoconciencia, meticulosidad o precisión”.
Gustavo Espinosa, en efecto, logra el “milagro”, tantas veces intentando y tantas veces fallido, de integrar en textos de auténtica valía literaria ingredientes de la cultura popular y personajes sacados de ambientes lumpen con referencias a la cultura más exigente y un lenguaje que bebe directamente en el barroco español. A Espinosa no le tiemblan las piernas cuando se define como devoto de Góngora (al tiempo que también reivindica a Fellini, a Onetti, a Marx, a Dante, a Cortázar…).
La literatura de Espinosa se asienta en tramas en apariencia muy simples (a veces un poco delirantes) y anécdotas locales casi insignificantes, pero que esconden una complejidad inaudita y adquieren una resonancia universal. Y se construye a través de una curiosa e insólita arquitectura, cuyo diseño se logra arrumbando materiales de la más diversa factura y procedencia, tal y que todo pareciera un auténtico cajón de sastre, pero que Espinosa ensambla con endiablada pericia.
Muchos de esos ingredientes son recurrentes a través de todos sus libros, como por ejemplo la música (desde los trobadores populares al rock argentino o el blues), las referencias (directas o laterales) a la dictadura militar, o los ambientes y personajes de ese Treinta y Tres perdido en ninguna parte, y que a la vez puede ser ombligo del mundo.
Presentación de "Tríptico de Treinta y tres" en Madrid. De izquierda a derecha
Miguel Blasco, Gustavo Espinosa y Rubén A. Arribas
Esta idea de la literatura y de la escritura no es solo un “capricho” de marginal o maldito. Al contrario. Para Espinosa es parte sustancial de una “estrategia de resistencia”. Como afirma R. A. Arribas, en el prólogo ya citado: “Este Tríptico y esta manera barroca de escribir son una forma de resistencia por cuanto enarbolan una divisa que identificó durante siglos a la literatura, y que ahora está en franca decadencia: la capacidad del poeta para irrumpir en la lengua y modificarla de manera abrupta. Es la literatura concebida, según declaró Espinosa en una entrevista para el diario Página 12, como algo monstruoso, como «una mutación que ocurre fuera de la cadena de lo esperable y normal de la evolución». En definitiva, la literatura como un discurso capaz de producir algún tipo de ruptura política y estética en el lector. Quizá eso ayude a entender por qué Espinosa se siente tan cómodo en los espacios fronterizos, es decir, en esas provincias de la realidad más proclives a lo poroso que a lo estanco. Allí asistimos al chisporroteo inherente a poner en contacto el amorfo mundo del lumpen-proletariado con el mucho más geométrico de la burguesía; también allí vemos las chispas que saltan cuando centro y periferia dirimen sus diferencias o cuando lo intelectual intenta abrirse paso entre la cultura de masas. De esa hibridación entre lo distinto nace un ser mutante, como este Tríptico de Treinta y Tres, capaz de romper con las expectativas del mercado, la crítica y la universidad. En el caso de Espinosa, ser barroco es un acto político (de política de la lengua, digo). Su obra puede leerse en la línea del maximalismo de David Foster Wallace: como una reacción contra la cultura pop que moldea hegemónicamente la sensibilidad y los imaginarios actuales… como una reflexión sobre cuál es el papel del escritor en mitad de este perpetuo carnaval de hiperconsumo y entretenimiento en que vivimos, esto es, qué narrar y cómo hacerlo. O dicho de otro modo: cómo enfrentarse al capitalismo en su afán por reducir la lectura a mera seducción del lector (y evitar así considerarla un diálogo crítico entre imaginarios)”.
No se pierdan a este escritor uruguayo, delicioso y adictivo.

viernes, 22 de noviembre de 2019

"PAISAJE DE TRONCOS SEGADOS" DE FRANCISCO F. MENESES

Extracto del texto que el poeta Rafael Camarasa leyó en la presentación del poemario  de Francisco F. Meneses, Paisaje de troncos segados (Marte 2019), que tuvo lugar en la Llibreria Ramon Llull de Valencia el pasado 9 de noviembre de 2019.


Es curioso cómo Paco, expansivo cuando habla, se convierte en un virtuoso de la brevedad en muchos de los poemas de este libro. Como si cortase cúbicamente el espacio, incluido el aire, lo encierra en una caja de metacrilato, donde solo cabe lo justo y no sobra nada. Es como si envolviese la escena al vacío para transmitirnos esa sensación de aislamiento que nos transmiten los cuadros de Hooper. No son desdeñables los poemas largos que habitan el libro. Al contrario. Me parece maravilloso el titulado OSCURA DAMA LARGA, PRIMAVERA SABIA DE OJOS CANSADO y también VISIONES DE IRENE, pero me ha sorprendido y mucho con esas pequeña joyas breves que pueblan las hojas de este poemario. Textos donde el silencio es atravesado solo por lo que sucede, en escenarios minimalistas donde se ha elegido cuidadosamente lo que ha de aparecer. Versos escuetos, pero de concienzuda elaboración e innegable peso. Y otra vez vuelvo al silencio. O, más bien, a la quietud.  A esa paz de poemas como el titulado SIESTA,  donde se remite a la niñez, y cito: En la puesta lunar, de niño/ Dormía con la madreselva/ Escuchaba gemir a las chicas/ a través de las ventanas/ durante la siesta. Un silencio, a veces atronador y otros como de naturaleza, tal como el que se palpa en el poema EL OLIVO o en el emocionante PAISAJES DE TRONCOS SEGADOS, que dedica a su padre: Los troncos desgarrados/desnudos/en medio de una nada/ envuelta/ rodeada de cañas secas/. Un silencio terreo que también aparece en TIERRA HABITABLE. Como dije antes, refiriéndome al grupo de poetas donde se curtió Paco, en sus poemas hay reminiscencias de música –COHEN, DYLAN-, de viejo cine –el poema titulado MUNDOS CON SOMBREROS parece una escena de película noir-, y también se habla en este libro de héroes y flechas mitológicas, pero a diferencia de aquellos, en los poemas de Paco esas referencias aparecen de una manera fina, delicada, nada ostentosa ni culturalista, que no altera la sobriedad medida y buscada del poema. Su pureza silenciosa.

En definitiva, creo que los poemas de Paco son piedras talladas y pulidas hasta lo máximo para convertirse en lo mínimo y esencial.  Grandes y pequeños textos que nos hablan de la fugacidad de la belleza, del dolor, del amor y de la conciencia de ser el resultado de muchos hombres. “Soy la memoria de todos lo que no fui o nunca seré” dice en su poema OSCURA DAMA LARGA, PRIMAVERA SABIA DE OJOS CANSADOS.

No como amigo, sino como lector de Francisco F. Meneses, os invito a leer este PAISAJES DE TRONCOS SEGADOS que tanto he disfrutado  y  a que comprobéis por vosotros mismos cómo, a veces, menos es más. A que sintáis la quietud que resalta el sonido de cada poema y cómo con tan poco se puede decir tanto.

Rafael Camarasa, Noviembre de 2019

miércoles, 30 de octubre de 2019

PRESENTACIÓN DE "DESDECIR" DE EVA HIERNAUX EN VALLADOLID

 publicada el 24 de octubre de 2019 en TAMTAM PRESS y que recoge la presentación que el escritor Luis Marigómez hizo del poemario de Eva Hiernaux en la Fundación Segundo y Santiago Montes el 18 de octubre de 2019.


Presentación de ‘Desdecir’ de Eva Hiernaux

Por LUIS MARIGÓMEZ


Eva Hiernaux 
Miguel Casado en su libro ‘Un discurso republicano’ escribe cómo entiende la labor de la poesía: «pensar lo impensable, decir lo que no se puede decir o lo que parece ya irreversiblemente dicho.» Eva Hiernaux titula su última entrega de poesía discursiva ‘Desdecir’. Creo que cumple la propuesta del ensayista. Es toda una declaración de intenciones. Apartarse del carril de lo dicho, negar lo establecido, ofrecer una propuesta limpia, en otro lado.
Eva Hiernaux es artista y agitadora cultural, con una importante obra tras ella. La poesía, en sus diversas formas, constituye una parte sustancial de su hacer. Su libro anterior es ‘Egagrópilas’ (Amargord, 2017). Ha participado y propiciado innumerables muestras de la llamada poesía visual o experimental.

Hay unos versos de Emilia Stenn en el frontispicio del libro: “Desdecir es hablar con lengua de plomo y oro”. El plomo es pesado, maleable y venenoso, el oro es un metal noble, maleable y escaso. Hablar con una aleación así es manejar un instrumento casi imposible, que se atreve con todo.
Los primeros versos del libro son una pregunta en dos partes: “¿Qué es la poesía / y quién la dice? / O / ¿Quién es la poesía / y qué la dice?”. Poesía y poeta se confunden, son lo mismo. En la primera parte del libro, ‘Nombrar desde lo casi nombrado’ el asunto sigue con más interrogantes, y con vocación de aguantar los embates del tiempo, de ir un poco más allá, más adentro: “Qué verbo inmune / a la corrosión de nuestra boca.”

Todos los poemas empiezan con uno o varios versos ajenos, que la autora continúa para elaborar el suyo. Corren las palabras por las páginas del libro y asombra la voluntad de la poeta no de que salgan de su cuerpo, sino que sean su cuerpo: “Faltan pues los verbos que me recorran, / los nombres que me sean, / los adjetivos que me dilaten. / Que dibuje mi boca la forma de sí misma.” (…) “Poder ser mujer y poder ser palabra / / palabra dicha con todo su jugo.” Pero no hay grandes dolores ni penas insoportables, todo lo contrario, se persigue, se disfruta, una cierta dicha.
La segunda parte, ‘Lo difícil es nombrar’ va de más a menos, en cuestión de palabras, los poemas se van acortando poco a poco y el último solo tiene un verso. La intensidad de su verbo, en cambio, aumenta. Hay quizá más angustia, y aún más preguntas: “Retrocedo al comienzo de la palabra / esperanza / (…) Y cuando quise tocar / ya estaba mortalmente fría.”
La poesía permanece más allá de la vida, pero las palabras de la poeta son muy poco: “Yo hablo en cenizas / rescato las palabras de los huesos / de los hombres / bautizo su silencio pesaroso / anuncio una epifanía en su color / el dolor ha quedado enterrado por el tiempo / ahora solo cenizas / que recuerdan o no que fueron vida”. Pero hay más que desolación: “Creo en la espina / pero es el pétalo / el que susurra a mi oído.”
En ‘Egagrópilas’, su anterior poemario, aparecen estos versos: “Hablar duele / Decir cura.” Esas palabras que quieren nombrar lo que parece innombrable son más que consuelo, tienen, bien elegidas y articuladas, capacidad de sanar. ‘Desdecir’, negar lo ya dicho, pero no callar, arriesgarse, cavar en lo hondo, echarse al aire, volar, nombrar…
Por fin, el último poema, de un solo verso: “Todos los poetas tienen el mismo nombre, pájaro que arde.” Son, para la autora, más que Prometeos, mueven alas de verdad, las que los configuran, pero su fin es el mismo, ser rodeados por llamas. Iluminan mientras se queman. Dejan cenizas. Ser poeta es una tarea de héroes.


Eva Hiernaux con Luis Marigómez durante la presentación de su libro ‘Desdecir’
EnlaceTAMTAM PRESS
https://tamtampress.es/2019/10/24/la-artista-y-poeta-visual-eva-hiernaux-presenta-en-la-fundacion-montes-su-libro-desdecir-2/

viernes, 12 de abril de 2019

NATURALEZA MUERTA

Texto para la presentación de "Naturaleza muerta"(Ediciones Contrabando, 2019) de Juan Bravo Castillo, en la librería Popular Libros el 5 de abril de 2019. 

Por José Manuel Martínez Cano, poeta y codirector de la revista Barcarola.



“De repente, hasta los detalles más nimios y aparentemente insustanciales han adquirido densidad y vida propia”, escribe Juan Bravo Castillo, autor de Naturaleza muerta ((Edic. Contrabando) en algún momento de la novela, que como si de una obra pictórica se tratase  ha dispuesto,  sobre la superficie del tiempo, a modo de lienzo ilusorio de la realidad, sucesos, lugares, personas…, que se incrustan con toda su gama de matices y carga emocional, en un catálogo de imágenes como reflejo de un mundo complejo y sutil, el del autor, que obtiene argumentación literaria  en esa nimiedad vaga e imprecisa que nos produce el cotidiano vivir y observar, convirtiendo la memoria en un diario de la inmediatez. En Naturaleza muerta se funden diversos géneros  y  tonos  que pertenecen a tradiciones literarias diferentes, que reformulan en un flujo de conciencia reflexiones sobre la naturaleza humana, en claroscuro, que como en la caverna platónica sus sombras generan  “otros mundos, pero que están en éste” (P.Éluard).  Es en el ámbito de la docencia universitaria donde discurre el primer plano de esta novela,   -o la primera capa de la cebolla, como diría GünterGrass- , desencadenando  este epifánico monólogo, del que el autor no sólo es sujeto por su condición de catedrático , sino  también  objeto argumental que convierte el yo vivido, gracias a una rica y nítida prosa, en la esencia literaria que en grandes dosis destila esta novela, a veces autoficción, a veces juego de espejos donde se proyectan tanto la tradición cervantina como la invención transgresora cortazariana – La vuelta al día en ochenta mundos-. Pues todo sucede en un día, donde se dan los fenómenos de la memoria y de la escritura, que, anclados en el presente, fluyen de manera “independiente e inseparable”, reconstruyendo el mundo de ese profesor universitario narrador de la novela, como si de un viaje en el tiempo se tratase. El autor enfatiza al  comienzo del libro que “uno vive la literatura con tal intensidad que no puede desprenderse de tanto tópico”. Así, coexisten en este bello discurrir tanto Joyce como Proust, Sterne como Rabelais o el cercano  Miguel  Espinosa, pues en Naturaleza muerta el lector es cómplice de un fascinante cuadro donde se despliega tanto metaliteratura como vivencias, pues Bravo Castillo, con profundidad en su decir,  se apropia de estos versos de Jorge Guillén: “La realidad me inventa / Soy su leyenda”.


Así pues, en Naturaleza muerta asistimos a un sólido andamiaje literario, razón por la cual debería interesarnos tanto la realidad de los hechos narrados como su elaboración mediante un uso activo y reflejo, consciente, sincero e inmediato de la memoria por parte del YO narrador, a través de “esa corriente de  conciencia”que se convierte en un relato lleno de pasajes que conectan historias, en un microcosmos  - en este caso la Universidad de Castilla La Mancha en su  extenso campus- que adquiere visos de generalidad por lo refractario de los acontecimientos que suceden y los personajes que se encadenan magistralmente al relato, donde la hipérbole se usa como ingrediente humorístico al que se suma lo hilarante en las escenas protagonizadas por esos figurantes que muy bien podrían haber salido de un nuevo Retablo de las Maravillas. Como se dijo el hilo argumental es muy concreto, se trata de la cotidiana jornada laboral de un Catedrático universitario, que la  inicia  muy de mañana y la termina al declinar la tarde. Una odisea doméstica  al igual que la que emprende el antihéroe Joyciano, Leopold Bloom, en el Ulises, a veces, como en un flash back cinematográfico que produce el efecto óptico de plasmar un mundo hermético y kafkiano donde los dramatispersonae, o actores, personajes o personajillos…, deambulan, inmersos en sus historias y anécdotas , en un friso tragicómico/ esperpéntico/ humor negro y coral pues, tanto rectores como decanos, profesores o estudiantes, habitan como figura de papel  en ese espacio pictórico que el autor ha recreado como una reflexión sentimental e insumisa, pues una apasionada lectura de Naturaleza muerta debería hacernos reflexionar acerca de la falacia de ciertos arquetipos humanos. Juan Bravo no salda cuentas con nadie, sino que, como diría nuestro amigo Santos Sanz Villanueva, “el realismo ambiental se completa además  con datos veristas contrastados “y, yo añado, con guiños a ese monumento novelesco que es El Quijote, como cuando en la página 147 , igual que en escrutinio cervantino, se encuentra un libro de Juan Bravo o la bella y exótica  descripción  de Tahití, a modo de relato dentro del relato, como sucediera con El curioso impertinente, o La  leyenda del cautivo. Sin duda recursos, que  Juan Bravo por su condición de Catedrático de literatura conoce a fondo y que suman en pro de una novela llena de sabiduría, pasión y sencillez. Una obra abierta, y en la línea de lo autobiográfico, pero dentro de la idea de Barral, que compartía con Juan Benet, de que sólo una autobiografía podría salvarse si alcanzaba la dignidad de la ficción,  es decir, si se trataba la escritura con el mismo primor que uno pondría en una novela. En suma, se trata de una digresión  satírica, y a veces corrosiva,  de nuestro entorno, en este caso focalizado en la docencia y su desencantada utopía, con el propósito de hacernos ver  que nuestra mirada sobre el mundo ya no será la misma que tuviéramos antes. Lo escribió Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, ese libro de cabecera, que tanto Juan como yo tan a menudo utilizamos, y que podría poner colofón a esta apresurada presentación. Escribió lo que sigue el escritor peruano: No sólo se escriben novelas para contar la vida, sino también para transformarlaY este es el caso de Naturaleza muerta.  
Muchas gracias.

José Manuel Martínez Cano










lunes, 18 de marzo de 2019

EL CIELO DE KAUNAS / JESÚS ZOMEÑO


PRESENTACIÓN EN LA RACAL (Real Academia Conquense de Las Artes y las Letras) 1 de marzo de 2019


“Mi vecina era lituana, de Kaunas. Lo nuestro fue lo más parecido a un romance, aunque sólo tuviéramos sexo una vez. No hicimos el amor para que se convirtiera en costumbre, sino para que fuera excepcional. Luego su marido la mató y yo tuve que matarlo a él”...

Así casi comienza – digo casi comienza porque, a fuer de honesto, a este párrafo le preceden otras dos líneas – pero realmente así es como comienza esta novela con la que Jesús Zomeño da el salto de la narración en corto a la larga. No es el “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca” con que Muñoz Molina iniciara en su día su Beltenebros, pero por ahí le anda como efectivo elemento de seducción y enganche para el lector, un ahí te he, ya, atrapado, pero que, por otro lado, no le previene lo bastante –al lector, digo–  para lo que luego, gradual pero inexorablemente va a ir encontrando, sin poder quitárselo de encima, a medida que vaya progresando en las páginas, en las cortantes, aceradas –más cortantes y aceradas que el filo del más afilado cuchillo– páginas de lo escrito por Jesús: el desasosegante universo en el que se va a ver sumido a medida que se vaya adentrando en la espléndidamente entrelazada urdimbre de las tres historias que –apoyado en la ya más que constatada y probada sabiduría narrativa puesta de manifiesto en sus anteriores entregas como contador de historias, siquiera aquéllas se movieran en el concentrado esfuerzo del relato corto– ha trenzado en esta su primera incursión en la carrera de fondo de la novela.  
La una y otra vez estudiada y repasada grabación de la lituana Kaunas atrapada para siempre en las imágenes grabadas por el Google Street View en junio y julio de 2012 por un hombre –un policía español– que apoyado en ellas emprende un viaje rumbo a una esperanza en la que ni siquiera tal vez crea; una niña que se pierde en un bosque que guarda más de una sorpresa en su espesura; un veterano francotirador que presente estuvo en la represión soviética de Checoslovaquia en 1968 y que, al borde ya de una decadencia tanto corporal como mental y nostálgico más que de un derrumbado sistema ideológico y político de la juventud en él vivida, se empeña en una cruzada asesina adoptada como equívoca al par que infructuosa herramienta de concienciación solidaria, en un a la par colectivo y personal ajuste de cuentas con una actualidad rechazada y consigo mismo; un viejo quiosquero cuya personalidad e historia se nos irá descubriendo poco a poco, cual sucesivas retiradas hojas de alcachofa, a medida que vayamos progresando en la lectura; dos jóvenes rusos embarcados, fruto de sus historias personales y de la propia desconcertada sociedad postsoviética en la deben debatirse –en uno de ellos otro conflicto, Chechenia, socavando su conciencia– en una huida hacia adelante más allá de moral alguna, sin más certeza que la furia incontrolada, caminando ineludiblemente, hijos de la violencia y de la nada, hacia la tragedia; una inconsciente Erasmus alemana que un día se lió con quien no debía y acabará metida en la más oscura y sórdida boca de lobo que jamás imaginó; un verdugo no ya más allá del bien y del mal sino del propio mal absoluto; un expoliador de cadáveres en busca de su propia expiación; dos cabinas telefónicas transmutadas en casi simbólicos imaginarios nichos mortuorios; una camarera que en España estuvo y quizá urda pero quizá no una paralela historia de espionaje y masacres y tal vez sea uno de los pocos asideros de luz del libro junto, quizá, a la fugaz aparición, convertida en episódico personaje, en yo diría que especialmente diseñado humano-literario guiño, de la figura de la poeta Wislawa Szymborska … ésos son los mimbres con los que Jesús Zomeño, verdadero implacable disector de almas, con un lenguaje seco, terso, escueto y afilado,  sea como narrador omnisciente o apelativo, nos introduce tanto en el devenir como en los propios mundos interiores de unos personajes –unos personajes de los que quizá cabría decir, con Cervantes “unas veces huían si saber de quién y otras esperaban sin saber a quién” que se debaten en un universo en el que, prácticamente desmoronadas todas las convicciones, anida una violencia que bien querríamos creer, ocultando la cabeza bajo el ala,  que no es posible, pero que sin duda existe; un universo donde hasta la infancia muerde como la más cruel de las heridas, en que hasta los multicolores cristales de un infantil caleidoscopio no pueden ser recordados sino –y gracias– en blanco y negro; un universo de aristas cortantes y ciénagas morales del que querríamos fugarnos pero no podemos, donde cualquier esperanza sea si acaso, más allá –o más acá– del cielo bajo y plomizo de Kaunas, de cualquier Kaunas, cual perseguir un más o menos improbable rayo de luna…


Esto es lo que, merced a un magnífico manejo no sólo de la trama –de las tramas habría que decir, de las confluyentes tramas de las historias de su historia– sino de sus ritmos narrativos nos ofrece en esta descarnada, incluso en muchas ocasiones incómoda, dura novela, Jesús Zomeño. Dura desde luego, una de las más duras que en los últimos tiempos me he echado a los ojos, pero realmente espléndida. A la espera quedamos de nuevas entregas.  

domingo, 17 de marzo de 2019

SOBRE "DESDECIR" DE EVA HIERNAUX

Publicado por Eva Hiernaux en Facebook el 11 de marzo de 2019


De "Desdecir", mi último libro, mi querido amigo Miguel Ángel Curiel dice:

Todo lo que podemos decir de un libro lo dice mejor el libro mismo.
 Eva Hiernaux, artista multidisciplinar y poeta encara en este poemario su madurez, su crecimiento le ha llevado a un territorio donde la exploración en el lenguaje se hace por sendas vitales de conocimiento. 
Desdecir es a mi juicio el nombre del libro que no el título. Títulos para las cosas, nombres o nominaciones para lo que se rehumaniza, o es una creación del yo más profundo y puro, lo nominado es en lo hondo algo que está vivo. Se habla desde el libro mismo, ella habla desde el libro, se la puede oír dentro del libro, y es así que el objeto que llevamos en las manos, es en su esencia un ser casi silencioso. Así que, “Desdecir” se convierte de manera natural en un Desde-el-decir-. 
¿Pero qué decir desde ese lugar del decir sino lo esencial? El último poema del libro se desvela como un principio, como algo que ha quedado roto o inacabado, y por eso mismo se abre al nuevo territorio de su poesía futura con mucha fuerza, con la absoluta fuerza de lo visionario “Cuenco de la amistad, a veces cuando bebo me olvido del yo. Cuenco de la amistad: a veces cuando bebo no bebo nada”. Un decir Zen, una proyección Zen y esencial de la poesía de Eva Hiernaux, una pieza a mi juicio maestra. “Desde-el-decir” esta poesía nos con-mueve, nos lleva o nos eleva un poco gracias a sus palabras carentes de gravidez “Mendiga de mí hasta que supe decir yo”, pero ese yo es finalmente el de la alteridad, un yo hacia un tú, el yo vaciado para ser llenado por los otros, por los pronombres más huesudos que ella reencarna y que se tensan en los poemas con un lenguaje esencial y casi Zen. 
“Desde-el-decir” ignoto de la palabra, desde ese lugar o territorio zambraniano, “Las palabras, pájaros esquivos alzan el vuelo con el sólo vibrar del aire” nos dice la poeta. Eva Hiernaux reelabora toda su poesía anterior en este libro; hay un antes y un después de este “Desde-el-decir: “Puedes creerme, eres -has sido- la palabra justa que se me pierde”. La poesía es casi una religión sin religiosidad, pero incluso lo contrario, una religiosidad de lo esencial, de la palabra en el centro del mundo sin religión. Nuestro tiempo de vértigo hacia el abismo del ser, permite esta escatología del lenguaje, permite que la poesía siga nombrando o viviendo sus estertores finales en una especie de eternidad achicada llena de tiempo. Estos tiempos hacen posible ese campo místico de la poesía, de la palabra como reflejo de un yo fragmentado en una realidad rota. Por un lado el lenguaje vertical saliendo de una realidad de subsuelo, desde el centro de la oralidad rota al servicio de una realidad constrictiva. El poema es para Eva Hiernaux una fuga vertical, una huida hacia lo alto. Cada poema en este “Desde-el-decir” lo podríamos reconocer como una oración a la nada, un rezo en una liturgia del yo espantado, del yo que se des-dice; un rezo a la nada en la que chapotea el hombre. En el poema de la página 33: “Nos salva de la soledad mientras oímos nuestra voz”, precedido por la cita de J.L. Puerto que define muy bien este rezo o liturgia del yo a su yo, como una murmuración que salva del absoluto de la soledad “oración, letanía, invocación y cántico” En la suma de estas cuatro palabras, el núcleo central del libro, de este “Desde-el-decir”. 
Un libro de poemas de Eva Hiernaux es como una flor extraña, y el lector de estos poemas un extraño polinizador. Ella ha escrito-construido este extraño y bello libro polinizando primero la sustancia de la vida a través de los textos, de la palabra inscrita. Así ocurre en la primera parte del libro, desde un poema a otro, las citas bellas y sabiamente elegidas con el propósito de crear una comunicación que fuera más allá, un campo de polinización textual. Ella quiere apuntalar la transparencia del poema con delgados huesos de lenguaje. Lo paradójico es que finalmente es la transparencia absoluta la que permite descansar en lo invisible esos largos y delgados huesos de lenguaje. Antes aludí a una polinización mutua entre textos, en primer lugar entre lenguaje y vida, el poema puede ser un rastro de existencia, como un canto de muerte. “Desde-el-decir” interpela por esta vía, a otros poetas y a los lectores de poesía, los textos frente a frente, la indagación en el lenguaje frondoso, acercándose casi sin quererlo a órbitas valentianas, según avanzamos en el libro esto se mistifica, el yo de la poeta se adensa en el silencio, la voz se hace más vertical, asciende hacia los techos abisales del lenguaje. Lo metapoético de otras épocas ha evolucionado hacia otros territorios más esenciales y deshuesados de retórica, ese proceso nos ha dado libros híbridos como éste, donde el yo soporta la carga de lenguaje hasta investirlo, así el discurso metapoético ha rehumanizado estas poéticas hasta conseguir dejar el yo en el centro de los poemas que debían hablar sólo y únicamente del hecho poético. El sol es uno, el lenguaje uno, la luz varía, las palabras son la sombra de los significados.

Eva Hiernaux
 Eva Hiernaux se atreve a marcar una originalidad propia, no tiene miedo al vértigo de lo extrañamente escrito. No se rinde, su mirada poética se dirige hacia los otros que también hablan y se dirigen a otros. Sabes muy bien que un poema es la sombra de las ramas tupidas de un lenguaje en flor. Eso es este libro, un ramaje podado que se proyecta en cada poema con una esencialidad que nos conmueve. “Desde-el-decir” tiene buenos poemas, y un buen poema irradia, no se apaga rápido, un buen poema irradia los límites del yo, irradia eso que casi no se puede decir. Aún hoy no lo sabemos bien, pero que un poema irradie o no esa energía de la palabra, una energía de comunicación, es un misterio. Lo que nos dice la poeta es que las palabras han perdido su significado, han quedado huérfanas de mundo, y por eso se estremecen en el fondo vaciado del lenguaje, y queda el cuerpo de la palabra, los huesos que suenan en la lejanía del lenguaje como una campana perdida en el cielo, que no oímos, pero sí sentimos sus vibraciones, los golpes del silencio del mundo dentro de nosotros. Los poemas de Eva Hiernaux son esa campana perdida en el cielo, que no oímos pero nos golpea dentro. “No hay regreso para la palabra no pronunciada”. Se trata de una semilla de silencio. ¿Y que más podría el lenguaje, la palabra como hecho humano darnos sino silencio generando silencio, para poder oír mejor las abejas del lenguaje de los dioses? Eso es virtud de este “Desde-el-decir”.

DESDECIR: https://www.edicionescontrabando.com/libro.php?l=130

lunes, 21 de enero de 2019

"C'EST ÉCRIT". UNA RESEÑA DE "EL ÚLTIMO GIN-TONIC",

Por Daría Rolland Pérez



Uno de los mejores cumplidos que puede recibir un escritor francés es que se diga de su texto, poema o novela: “C’est écrit”. Y eso es lo primero que me ha venido a la mente al leer la novela El último gin-tonic de Rafael Soler. La novela está escrita, bien escrita, muy escrita. Precisión en las descripciones, detalladas y creíbles. Soltura en los diálogos. Muy buen conocimiento de los diversos ambientes. Personajes con envergadura: duros y vulnerables al mismo tiempo, sobrados y tímidos. Una trama bien hilada. Y luego el ritmo, que no lo es todo pero que es mucho. Hay en esta novela una especie de alegro trágico que le hubiera gustado a Stendhal. Escritura dinámica y sombría, viva y amenazante. Engancha, y bien.

La ironía y el erotismo están siempre presentes. La muerte merodea. Y el juego a veces peligroso con el lenguaje recuerda al poeta iconoclasta. Todo ello para advertirnos que la vida está hecha de soledad, de frustración, de violencia y avidez, de sexo y de traición. Marx y el Evangelio también ocupan mucho las cabezas sin convertirlas ni convencerlas. Y el eterno padre con su presencia cargante, a veces amena, y su legado confuso pero no turbio, hombre al fin y al cabo de convicciones.

Rafael Soler se burla de todo o de casi todo: de la Administración Pública, de la burocracia y el trabajo absurdo, de los engreídos y de los necios, de los golfos de todo tipo: el de guante blanco que mata callando o el de guante negro que degüella o dispara sin más preámbulos. También se burla de las mujeres, no faltaría más: golfas o manipuladoras, enamoradas o infieles, amables o necias pero siempre deseables, incendiarias, bellas. La Mujer, principio y fin de todas las cosas. Y en fin se burla el poeta, nacido para escribir, de la literatura. De la propia y de la ajena.

Algo hay en esta novela de un cuento de Borges, con esa hermosa María compartida entre dos hermanos. Algo hay también del mejor Cela, con sus turbios personajes. Y mucho hay de la “novela negra” que Soler conoce finamente. También conoce el cine y la tele, esa tele que está en todas partes como Dios. Pero, a pesar del cariz pesimista, de los tintes sombríos y de la visión ácida, la vida aletea, brilla, retoza allí donde tiene que hacerlo: en los senos de las mujeres, en las buenas copas y comidas, en la mirada comprensiva, en la compasión por los viejos, por los que mueren o van a morir, por todos sus personajes, por él mismo, por todos nosotros. Y aletea la vida en la escritura: desenvuelta, maliciosa, juguetona, licenciosa. Con audacias a veces desconcertantes pero que pegan fuerte. Y luego esas cartas: la carta magistral con la que empieza la novela, esa otra que interrumpe el relato cuando hay que interrumpirlo, y la última con la que acaba todo.

Nadie triunfa en esta novela pero sí triunfa la lengua que es a lo que va el avezado poeta, el escritor de fondo. Los personajes son abundantes. Podrían marear pero no lo hacen porque en realidad son todos el mismo: el hombre, con su violencia, su deseo, su insaciable apetito. La diferencia está solo en algunas cositas que pesan su peso simbólico. Detalles hay muchos y muy importantes como ese, atroz, de unos zapatos de altísimo tacón guardados en el bolso durante un entierro y que esperan ser utilizados en su momento para lo que se puede imaginar. Un realismo sin concesiones, un artista que no perdona.

Empecé a leer esta novela con interés, la continué con pasión. Un denso momento, un fértil momento, una tregua deliciosa y amarga comparable a la que ofrece el mejor gin-tonic. Esperemos que no sea el último. Y para que mi reseña tenga también algo de circular como la novela, repetiré al final lo que decía al principio: “C’est écrit”. Está escrita, muy bien escrita. Para nuestra ilustración y nuestra dicha.



Daría Rolland Pérez
 nace en el Valle del Tietar (Ávila). Pasa su infancia

 y adolescencia en Madrid. Acompaña a su esposo Jean-Claude Rolland en 
sus diversas misiones culturales en el extranjero (Jartum, Singapur, El Cairo, 
Valencia) y vive largo tiempo en París. Es licenciada en Letras Hispánicas por 
la Universidad de la Sorbona, profesora de instituto, poeta y traductora. Escribe 
en varias revistas literarias. En colaboración con su esposo, ha traducido al francés 
a grandes poetas y narradores contemporáneos.
Poemarios:
El esposo francés, Juanes de Luz, Las fuentes del ensueño
Memorias: Tú también, herida rosa. Narrativa: Yo, corrupto (Verbum, 2016).


martes, 6 de noviembre de 2018

"EL CIELO DE KAUNAS" DE JESÚS ZOMEÑO

Artículo de J. Albacete publicado en De Verdad Digital el 2 de noviembre de 2018


Después de una larga y fructífera trayectoria como poeta y cuentista, Jesús Zomeño renueva su extraordinario talento con su primera novela. 


Hay un sello distintivo en todos los grandes escritores. Un rasgo que los caracteriza, los define y los diferencia de los que son simplemente escritores, buenos o malos escritores.

Ese rasgo no consiste en que escriba bien (Levrero decía que un gran escritor puede “escribir mal”, y ponía como ejemplo a Kafka), o en que cuenten historias particularmente atractivas o arriesgadas, que en efecto lo suelen hacer, sino en que siempre abordan grandes temas. Los grandes escritores siempre dan con grandes temas, con cuestiones que atañen o conciernen a toda o gran parte de la humanidad, asuntos que definen las entrañas de nuestro tiempo, o indagan y desvelan perfiles esenciales de lo real, o penetran hasta el corazón de la intrincada naturaleza del hombre.

En su intenso y poliédrico ciclo sobre la Primera Guerra mundial, que incluye una cincuentena larga de cuentos, repartidos en al menos cuatro libros, Jesús Zomeño consiguió meter en ese espacio mínimo que es la trinchera (y sus aledaños) todo el catálogo de reacciones y comportamientos que los humanos somos capaces de concebir y desarrollar cuando estamos desnudos, frente a una muerte absurda e inminente, todo aquello que podemos imaginar para sobrevivir o para ser felices hasta el último minuto. En ese ring mínimo, pero donde cabe todo, los personajes de Zomeño son púgiles que luchan contra un enemigo desconocido e invisible pero devastador, a sabiendas de que su condena ya ha sido dictada. Enterrados en un hoyo minúsculo y hostil, y sentenciados a una muerte tan segura como absurda, estos personajes aún son capaces de atisbar un rayo de esperanza, tener un recuerdo bello o soñar con un amor perdido.

Con “El cielo de Kaunas”, su primera novela, Zomeño abandona el escenario, el ring donde estuvo ocho años combatiendo, y se traslada a un presente mucho más cercano, a un conflicto nuevo, a una realidad cuya hostilidad ha cambiado de forma pero no de criterio, y se apresta a mirar, con ojos fríos y mente despiadada, los escombros en que ha quedado convertido aquel magno edificio que fue la Unión Soviética, y que comenzó a erigirse en 1917, hace ahora un siglo, tras la Revolución de Octubre.

Aquel magno edificio albergó durante muchas décadas los sueños y las esperanzas, no solo de los rusos, o de la inmensa legión de pueblos que vivieron bajo el yugo protector del imperio soviético, sino de buena parte de las clases trabajadoras de todo el mundo, y de una enorme pléyade de artistas e intelectuales, que creyeron a pies juntillas (como en su día lo hicieron los primeros cristianos, o en los siglos XVIII y XIX los ilustrados) en que allí, en el seno de aquel imperio, se estaba edificando una nueva sociedad, sin opresores ni oprimidos, sin explotadores ni explotados, en fin una nueva sociedad de hombres realmente iguales y libres, que cumpliría por fin en la tierra el sueño que todas las religiones postergaban para “la otra vida”.

Ciertamente que mucho antes de producirse su derrumbe, la incongruencia absoluta entre los postulados que se defendían y las realidades que se estaban construyendo, llamó la atención de muchos (incluidos muchos comunistas) que décadas antes del derrumbe comenzaron a cuestionar aquello y a poner en evidencia que aquel nuevo paraíso que se vendía era lo más parecido que podía imaginarse al infierno. El gulag, los feroces procesos en los que dirigentes revolucionarios eran obligados a acusarse y reconocerse como espías y traidores antes de ser fusilados el expansionismo militarista…, no eran “inventos” del enemigo, sino realidades irrefutables.

A pesar de ello, y de otras muchas evidencias, el Imperio siguió creciendo y esclavizando pueblos y naciones, invadiendo países y subvirtiendo partidos, hasta los años 80. Pero ya a finales de esa década, los embates de los pueblos contra sus rejas imperiales (en Polonia, Afganistán…), el colapso de su economía burocrática y apelmazada, su incapacidad para seguir costeando la enloquecida carrera armamentística a la que le retó la potencia rival (EEUU), llevaron al colapso total del régimen soviético, que pese a los esfuerzos “reformistas” de Gorvachov para mantener en pie el edificio y remozarlo desde dentro, no resistió la degradación de sus vigas principales y se hundió como un castillo de naipes.

Para los millones y millones de personas que vivieron dentro de ese edificio carcelario y decrépito, cuya vida había transcurrido siempre dentro de él, que no conocían otra realidad (más que a través de la imagen deformada que les suministraba la propaganda del Imperio), la caída de la URSS supuso algo más que un accidente político o histórico, fue el derrumbe inapelable de toda su vida, de todos sus referentes, de todos sus valores, de sus formas de relación, la negación radical de su historia personal de todo aquello en lo que (bien o mal) habían vivido y creído toda su vida. Como dice en la cita inicial del libro la premio nobel de literatura, Svetlana Aleixievich, “no teníamos otra memoria que la del comunismo”.

La rápida sustitución de aquella forma de vida, sustentada en el engaño de un ideal traicionado, por una forma salvaje, selvática y gangsteril de capitalismo neoliberal, añadió una buena dosis de incertidumbre, miedo, desconcierto y angustia a unas poblaciones que acababan de ver hundirse su forma de vida (además, en un mundo en el que ahora se veía el pasado como criminal y abominable) para verse lanzados, de pronto y sin paracaídas, a la selva virgen de la “libertad de mercado”, a la tiranía del dinero y la ley del más fuerte…
Jesús Zomeño

“El cielo de Kaunas”, de Jesús Zomeño, es una mirada lúcida y descarnada sobre la sociedad postsoviética, sobre las ruinas (humanas) que dejó aún en pie el hundimiento de aquel transatlántico, que se echó a la mar con la esperanza de redimir a la humanidad y zozobró en los arrecifes de la realidad tras mutar por el camino en un barco negrero.

Los personajes que Jesús Zomeño pone en escena en “El cielo de Kaunas” ya no tienen sueños grandiosos, viven enfrentados a una realidad que les supera y que no entienden bien, que los empuja a otro naufragio. No tiene armas con las que sobrevivir a la nueva realidad, y los recursos que encuentran para sobrevivir son contraproducentes y los aniquilan. Lo mismo el viejo francotirador del ejército que aspira a corregir la deriva social provocando un dolor que solo despierta la indiferencia, o los jóvenes cachorros criados de la experiencia chechena, cuyo destino es una fuga enloquecida hacia la destrucción.

Junto a estos personajes, que nutren las partes I y II del libro, Zomeño ha tenido el acierto de introducir a un observador más cercano a nosotros, una tercera historia, más familiar, la de un policía español que viaja a Kaunas buscando las ruinas de un amor perdido, porque la mujer lituana que ama ha muerto, la ha matado su marido. No sabe bien lo que espera encontrar allí, tal vez “un rayo de luna”, como le dice un compañero del cuerpo al despedirlo en el aeropuerto… tal vez se busca a su mismo, y este tercer viaje del libro sea un viaje interior… Allí encuentra, no obstante, a una camarera de hotel, que noche a noche le va a ir contando las peripecias de un caso criminal… que le sirven al autor para hacer una jocosa parodia de los policiales a lo Agatha Cristie y dibujar el débil perfil de una esperanza bajo el gélido cielo de una Lituania congelada.

Escrita con un lenguaje duro y terso, afilado, sin recurrir a pomposas explicaciones ni a innecesarias justificaciones, “El cielo de Kaunas” es una novela de ficción realmente ambiciosa, pero a la vez humilde; compleja, pero fácil de leer; no es un trhilller al uso, pero engancha al lector como si lo fuera;la estructura de la novela encierra algún que otro enigma, que el lector atento sin duda desvelará.

No son muchas las incursiones de nuestra literatura en temas así, más trascendentes y actuales de lo que parecen. Por lo que uno haría bien en echarle un ojo a las páginas espléndidas de este libro… antes de confiar en cualquier salvador del mundo que se le presente. Y cada día abundan más.