domingo, 13 de mayo de 2018

FERNANDO DELGADO Y J. VICENTE PEIRÓ RESEÑAN "EL ÚLTIMO GIN-TONIC" DE RAFAEL SOLER


Publicado en Las Provincias (Culturas) el sábado 28 de abril de 2018
J. V. Peiró

NOVELA DE CANALLAS
J. V. Peiró. Catedrático y crítico literario  



Rafael Soler (Valencia, 1947) fue un escritor emergente en el primer lustro de los años ochenta, con las novelas ‘El grito' o 'El corazón del lobo’. Pero no publicó durante más de veinte años, desde 1985, hasta su reaparición en 2009 con el poemario 'Maneras de volver" al que siguieron tres más.
    
‘El último gin-tonic’ es su regreso a la novela. Cuenta con realismo algo sucio la historia de tres generaciones de la familia Casares durante cuatro días. A medida que discurren los episodios se van completando las historias de Lucas, el padre, y sus vástagos, Mateo, víctima de un accidente en el que murieron su esposa y su hijo, el jugador Marcos y Juan, que vive entre dos mujeres. En este juego nominal bíblico, hábil traslación metafórica, incluso el abuelo se llama Moisés, republicano patriarca, el personaje femenino más importante es María, ex monja, y el título de la novela y su episodio correspondiente aluden a la última cena.  

Rafael Soler. Presentación del libro en Madrid
La prosa potente de esta novela de canallas, cínicos infelices o felices a su manera, construye situaciones duras pero hilarantes y de fino humor negro. La estructura episódica en perspectiva narra poco a poco en paralelo y de forma fragmentaria completando el pasado y el presente, incluso usando las formas del correo electrónico y el guión audiovisual.
Estamos ante un universo literario curtido a golpes en un submundo donde domina el dinero, el alcohol y el sexo.
Pero no es una historia delictiva, sino de pasiones, culpas y traiciones sin llegar a lo trágico. Existen situaciones dramáticas pero el tratamiento de sus conflictos es desenfadado, y hasta algo tierno. La vida de estos personajes en continuo movimiento es tan trivial y carente de ética e ideales como la sociedad actual.
Como dijo Luis Landero en la presentación de Madrid, Rafael Soler es un escritor con soberanía y con una forma narrativa transparente. Lo que en un momento es claro, en otro es oscuro. Con esta novela inteligente, de diálogos firmes. Demuestra  ser un narrador nato, curtido y sagaz, que implica al lector a seguir a esta saga familiar construida como un collage contrapuntístico para la imaginación.



Publicado en el Suplemento POSDATA del Levante EMV el sábado 5 de mayo de 2018
Fernando Delgado

VIDAS DE BORRACHOS
Fernando Delgado. Escritor y periodista  


Ingeniero, sociólogo y profesor universitario, Rafael Soler tuvo una fulgurante trayectoria como escritor en la década de los 80. Publicó numerosos poemarios y media docena de narraciones que fueron saludadas por la crítica y reconocidas con diversos premios literarios.
Más de tres décadas después regresa con una ácida novela que ha construido sobre unos diálogos tan hábiles como populares.

Rafael Soler (Valencia 1947) ha escrito una novela hablada y borracha. Y como esta novela se nutre de una investigación ex­haustiva, con un trabajo de campo que ha aprovechado la tradición oral, el resultado no es extraño en cuanto a la adecuación de la voz, de ese lenguaje coloquial con el que el escritor pone en pie a sus persona­jes. Pero cualquiera que haya trabajado la simple trascripción de la conversación es­pontánea al papel, al texto, sabe de la dificultad que presenta ese lenguaje, aparen­temente sencillo -la difícil sencillez, de la que habla Jorge Guillén- a la hora de ha­cerse verosímil, natural. Y a la vez, intenso, pero desdramatizado, exento de los énfa­sis que lo harían pretencioso y acaso cos­tumbrista. Consigue así Soler una prosa limpia, directa, que otorga amenidad a la lectura, que hace creíbles a los personajes en los momentos más disparatados de su expresión, pero que no elude la fuerza de una voz interior, a veces la de la irrealidad y el sueño; otras, la de la cruda realidad, como si fueran materia de reportaje. Funciona en esta novela un monólogo lleno de inflexiones en el que se cruzan los diálogos interiores, los viajes del sueño a la realidad, los juegos de la memoria o del tiempo, los tiempos. El narrador se entrega a los personajes y escucha sus voces interiores y las transmite. 

 Y a veces dialogan para poner una puntilla, para cabrearse, para dejar algo en el aire, para subrayar alguna cosa con gracia y hasta con desmedida gracia cuando no humor negro.
Pero sin esperar contestación en algunos momentos. Y si el autor revela una enorme eficacia narrativa en el monólogo, no menos hábil para el diálogo se muestra en todos los casos, sin renunciar a la vulgaridad ni por supuesto a la ironía. Pero cuenta y cuenta con detalles minuciosos, con inesperados giros hacia la traición y a los brindis de despedida. Consigue así Rafael Soler la descripción de los ambientes, la creación de atmósferas, con toda naturalidad. 
Llega con economía verbal, pero muy expresiva, a la descripción de la emoción variada. Y además, tratándose del espacio narrativo, introduce frases hechas, expresiones del habla popular que por el lenguaje logra redondear los personajes, vulgarizarlos incluso. Todo eso, dentro del mayor desenfado, como quien cuenta por contar. 
Es una novela que cuenta una novela o, para ser más preciso, varias novelas. El humor penetra en la descripción y los personajes están traspasados por sentimientos comunes o singulares. Le parece a uno estar oyendo a la gente que habla en la obra de Manuel Puig, tanto en Boquitas pintadas como, en especial, en El beso la mujer araña; estar oyendo al preso que cuenta a otro preso películas. Ni una concesión a la retórica, ni una debilidad con el artificio, pero con todos los trucos de la naturalidad. Y hasta con su exageración y su desvergüenza.
Este es un libro muy contemporáneo y hasta el lenguaje de la calle, nuestro lenguaje en su evolución, es objeto de chanza. Quizá no a modo de crítica, que siendo tan crítico él como lo es en este relato no va el autor de eso, sino como un modo de hacer reparar al lector en lo absurdo. En cualquier caso, la actualidad que se cuenta en esta novela no le hará perder vigencia en el tiempo y, por el contrario quedará como un grupo de atractivas pinceladas que contribuyan en el tiempo a la comprensión del cuadro en el que habremos quedado pintados.
Rafael Soler
Este libro amplía la mirada del lector y le permite ver los matices que la realidad presenta allí donde la imaginación se añade a lo contado o la forma de contar amplía la posibilidad de ver. También se debe saber, porque el título nos pone en camino, que hay embriaguez en el relato, borrachera. Pero ya leerán cómo la borrachera conduce a veces a la fantasía, mientras el miedo, que abunda en el relato, y que el lenguaje lo maneja y lo administra con talento, alcanza el drama, que tiene la finalidad de poner las cosas en su sitio. O al menos situar al lector en su propio imaginario esclarecedor. Porque esta novela entra desde luego en la locura, que para eso está la bebida, pero la locura articula un imaginario que bebe de la realidad y la supera. La locura nos hace dudar a veces de las razones de la cordura, o amplía el mundo de tal manera, o de un modo tan desinhibido, que si no lo explica al menos lo agranda. 
Así, pues, hay que celebrar el regreso a las librerías de un narrador como el autor de El corazón del lobo, aquella novela de los ochenta, reeditada más tarde, y que tanto éxito obtuvo. Rafael Soler sabrá la razón de su silencio novelístico de un tiempo acá, pero esperemos que este nuevo libro no sea sólo una breve aparición en escena. Porque escoger imágenes de nuestro tiempo, describirlas con precisión de palabra -ajeno a toda retórica, con un lenguaje exacto y eficaz- y añadirles ironía, a veces burla, le ha permitido a Soler retratar nuestra sociedad en algunos fragmentos, sin grandes pretensiones y con acierto.

miércoles, 4 de abril de 2018

LEVRERO EN EL TALLER

Artículo de opinión de IGNACIO ECHEVARRÍA publicado en El Cultural (edición impresa) el 30/03/2018, sobre el libro "Conversaciones con Mario Levrero" de Pablo Silva Olazábal.


Entrego esta columna pocas horas antes de acudir a la presentación en Barcelona de Conversaciones con Mario Levrero (Ediciones Contrabando, Valencia, 2017). Por fin circula en España este libro altamente recomendable, publicado por primera vez en Montevideo hace ya diez años. Esa primera edición incluía, a modo de postfacio, un pequeño ensayo mío -“Levrero y los pájaros”- aparecido antes en Chile y reproducido luego en otros lugares. De ahí que los editores españoles me hayan pedido que participe en la presentación del libro en Barcelona, que contará, como en Madrid y en Valencia, con la presencia de su autor, Pablo Silva Olazábal (Fray Bentos, Uruguay, 1964), buen narrador, crítico literario y periodista cultural.

La edición española de Conversaciones con Mario Levrero incorpora, como antes la argentina, algunos materiales nuevos: un excelente ensayo-entrevista de Álvaro Matus, y una sección de “Rarezas” que incluye unas pocas piezas interesantísimas, entre ellas dos breves entrevistas que pasan por ser las últimas que le hicieron al escritor, pocos meses antes de su muerte, en agosto de 2004. También dos poemas suyos portentosos y, junto a un viejo pero extraordinario artículo “Sobre los mecanismos de la creación”, publicado en 1973 en la revista Maldoror, la pregunta que, en el mismo número de la revista, planteó Levrero a Juan Carlos Onetti en una especie de entrevista colectiva que le hicieron varios escritores al autor de El pozo. Resisto la tentación de copiar la pregunta, demasiado extensa para esta columna, pero no la de contar el malestar que produjo a Onetti, quien -según refería Carlos Pellegrino, el encargado de pasarle el cuestionario- al leerla manifestó cierta crispación y arrugó el papel, formando una pelota con él mientras decía: “Esto no es pregunta, esto es crítica. Pero la voy a contestar, igual la voy a contestar”. Y en efecto lo hizo.

Conversaciones con Mario Levrero es una selección de la extensa correspondencia que Pablo Silva, alumno del taller virtual de Levrero (que éste coordinaba vía correo electrónico), mantuvo con el escritor durante cuatro años -de 2000 a 2004- en que lo asedió “con preguntas que buscaban conocer las claves de su concepción literaria y artística”. Se trata, pues, de un documento excepcional para introducirse en la particularísima poética del autor de La novela luminosa, uno de los más grandes libros publicados en español en lo que llevamos de siglo. En un pasaje de esta novela, refiriéndose a los alumnos de su taller virtual, dice Levrero: “Me asombra que este país no esté plagado de escritores. Muchos de mis alumnos escriben mucho mejor que yo, y sin embargo no mantienen una producción constante, no arman libros, no se interesan por publicar, no quieren ser escritores. Se conforman con intercambiar sus vivencias con los compañeros de taller, a través de la lectura de sus textos. Todos trabajan en otras cosas. Nadie quiere pasar hambre o miseria. Probablemente tengan razón”.

Desde la primera vez que lo leí, este pasaje me abrió los ojos sobre la relación no pragmática ni especulativa, y por lo mismo saludable, con que muchos se ejercitan en la escritura. Para este tipo de escritores sin proyecto de serlo, Levrero -como se deja ver meridianamente en estas Conversaciones- era el mentor perfecto, dado que su método consistía en hacer aflorar en cada alumno su voz más genuina. Su objetivo declarado era conseguir “que el alumno sea lo que es”.

“El alumno que viene por primera vez al taller, por lo general llega con la idea de escribir como se debe escribir. Todo el estilo personal está borrado, eliminado, y lo que recibís del alumno son penosos esfuerzos por meterse en un estilo convencional que él cree que es lo mejor, porque lo recibió de distintas fuentes en las que depositó su confianza... Todo esto hay que destruirlo... Lo único que importa en la literatura es el estilo. Una vez que se alcanzó eso se puede decir lo que quieras. Lo que pongas va a estar ajustado con lo que estás expresando. Puede ser desagradable, o nada edificante, pero ese sos vos, un ser único. El estilo personal es imposible de alcanzar con oficio, no hay oficio que lo pueda conseguir.”

Por ahí empezaba Levrero. 

sábado, 17 de febrero de 2018

JESÚS ZOMEÑO, "DE ESTE PAN Y DE ESTA GUERRA" Y "GUERRA Y PAN", POR RAFAEL SOLER

Rafael Soler



La Primera Guerra Mundial dejó 30 millones de bajas entre muertos y desaparecidos, y otros veinte de heridos y mutilados. Dejó también numerosos testimonios gráficos de la barbarie, y un ancho muestrario de literatura bélica, si esa es la expresión correcta. “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, de don Vicente Blasco Ibáñez, “Adiós a las armas” de Ernest Hemingway y “Senderos de gloria”, de Humprey Cobb están en la mente de todos. Y hoy celebramos, en este encuentro de lectores y amigos, la publicación por Ediciones Contrabando de los volúmenes de la autoría de Jesús Zomeño: “De este pan y de esta guerra”, (reconocido el año pasado con el Premio de la Crítica Literaria Valenciana) y “Guerra y pan”, dos vigorosas y excelentes colecciones de relatos siempre con aquella guerra y sus desmanes como telón de fondo.

ENRIQUE FLORES 1. Realizado en la presentación de los relatos en Madrid
Está dicho y repetido que un autor que se precie es autor de obsesiones, y que son estas las que orientan su escritura y guían su quehacer a la hora de abordar un poema, perpetrar una novela o escribir ese relato que siempre se hace de rogar, quizá porque se trata de un género exigente donde brillan con igual intensidad los aciertos y los errores. Un relato no es siempre lo que dice y parece, y muchos son los vericuetos que puede ofrecer si su autor es de avisada pluma; pero un relato, un buen relato, es siempre y en primer lugar un desafío, un campo de batalla para mucho contar en pocas páginas, y donde no debe sobrar nada. Jesús Zomeño sabe bien de lo que hablo, pues es uno de nuestros más completos escritores que cultivan este género: “Lengua azul” (2008), “Cerillas mojadas” (2012) y “Piedras negras” (2014) acreditan cuanto digo. A diferencia de Truman Capote, que solía decir de sí mismo “Tengo más o menos la altura de una escopeta, y soy igual de estrepitoso”, Jesús Zomeño es de complexión más contundente, y si por estrepitoso entendemos desmedido, exagerado, Jesús es precisamente lo contrario, escritor casi transparente, volcado en el compromiso de cuajar una obra coherente y sin fisuras. Jesús es también poeta, estudioso de la Primera Guerra Mundial y coleccionista de objetos de aquella época: botones con el emblema del águila bicéfala, máscaras antigás, cascos, y también, historias con su personaje y personajes con mucho que contar. Escritor, pues, con dos explícitas y saludables obsesiones: transitar por aquellos cuatro años terribles, y contarnos con rigor literario cuanto la inspiración tiene a bien dictarle. La guerra entonces como escenario para abordar los grandes asuntos que a todos nos conciernen: la soledad, el desamparo, la bendición y los desmanes del amor, el sentido último de nuestra presencia en este perro mundo, ya sea acodados en la barra de un bar, buscando un urinario o malheridos por una mirada y su metralla.

Abro comillas: Permite que te explique los motivos por los que he dejado de quererte. El primer motivo es el odio. El odio ha sido siempre el tuyo, acaso justificado por mi torpeza. Ocurría en ocasiones tan extrañas como aquella tarde que nos citamos en el Café Central y llegaste antes que yo…El segundo motivo es la tristeza, que nos impide ser mejores. El fracaso nos humilla y entristece… El tercer motivo es el hambre, por el que nada nos resulta suficiente para sentirnos satisfechos. El cuarto motivo por el que dejado de quererte es el miedo. Siempre he tenido miedo a equivocarme… Palabra de Jesús Zomeño en el arranque de su espléndido relato “Viena si anochece”, que junto a otros diecisiete dan sustancia a “De este pan y esta guerra”. Quiso el azar, muchas veces generoso, que en mi condición de miembro del jurado del Premio de la Crítica, abriese el ejemplar que entonces me remitió Ediciones Contrabando – y aprovecho aquí y ahora para felicitar a Manuel Turégano y su equipo por tan excelente y riguroso trabajo – que abriese el ejemplar, decía, por la página 89, tropezando con el texto antes citado, anticipo de la gozosa lectura que me llevó del tirón de un relato a su vecino, todos brillantes, bien hilvanados con el paisaje de fondo de una guerra para nosotros lejana que es, sin embargo, espejo y testimonio de todas las guerras que han sido, son y nos esperan, relatos entre el desasosiego y la esperanza, teñidos de una tristeza diríase que crónica y, sin embargo bien modulada por el autor, como esa lluvia fina inadvertida que nos deja empapados al final del día.

ENRIQUE FLORES 2
En lo que bien puede 
considerarse pórtico del libro, con el sugerente título “Un bosque de botones en Letonia”, Juan Lozano Felices, que conoce la peripecia vital de Zomeño, sus desvelos creativos y lo que él llama su “caldero literario”, nos hace ver que, y le cito textualmente, “a pesar de ser un libro transitado por soldados, no hay aliento épico en sus páginas…pobladas de unas criaturas sin majestad ni elevada conciencia en sus objetivos”, para señalar también que “al dar vida a un personaje, el autor cuenta su historia como si fuera una anécdota y pasa a otra cosa”, destacando la técnica del apunte, la anécdota y la sugerencia sin mayores explicaciones como una muy destacable destreza a la hora de abordar sus historias. Diecisiete historias deliberadamente ubicadas en el año de gracia de 1.916, cuando estaba el conflicto en su tramo más oscuro y los días transcurrían entre el barro y la desesperanza, relatos por donde transitan personajes que merecen, todos ellos, una novela de cumplida extensión para conocer su historia, apenas esbozada con dos brochazos contundentes que saben a poco. Es el caso de “Camisa blanca”, que nos presenta a un tipo que afirma que “el amor no es un capricho, es la sangre que nos arrastra por el cauce de lo inevitable”, y que a Dios “le debemos respeto pero no obediencia, porque nos dio la razón precisamente para no tener que ocuparse de nosotros”, un tipo que nos dice “Amo la ventana de mi amada, ansío esa luz de petróleo que parpadea encendida hasta las diez de la noche, en el segundo piso. Cuando ella pasa por delante de la lámpara, su sombra se proyecta en la fachada de enfrente. Quienes viven al otro lado de la calle, dejan abiertas sus ventanas para que la sombra pase dentro y pasee por las habitaciones, pero ya les he advertido a esos vecinos que cierren las ventanas, porque tienen prohibido imaginar”; un tipo sin nombre que viste de camisa blanca y navaja, un tipo, en fin, que bien merece trescientas páginas más cuando le vemos dejar Florencia camino del frente con sus amigos Cecelino y Lucca tras matar a esa mujer de pechos enormes y caderas anchas que nunca entendió sus arrebatos.

Diecisiete historias, decía, y muchas ilustradas con singular talento por Fernando Fuentes Miracoloso, que acompaña al autor desde su primera visita a las trincheras; y en todas la guerra apenas una excusa para indagar en el corazón de nuestros semejantes, su soledad mal llevada, sus íntimos fracasos, su deambular por una vida impuesta que apenas comprenden y les oprime, la compasiva mirada del autor cuando ejerce de notario, el contenido aliento lírico que impregna todo, y el regalo de reflexiones que abren y cierran paréntesis entre bayonetas, sangre y barro; ocurre así en “Una ciudad en la India”, donde el protagonista nos confiesa que “hay una ciudad donde espera mi muerte. El lugar no está en los planos, para que todo se olvide cuando yo muera”; también en “Dos dientes de oro”, cuando escuchamos decir al soldado Robico Csorba, voluntario en 1.915 porque un destacamento militar pasó por su aldea requisándole la vaca y el mulo, que “la vida es un truco que debe deslumbrar a los espectadores y acabar con un final sorprendente; y permítanme volver al vigilante de sombras cuchillo en mano que antes cité, para poner énfasis en la vocación de estilo de Zomeño, y el alto vuelo literario que logra su escritura: “Una camisa blanca realza el pecho de un hombre que se enfrenta al mundo y ese lienzo, por delante, delimita su valor. No hay cosa más hermosa que una puñalada sobre una camisa blanca; pero luego, cuando estés agonizando, que nadie te arranque la camisa, porque es de cobardes buscarle una causa a la muerte. A un hombre lo que se atraviesa es el alma y no el hígado o los pulmones”.

Son tiempos amables para el relato, considerado en ocasiones un género menor por insensatos que nunca se enfrentaron a las dificultades de cerrar una historia en siete folios, y todos ellos tallados a escalpelo para que nada sobre. Jesús Zomeño y Ediciones Contrabando bien lo saben, y a la estela del éxito de “De este pan y de esta guerra”, publicaron el último trimestre del pasado año “Guerra y pan”, provocador y brillante título que mucho debe al brillante y provocador Fernando Beltrán, colega y amigo, también transparente, y genial. Nos dice Jesús con templado humor en la Nota del Autor que “no tiene sentido seguir abundando en historias de la Gran Guerra, literariamente es un suicidio, me limita el desarrollo de nuevos libros y me encasilla como escritor excéntrico y marginal; si tuviera un agente literario me resolvería el contrato”. Afortunadamente para sus nuevos lectores, que deseo legión, y los que hace tiempo disfrutan con sus libros, ningún agente literario se cruzó por el camino, y hoy podemos disfrutar con estos nueve nuevos, si me permiten el trabalenguas, que hablan de los que murieron con la boca abierta, porque ellos sabían que no pasarían sed cuando lloviese; del abrelatas que John James Stevens llevaba en el bolsillo, y de la lata que su enemigo Hans Schmidt guardaba en la mochila, sin comprender que uno atacaba al otro por instinto; de la resignación de aquel prisionero pelirrojo que cuando iban a matarle pidió que le ataran las manos para que todos viesen luego que no había sido culpa suya no haber luchado; y de Martin Finn, que cuando escuchó decir al capellán que el alma de cada uno permanece en lo que más aprecia rompió todos sus cigarrillos, para que su alma no resucitase en la boca de otro.

Dice Jesús que no quiere debatir sobre para qué sirve la Literatura y, sobre todo, para que le sirve al autor escribir. Él sabe mejor que nadie que escribe por su necesidad de indagar en el corazón del otro, y porque solo así puede afrontar el nuevo día que le espera.

RAFAEL SOLER


sábado, 9 de diciembre de 2017

MADRID PORTÁTIL

Alejandro Espinosa Fuentes


MADRID PORTÁTIL, es un relato del escritor mejicano Alejandro Espinosa Fuentes publicado en Luvina 89 (revista literaria de la Universidad de Guadalajara de noviembre 2017). Este número lleva por título "Madrid, Madrid, Madrid" y en él participan con sus textos numerosos autores de reconocido prestigio con ocasión de la FIL de Guadalajara, que ha tenido a la capital de España como invitada especial.


La ciudad me mira de vuelta. Nada me dicen del amor las calles. Una brújula de lluvia me indica adónde deben ir  mis pasos. Crezco. Como un instante de intriga, mi  cuerpo crece de  dolor sospechas. Madrid me lee al recorrerla, se sabe de memoria mi insignificancia y,  aun así, lee mi pasos, cada uno como si fuera un verso.

¿Quién me busca  estando en  mí?,  me  preguntan el  verde  menta  y el azul índigo de la añoranza. Mi hostal, al que ahora llamo casa, tiene una fachada reluciente de ladrillos anaranjados. Si vivo en una escenografía de ayeres es porque el detalle más banal me devuelve al recuerdo.

Colores como inútiles adjetivos y una nube de errores que ensombrece el río Manzanares. La montaña boscosa dirige mis ojos a un letrero
al que ya estoy acostumbrado. Bienvenidos a la Ciudad de México. Siempre vuelvo a la Ciudad de México. Letras navideñas y un suspiro que alivia el miedo a morirme en un país sin caos.

Conduzco recordando viejas lágrimas. No me dejo importunar por el automóvil deportivo que me pisa los talones, o bien, los neumáticos. Comienzan las curvas peligrosas de la carretera a Cuernavaca. Veo el primer horizonte de casas a medio construir, el obelisco de la Escuela Militar y el logotipo angustiante de Petróleos Mexicanos. Acelero y sustituyo, ayudado por mi miopía, las nubes contaminadas que se extienden a lo largo del valle por las nubes con forma de fruta que señalé en Madrid.

No hablo el idioma de Odiseo y tengo miedo a improvisar en vano. En la caseta saco el brazo por la ventanilla y ofrezco un billete de diez euros. Un hombre parecido a mí me devuelve veintiocho pesos de cambio. Me detengo en la intersección de Avenida Insurgentes y Tlalpan y saco el mapa para averiguar cómo llegaré al barrio de La Latina.

En el mapa, al abstraerme, encuentro el rostro de  ella. Arrugo sus ojos al apretar el plano entre mis dedos, lo compacto con el propósito de devorarlo, pero apenas me cabe en la boca. Mastico el mapa y respiro con dificultades. Enciendo el motor otra vez y vuelvo a casa. Pero casa es una palabra mutilada por la costumbre, una cortesía insincera, como gracias, por favor, perdón, disculpe, saludde  nada¿cómo  estás?, te quiero.

Dos años antes, casa era una habitación que compartía con otras once personas y con ella. Dormíamos en un mismo  colchón  individual  el otro lo usábamos para ver maratones de cine mudo. En un colchón soñábamos y en el otro nos entreteníamos. Hacíamos el amor en los baños, las cuatro de la mañana, en las cabinas de la ducha. También lo hacíamos en la cocina, sobre todo en temporada baja, cuando en el hostal sólo había dos empleados y algún viejo nórdico que había tomado la irreversible decisión de morirse de poesía en Madrid.

En la cocina, el amor, lo hacíamos de pie. Nos duchábamos íbamos la cama. Dormíamos abrazados. Las noches, además de oníricas, eran bélicas porque yo roncaba. Ella me golpeaba las costillas hasta que me daba la vuelta. Era tan pequeña, tan infantil, la cama. Y recuerdo cuando una mañana de marzo me dijo, o no sé si me lo dijo o sólo me mostró, o hizo ambas cosas, pero es que recuerdo el gesto acompañado por su voz, cuando elevó a la altura de sus labios, como si se tratara de un mechero, la prueba de embarazo, y me dijo, o yo pensé que me dijo que la prueba era positiva. En mi rostro, aunque no creí que eso fuera a pasar, se dibujó una sonrisa.

Conduzco de manera robótica e ignoro el nombre de las calles, pero me reconozco en ellas hace muchos años. La intuición es una estrella titilante entre las sombras de mi memoria mexicana. La Cuesta de SanVicente reemplaza la avenida caótica en la que conduzco. Todo destino al que me dirija será una geografía sonámbula, con excepción de este Madrid portátil que, más que ciudad, es el discurso que me mantiene vivo.

Dos hombres venden bolsos de piel por diez euros. Los dos son de Marruecos y hablan mexicano. Me detengo frente a la casa en la que nací, crecí y vi el mundo transformarse, y no me atrevo a entrar porque  en el jardín me encuentro a un niño que juega a señalar el cielo.

Vuelven, como un calambre, las preguntas que le hice poco antes de que nos anunciaran que el niño se había estrangulado con el cordón umbilical. En nuestra casa de adultos, en el suburbio de Parla, le pregunté si soñaban. Le dije: ¿Los embriones sueñan? Y de ser así, ¿sus sueños se combinan con los sueños de la madre? O, más bien le dije: ¿Puede la madre saber, sea dormida o despierta, aquello que sueña la criatura que le crece en el vientre?

Alejandro Espinosa en la FIL
Ella me dio un beso para cerrarme la  boca me  contó que sus sueños, en vez de duplicarse o lo que fuera, habían perdido el brillo. Sueño en escala de grises, me dijo. Me imaginé que el niño se estaba robando los colores y quería jugar a iluminar las sombras de una memoria que no era suya. También este niño, el de la casa mexicana, quiere jugar a los recuerdos, o yo quiero jugar a los recuerdos y el niño será mi primera víctima.

Me fatiga pensar en la energía que desperdicié imaginando un futuro que no habría de suceder. ¿Qué hago ahora?, pensé sin dejar de abrazar su cuerpo desposeído. No  hay  niño, no  hay  nada Madrid es  la última mentira que me queda. Y es que a veces, sólo a veces, me gustaría mirar por la ventana y no ver el río Manzanares ni las terrazas ni, a lo lejos, la silueta del Palacio Real.

Me gustaría buscarme a mí mismo, llamar mi atención  y  que,  en  el mismo instante en que las miradas, la mía y la de ese yo que no existe, convergieran, éste, que no soy yo pero cuya voz pronuncian mis labios, se mudara de mí y de la única ciudad donde las cosas pudieron tener sentido l

miércoles, 1 de noviembre de 2017

PRESENTACION “GUERRA Y PAN” EN SINDOKMA

PRESENTACION “GUERRA Y PAN” – SINDOKMA – CENTRE CULTURAL LA NAU - VALENCIA-   OCTUBRE 2017


Bienvenidos y gracias por asistir a la presentación del nuevo libro de Jesús Zomeño, “Guerra y Pan” que viene a ser como el hermano pequeño o un apéndice de este otro, “De este pan y de esta guerra” y que tiene una cronología un tanto particular, sobre la que luego entraré.Pero antes quiero mencionar que este año se cumplen 30 años de la aparición del primer libro de Jesús, “Cuestión de estética”, que se publicó en el verano de 1987. Y no es baladí, hablando del libro que presentamos esta tarde, esta referencia a “Cuestión de estética”. No lo es   porque Jesús no comienza publicando poesía, como mucha gente piensa; sino que su debut literario tiene lugar con un libro de cuentos, donde ya están presentes los territorios geográficos y sentimentales que ya no le abandonarán y que permanecen a lo largo de toda su obra. Por eso, “Cuestión de estética” es un libro seminal que nos ayuda a reconstruir las señas de identidad del autor excepcional que es Jesús Zomeño y nos permite ser testigos de sus primeros pasos en la literatura, de una trayectoria que acaba de cumplir, como se ha dicho, nada menos que 30 años, desde “Cuestión de estética” a “Guerra y pan”.
Decía antes que este libro tiene una curiosa cronología que podemos rastrear hasta 2014 con la publicación en Lengua de Trapo de “Piedras negras”. Cuando publica “De este pan y de esta guerra” lo hace para dar cabida a todos los cuentos que se habían quedado fuera del libro anterior, porque en aquel entonces trabajaba en otros relatos que quedaron cerrados con posterioridad a la publicación de aquel, bien porque el resultado no le convencía o porque estaban entonces inconclusos o porque no pasaban de ser el embrión de un cuento futuro. Como él mismo dice, la experiencia, el tiempo, el profundizar en la psicología de estos soldados, es lo que le permitió acabarlos.


Los cuentos que conformaban “Piedras negras” habían visto antes la luz en la revista digital Agitadoras acompañados de las ilustraciones de Fernando Fuentes, Miracoloso, a quien por cierto, Jesús dedica este libro.  Pero la edición de “Piedras Negras” nos escatima las ilustraciones, con lo que el libro pierde su complemento ideal. Cuando la editorial Contrabando, decide publicar, con muy buen ojo crítico, el nuevo libro de Jesús “De este pan y de esta guerra” tiene la intención de restaurar, de unir, lo que el destino editorial había separado, porque las ilustraciones de Miracoloso inspiradas en los relatos de Jesús son inherentes a su propia literatura, en una especie de do ut des, la fórmula de los antiguos contratos romanos, “te doy para que me des”.

Bien, así llegamos al año 2016, como el “annus mirabilis” de Jesús Zomeño. La editorial Contrabando edita, como acostumbra, con muy buen gusto, con sobriedad y elegancia, “De este pan y de esta guerra” y después del verano la editorial mallorquina Sloper edita “Querido miedo” donde Jesús proyecta una mirada entre nostálgica y elegíaca ante la década de los 80 y que tuve la ocasión de presentar también en este mismo lugar. Dos libros de plena madurez en la trayectoria de Jesús pero con registros e intenciones singulares, dos lecturas distintas pero igual de magnéticas. Ambos libros aparecen en 2017, como candidatos a los Premios de la Crítica Valenciana. Yo no sé si esto ha ocurrido anteriormente con algún autor. Evidentemente, debe ser algo bastante excepcional el que dos libros de un mismo autor sean escogidos, y dentro de la misma categoría, a competir por los Premios de la Crítica. Y, a Jesús le es concedido el Premio precisamente por este libro, “De este pan y de esta guerra”. Y ese galardón, de alguna forma hace revivir el libro, que había aparecido un año antes, y lo lleva al primer plano de la actualidad literaria, con nuevas reseñas y nuevas entrevistas a su autor.

Y, llegados a este punto, como si fuera un leitmotiv de sus últimos libros, vuelve a aparecer el nombre de Miracoloso. El ilustrador y el escritor han encontrado ya un acomodo perfecto el uno en el otro y, por otra parte, la editorial le pide de Jesús que haga una especie de separata con tres o cuatro cuentos que sirva como apéndice para acompañar al libro; y que, por supuesto, contenga alguna ilustración de Miracoloso. Pero lo que Jesús le presenta al editor no es esa separata para que vaya unida al libro premiado que va ya con una faja en la portada a modo de condecoración. Lo que Jesús presenta es un libro con nueve relatos nuevos y que tiene más de 80 páginas, lo que viene a ser más de la mitad en extensión de lo que tenía el libro anterior. Como dice el texto promocional de la contraportada, ese anexo ha devenido “un libro autónomo y autosuficiente” y aparece como un libro más en el catálogo de la colección.

En él encontraremos relatos que se sitúan en el frente, en las trincheras; y otros, en la ciudad, donde se proyecta la sombra ominosa de la guerra, aún conclusa. De los nueve relatos, no sabría con qué quedarme, si con el tremendo final de la Balada del soldado Rusty; con  “Hablemos de la belleza”, donde consigue fundir una crudeza a veces difícil de digerir con un penetrante lirismo;  el prodigio estructural y la vuelta de tuerca final de “Máscaras” que tal vez sea mi favorito en esta entrega; el sugestivo planteamiento de “Una noche en el cementerio monumental”;  el suspense ascendente en “Moneda francesa”, donde la atmósfera que consigue originar traspasa el propio estilo o “Botones” que parte, como muchos de sus relatos de una anécdota doméstica. En los relatos de Jesús, muchas veces se aprecia una correspondencia entre el mundo interior y el mundo exterior, como si estuviéramos pasando de un lado a otro del espejo. Y, desde este punto de vista, para Jesús, la literatura, su morfología narrativa, es un banco de pruebas desde donde abordar esa dualidad. Por ello, los seres que aparecen en sus relatos nos parecen lejanos y a la vez tan cercanos y vivos. La grandeza de nuestro autor está ahí, en saber conjugar sabiamente la reconstrucción del escenario histórico por un lado, y lo puramente humano por otro, en la construcción de unos personajes hechos de nuestros mismos desvelos y aflicciones, nuestras mismas dudas, zozobras y deseos.

Y llegamos con este libro, o con este apéndice, al final de una etapa en la trayectoria literaria de Jesús, ¿o no..? Nunca se sabe. Los que tenemos la fortuna de frecuentar su caldero literario, de visitar el taller del hechicero, sabemos que ahora anda en otras cosas, en proyectos novelísticos que, sin duda, van a ser una revelación en el panorama literario español de este siglo XXI. Yo estoy convencido de ello y le auguro un gran éxito en esta nueva etapa. Pero Jesús no abandona del todo el ámbito de las trincheras y la Europa de entreguerras, siempre con Miracoloso
como ilustrador, se han conjurado para volver a colaborar en la producción de algún cuento para, como dice Jesús en la nota inicial, “no dar por terminado el libro”. 

JUAN C. LOZANO FELICES.  
Octubre de 2017 

martes, 27 de junio de 2017

"ESCRIBO SOBRE LA GUERRA PARA CONOCERME A MÍ MISMO"

ENTREVISTA DE BEL CARRASCO A JESÚS ZOMEÑO publicada en la Revista MAKMA el 04/06/17

De este pan y de esta guerra, de Jesús Zomeño
Ilusstraciones de Fernando Fuentes ‘Miracoloso’
Editorial Contrabando

Jesús Zomeño es abogado y trabaja con su hermano en un prestigioso bufete de Elche. Pero su auténtica pasión es la literatura y en ella se ha volcado tanto en la faceta de escritor como en la de editor de poesía, actividad ésta que abandonó hace algún  tiempo. Trabaja con fervor en tres novelas a la vez y, mientras tanto ha ido publicando una trilogía de relatos ambientados en la Primera Guerra Mundial. ‘De este pan y de esta guerra’ (Editorial Contrabando), ilustrado por Fernando Fuentes, ‘Miracoloso’, la última parte de dicha trilogía, mereció el Premio de la Crítica Literaria Valenciana fallado el pasado 20 de mayo en la Universidad Miguel Hernández de Alicante.
¿Por qué eligió la Primera Guerra Mundial entre las muchas que han existido a lo largo de la historia?
La Primera Guerra Mundial permite una reflexión más universal, me permite hablar de un bando u otro, sin prejuicios ni sectarismos, cosa distinta ocurriría si escribiera sobre la Guerra Civil o la Segunda Guerra Mundial. Además, aporta imágenes estéticamente muy poderosas y simbólicas, como son las trincheras, las máscaras antigás, las alambradas… Sin embargo, el principal motivo es que en la Primera Guerra Mundial la supervivencia fue extrema, tanto en el plano físico como en el mental, y eso permite analizar los límites del ser humano. Pero no hablo de la desesperación, mis relatos tienen un trasfondo lírico, una apelación a la belleza, a veces a través del esperpento, porque a mis soldados no les alimenta el estómago sino los sentimientos. Mis personajes luchan mentalmente para sobrevivir porque son optimistas a pesar de todo, como el honesto encargado del urinario de Dublín que se lleva a la guerra el plato de las propinas para acordarse siempre de que tiene que estar agradecido a lo que la vida le dé.
¿Cuál cree que es la batalla más dura que libra el hombre de nuestro tiempo?
La batalla interior. Los poderes fácticos y los políticos lo han reducido todo a la economía, pero la gran revolución pendiente es la felicidad. No hay ningún partido político que presente un plan para fomentar la felicidad y equilibro del individuo, un ocio sencillo y satisfactorio. Es ridículo decirlo, pero está mal visto hablar de sentimientos, eso cada vez forma más parte de la vida interior y secreta de las personas. Se cuidan las patologías, las depresiones, eso sí se permite; pero no se fomenta la felicidad, ni la del individuo ni la social.



¿Cómo ha evolucionado a lo largo de su trilogía?
Del reportaje periodístico a la interiorización. ‘Laberintos’ recogía las respuestas de muchos autores en torno a las preguntas que planteaban unas fotografías originales de soldados. Esa perspectiva coral se individualiza en ‘Cerillas mojadas’, relatos que analizan la biografía y las hazañas de algunos soldados. Sin embargo, a continuación interiorizo y casi suprimo la acción en ‘Piedras negras’ y ‘De este pan y de esta guerra’, son retratos psicológicos. Es un camino de interiorización y mi conclusión es que el hombre despliega mentalmente sus mecanismos de defensa para sobrevivir y ese mensaje es optimista, la auténtica fuerza del soldado en la Primera Guerra Mundial estaba en su cabeza.
¿Por qué el cuento en España es un género minoritario?
Las noticias de prensa y, sobre todo, las digitales ahora son más breves, también nos comunicamos por correo electrónico o vía wasap con mensajes cada vez más cortos; sin embargo, eso no ha abierto camino al relato breve. El microrelato es la imagen de la nueva realidad, pero el relato no ha absorbido ese público. Es posible que la novela plantee una unidad de ritmo y argumento, que si te engancha te mantiene fácilmente, eso es cómodo. Los libros de relatos cambian ritmo, personajes y planteamiento en cada historia y eso cuesta de aceptar. Hay que vaciar la mente, hacer reformas, cambiar el diseño y entonces empezar la lectura, entre un cuento y otro, con la mente preparada. Creo que los relatos exigen más esfuerzo, un ejercicio de renovación mental constante. poderes fácticos y los políticos lo han reducido todo a la economía, pero la gran revolución pendiente es la felicidad. No hay ningún partido político que presente un plan para fomentar la felicidad y equilibro del individuo, un ocio sencillo y satisfactorio. Es ridículo decirlo, pero está mal visto hablar de sentimientos, eso cada vez forma más parte de la vida interior y secreta de las personas. Se cuidan las patologías, las depresiones, eso sí se permite; pero no se fomenta la felicidad, ni la del individuo ni la social.
Háblenos de su último libro, ‘Querido miedo’.
Yo escribo lo que soy, mejor dicho, lo que creo que soy o he sido. Las historias de la guerra intentan ayudarme a conocerme a mí mismo, a través del análisis de situaciones límites. Las historias de ‘Querido miedo’ retratan los años ochenta, el paso del tiempo y aquello en lo que nos hemos convertido los que fuimos jóvenes. Es un retrato lírico y nostálgico del pasado y del presente de mi generación. Por tanto, el ser humano sigue siendo el centro, el protagonista.
¿Cuáles son sus próximos proyectos?
Fernando Fuentes ‘Miracoloso’ y yo tenemos intención de ampliar los relatos del libro ‘De este pan y de esta guerra’. ‘Miracoloso’ está trabajando las nuevas ilustraciones, mucho más personales, y luego yo escribiré los relatos. Será una obra breve de cinco o seis historias, un anexo al libro, que ya estaba previsto antes de concederse el premio, porque la Editorial Contrabando desarrolla una gran complicidad con sus autores.

martes, 11 de abril de 2017

PODRÍA SER UN MEME

Artículo publicado por Agustina Paz Frontera en la revista argentina JENNIFER, el 2 de marzo de 2017, sobre el libro "Hacía un ruido. Frases para un film político" de María Salgado


María Salgado habla lo que le hablan. Se toma la lengua como si fuera una fuerza física. Pregunta si no será la era para destruir el poema y dejar que los versos vayan a la boca para ser dichos, o que los versos se suelten de los poemas y que haya que ir a mirarlos o escucharlos. La poesía, se dice en este no-libro, no es discurso. La poesía es política de la noche. La lengua baja desde los cerros llena de oro. Viene pegada en los intentos de organización contemporáneos. Hacía un ruido. Frases para un film político (Ediciones Contrabando, Madrid, 2016) trabaja con pedazos de lengua emitidos en todo el mundo desde 2011, están montados gráficamente como una constelación de materias convulsionantes y se detiene solo para publicarse. Publicarse es lo único que convierte a esto en un libro.

El orden de la lengua podría ser el desorden. La comunicación podría ser la incomunicación, como ya atinaba María en su libro Ready de 2012 “el deseo opaco de comunicación”, o el deseo claro de una comunicación opaca. Este libro de María Salgado es un libro hecho con tijeras, con recortes palabra a palabra de diarios de la España donde Podemos se dirime si quiere ganar o no, de poesía argentina de los 90, de filmes de Godard, de teoría queer, de viejecitas que aun hablan el idioma de los cerros, del cine y la publicidad. Este es un libro materialista.

Cualquierismo, elegir la traducción para el lado del cualquierismo, María traduce, pega, ensambla, destrama la lengua. Hacía un ruido está obsesionado por empezar a contar de una vez lo que se ve: el pueblo, dice, la universalidad, “de felicidad y libertad, más simetría, más replicabilidad a mansalva. Mejor decirle mundo”. Empezar a decir el mundo como forma de vivir, no para nombrarlo ni para instaurarlo, sino porque es la forma infra y perversa que tenemos de ser: tirando experiencias contra las palabras. Haciendo que las palabras como en un tejo se corran, reboten, vuelvan, se deslicen, digan cosas que nada que ver: pero hacerlas visibles: las palabras se pueden ver, eso dice Hacía un ruido. Y las palabras se pueden mal leer, eso es significar.

Todo este libro meme inabarcable es un gasto, es el exceso de una vida que no puede parar de leer y atar, de significar. Lo que hace ruido, todo lo que hace ruido es lo que nosotrxs hicimos. Si hay ruido, hay escucha, si hay escucha hay escritura, y en este juego de sensualismo se esconde y des-esconde la política.

Hay y no hay política, como en un film hay y no hay movimiento. “Políticas de la noche”. El ruido se opone a la teoría: ¿qué es eso de andar inventando corsetes de sentido a las experiencias? El ruido se avecina, viene desde atrás de los cerros, las ideas, en cambio, ponen un mapa político ahí donde hay un cerro, ¡y lo tapan!. ¿Las ideas, qué hacen? Detienen las formas que aun no existen. El ruido es la forma que tienen las cosas nuevas de avenirse, y el ruido es la forma que tienen las cosas viejas de morirse.

¡hacía un ruido!

Que si ese ruido es lo nuevo o si es lo viejo o es el movimiento. “Un mundo sólo se para con otro mundo”. La autora, el nombre que figura debajo del título, está en Madrid, donde parecía que algo nuevo hacía ruido, algo en el centro de las asambleas pero también algo allende los océanos, cuando cada elemento del mundo-el pueblo-la mundanidad estaba tocado por la política: el amor, por caso, la vida común, el pasado, la lengua, aun así este libro dice: “Hay elementos de la vida cotidiana que no operan ni son directamente entendibles como políticos, que son mundanos”. Y corta la película. No todo sentido es político. No todo verso es poema. No todo otro es impropio. Quizás, existe “la posibilidad de reconocer en el ruido que generan los otros una parte de tu propio sentido está ahí”. Cualquierismo. Nocturnidad. Restos. Ecos, pepitas de oro en ríos barranco abajo.

La obra de María Salgado trabaja con el lenguaje como materia. Puede consultarse además la reedición de su 2do libro 31 poemas Editado por Danke (Rosario, 2015), además de su primer libro Ferias (2007) y Ready (2012) en España. Las performaces de María Salgado son un ruido nuevo que no termina de irse, vivió una temporada en Buenos Aires hace más de 10 años y volvió en 2016 invitada por el Festival de Poesía de Rosario, o es lo viejo que no se acaba de ir, ella además trabaja con el compositor Fran MM Cabeza de Vaca, con quien produce la constante transformación de este trabajo también en versión musical: http://haciaunruido1.tumblr.com/audios.

El Blog de María Salgado http://globorapido.blogspot.com.aron Faceboo