lunes, 18 de marzo de 2019

EL CIELO DE KAUNAS / JESÚS ZOMEÑO


PRESENTACIÓN EN LA RACAL (Real Academia Conquense de Las Artes y las Letras) 1 de marzo de 2019


“Mi vecina era lituana, de Kaunas. Lo nuestro fue lo más parecido a un romance, aunque sólo tuviéramos sexo una vez. No hicimos el amor para que se convirtiera en costumbre, sino para que fuera excepcional. Luego su marido la mató y yo tuve que matarlo a él”...

Así casi comienza – digo casi comienza porque, a fuer de honesto, a este párrafo le preceden otras dos líneas – pero realmente así es como comienza esta novela con la que Jesús Zomeño da el salto de la narración en corto a la larga. No es el “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca” con que Muñoz Molina iniciara en su día su Beltenebros, pero por ahí le anda como efectivo elemento de seducción y enganche para el lector, un ahí te he, ya, atrapado, pero que, por otro lado, no le previene lo bastante –al lector, digo–  para lo que luego, gradual pero inexorablemente va a ir encontrando, sin poder quitárselo de encima, a medida que vaya progresando en las páginas, en las cortantes, aceradas –más cortantes y aceradas que el filo del más afilado cuchillo– páginas de lo escrito por Jesús: el desasosegante universo en el que se va a ver sumido a medida que se vaya adentrando en la espléndidamente entrelazada urdimbre de las tres historias que –apoyado en la ya más que constatada y probada sabiduría narrativa puesta de manifiesto en sus anteriores entregas como contador de historias, siquiera aquéllas se movieran en el concentrado esfuerzo del relato corto– ha trenzado en esta su primera incursión en la carrera de fondo de la novela.  
La una y otra vez estudiada y repasada grabación de la lituana Kaunas atrapada para siempre en las imágenes grabadas por el Google Street View en junio y julio de 2012 por un hombre –un policía español– que apoyado en ellas emprende un viaje rumbo a una esperanza en la que ni siquiera tal vez crea; una niña que se pierde en un bosque que guarda más de una sorpresa en su espesura; un veterano francotirador que presente estuvo en la represión soviética de Checoslovaquia en 1968 y que, al borde ya de una decadencia tanto corporal como mental y nostálgico más que de un derrumbado sistema ideológico y político de la juventud en él vivida, se empeña en una cruzada asesina adoptada como equívoca al par que infructuosa herramienta de concienciación solidaria, en un a la par colectivo y personal ajuste de cuentas con una actualidad rechazada y consigo mismo; un viejo quiosquero cuya personalidad e historia se nos irá descubriendo poco a poco, cual sucesivas retiradas hojas de alcachofa, a medida que vayamos progresando en la lectura; dos jóvenes rusos embarcados, fruto de sus historias personales y de la propia desconcertada sociedad postsoviética en la deben debatirse –en uno de ellos otro conflicto, Chechenia, socavando su conciencia– en una huida hacia adelante más allá de moral alguna, sin más certeza que la furia incontrolada, caminando ineludiblemente, hijos de la violencia y de la nada, hacia la tragedia; una inconsciente Erasmus alemana que un día se lió con quien no debía y acabará metida en la más oscura y sórdida boca de lobo que jamás imaginó; un verdugo no ya más allá del bien y del mal sino del propio mal absoluto; un expoliador de cadáveres en busca de su propia expiación; dos cabinas telefónicas transmutadas en casi simbólicos imaginarios nichos mortuorios; una camarera que en España estuvo y quizá urda pero quizá no una paralela historia de espionaje y masacres y tal vez sea uno de los pocos asideros de luz del libro junto, quizá, a la fugaz aparición, convertida en episódico personaje, en yo diría que especialmente diseñado humano-literario guiño, de la figura de la poeta Wislawa Szymborska … ésos son los mimbres con los que Jesús Zomeño, verdadero implacable disector de almas, con un lenguaje seco, terso, escueto y afilado,  sea como narrador omnisciente o apelativo, nos introduce tanto en el devenir como en los propios mundos interiores de unos personajes –unos personajes de los que quizá cabría decir, con Cervantes “unas veces huían si saber de quién y otras esperaban sin saber a quién” que se debaten en un universo en el que, prácticamente desmoronadas todas las convicciones, anida una violencia que bien querríamos creer, ocultando la cabeza bajo el ala,  que no es posible, pero que sin duda existe; un universo donde hasta la infancia muerde como la más cruel de las heridas, en que hasta los multicolores cristales de un infantil caleidoscopio no pueden ser recordados sino –y gracias– en blanco y negro; un universo de aristas cortantes y ciénagas morales del que querríamos fugarnos pero no podemos, donde cualquier esperanza sea si acaso, más allá –o más acá– del cielo bajo y plomizo de Kaunas, de cualquier Kaunas, cual perseguir un más o menos improbable rayo de luna…


Esto es lo que, merced a un magnífico manejo no sólo de la trama –de las tramas habría que decir, de las confluyentes tramas de las historias de su historia– sino de sus ritmos narrativos nos ofrece en esta descarnada, incluso en muchas ocasiones incómoda, dura novela, Jesús Zomeño. Dura desde luego, una de las más duras que en los últimos tiempos me he echado a los ojos, pero realmente espléndida. A la espera quedamos de nuevas entregas.  

domingo, 17 de marzo de 2019

SOBRE "DESDECIR" DE EVA HIERNAUX

Publicado por Eva Hiernaux en Facebook el 11 de marzo de 2019


De "Desdecir", mi último libro, mi querido amigo Miguel Ángel Curiel dice:

Todo lo que podemos decir de un libro lo dice mejor el libro mismo.
 Eva Hiernaux, artista multidisciplinar y poeta encara en este poemario su madurez, su crecimiento le ha llevado a un territorio donde la exploración en el lenguaje se hace por sendas vitales de conocimiento. 
Desdecir es a mi juicio el nombre del libro que no el título. Títulos para las cosas, nombres o nominaciones para lo que se rehumaniza, o es una creación del yo más profundo y puro, lo nominado es en lo hondo algo que está vivo. Se habla desde el libro mismo, ella habla desde el libro, se la puede oír dentro del libro, y es así que el objeto que llevamos en las manos, es en su esencia un ser casi silencioso. Así que, “Desdecir” se convierte de manera natural en un Desde-el-decir-. 
¿Pero qué decir desde ese lugar del decir sino lo esencial? El último poema del libro se desvela como un principio, como algo que ha quedado roto o inacabado, y por eso mismo se abre al nuevo territorio de su poesía futura con mucha fuerza, con la absoluta fuerza de lo visionario “Cuenco de la amistad, a veces cuando bebo me olvido del yo. Cuenco de la amistad: a veces cuando bebo no bebo nada”. Un decir Zen, una proyección Zen y esencial de la poesía de Eva Hiernaux, una pieza a mi juicio maestra. “Desde-el-decir” esta poesía nos con-mueve, nos lleva o nos eleva un poco gracias a sus palabras carentes de gravidez “Mendiga de mí hasta que supe decir yo”, pero ese yo es finalmente el de la alteridad, un yo hacia un tú, el yo vaciado para ser llenado por los otros, por los pronombres más huesudos que ella reencarna y que se tensan en los poemas con un lenguaje esencial y casi Zen. 
“Desde-el-decir” ignoto de la palabra, desde ese lugar o territorio zambraniano, “Las palabras, pájaros esquivos alzan el vuelo con el sólo vibrar del aire” nos dice la poeta. Eva Hiernaux reelabora toda su poesía anterior en este libro; hay un antes y un después de este “Desde-el-decir: “Puedes creerme, eres -has sido- la palabra justa que se me pierde”. La poesía es casi una religión sin religiosidad, pero incluso lo contrario, una religiosidad de lo esencial, de la palabra en el centro del mundo sin religión. Nuestro tiempo de vértigo hacia el abismo del ser, permite esta escatología del lenguaje, permite que la poesía siga nombrando o viviendo sus estertores finales en una especie de eternidad achicada llena de tiempo. Estos tiempos hacen posible ese campo místico de la poesía, de la palabra como reflejo de un yo fragmentado en una realidad rota. Por un lado el lenguaje vertical saliendo de una realidad de subsuelo, desde el centro de la oralidad rota al servicio de una realidad constrictiva. El poema es para Eva Hiernaux una fuga vertical, una huida hacia lo alto. Cada poema en este “Desde-el-decir” lo podríamos reconocer como una oración a la nada, un rezo en una liturgia del yo espantado, del yo que se des-dice; un rezo a la nada en la que chapotea el hombre. En el poema de la página 33: “Nos salva de la soledad mientras oímos nuestra voz”, precedido por la cita de J.L. Puerto que define muy bien este rezo o liturgia del yo a su yo, como una murmuración que salva del absoluto de la soledad “oración, letanía, invocación y cántico” En la suma de estas cuatro palabras, el núcleo central del libro, de este “Desde-el-decir”. 
Un libro de poemas de Eva Hiernaux es como una flor extraña, y el lector de estos poemas un extraño polinizador. Ella ha escrito-construido este extraño y bello libro polinizando primero la sustancia de la vida a través de los textos, de la palabra inscrita. Así ocurre en la primera parte del libro, desde un poema a otro, las citas bellas y sabiamente elegidas con el propósito de crear una comunicación que fuera más allá, un campo de polinización textual. Ella quiere apuntalar la transparencia del poema con delgados huesos de lenguaje. Lo paradójico es que finalmente es la transparencia absoluta la que permite descansar en lo invisible esos largos y delgados huesos de lenguaje. Antes aludí a una polinización mutua entre textos, en primer lugar entre lenguaje y vida, el poema puede ser un rastro de existencia, como un canto de muerte. “Desde-el-decir” interpela por esta vía, a otros poetas y a los lectores de poesía, los textos frente a frente, la indagación en el lenguaje frondoso, acercándose casi sin quererlo a órbitas valentianas, según avanzamos en el libro esto se mistifica, el yo de la poeta se adensa en el silencio, la voz se hace más vertical, asciende hacia los techos abisales del lenguaje. Lo metapoético de otras épocas ha evolucionado hacia otros territorios más esenciales y deshuesados de retórica, ese proceso nos ha dado libros híbridos como éste, donde el yo soporta la carga de lenguaje hasta investirlo, así el discurso metapoético ha rehumanizado estas poéticas hasta conseguir dejar el yo en el centro de los poemas que debían hablar sólo y únicamente del hecho poético. El sol es uno, el lenguaje uno, la luz varía, las palabras son la sombra de los significados.

Eva Hiernaux
 Eva Hiernaux se atreve a marcar una originalidad propia, no tiene miedo al vértigo de lo extrañamente escrito. No se rinde, su mirada poética se dirige hacia los otros que también hablan y se dirigen a otros. Sabes muy bien que un poema es la sombra de las ramas tupidas de un lenguaje en flor. Eso es este libro, un ramaje podado que se proyecta en cada poema con una esencialidad que nos conmueve. “Desde-el-decir” tiene buenos poemas, y un buen poema irradia, no se apaga rápido, un buen poema irradia los límites del yo, irradia eso que casi no se puede decir. Aún hoy no lo sabemos bien, pero que un poema irradie o no esa energía de la palabra, una energía de comunicación, es un misterio. Lo que nos dice la poeta es que las palabras han perdido su significado, han quedado huérfanas de mundo, y por eso se estremecen en el fondo vaciado del lenguaje, y queda el cuerpo de la palabra, los huesos que suenan en la lejanía del lenguaje como una campana perdida en el cielo, que no oímos, pero sí sentimos sus vibraciones, los golpes del silencio del mundo dentro de nosotros. Los poemas de Eva Hiernaux son esa campana perdida en el cielo, que no oímos pero nos golpea dentro. “No hay regreso para la palabra no pronunciada”. Se trata de una semilla de silencio. ¿Y que más podría el lenguaje, la palabra como hecho humano darnos sino silencio generando silencio, para poder oír mejor las abejas del lenguaje de los dioses? Eso es virtud de este “Desde-el-decir”.

DESDECIR: https://www.edicionescontrabando.com/libro.php?l=130

lunes, 21 de enero de 2019

"C'EST ÉCRIT". UNA RESEÑA DE "EL ÚLTIMO GIN-TONIC",

Por Daría Rolland Pérez



Uno de los mejores cumplidos que puede recibir un escritor francés es que se diga de su texto, poema o novela: “C’est écrit”. Y eso es lo primero que me ha venido a la mente al leer la novela El último gin-tonic de Rafael Soler. La novela está escrita, bien escrita, muy escrita. Precisión en las descripciones, detalladas y creíbles. Soltura en los diálogos. Muy buen conocimiento de los diversos ambientes. Personajes con envergadura: duros y vulnerables al mismo tiempo, sobrados y tímidos. Una trama bien hilada. Y luego el ritmo, que no lo es todo pero que es mucho. Hay en esta novela una especie de alegro trágico que le hubiera gustado a Stendhal. Escritura dinámica y sombría, viva y amenazante. Engancha, y bien.

La ironía y el erotismo están siempre presentes. La muerte merodea. Y el juego a veces peligroso con el lenguaje recuerda al poeta iconoclasta. Todo ello para advertirnos que la vida está hecha de soledad, de frustración, de violencia y avidez, de sexo y de traición. Marx y el Evangelio también ocupan mucho las cabezas sin convertirlas ni convencerlas. Y el eterno padre con su presencia cargante, a veces amena, y su legado confuso pero no turbio, hombre al fin y al cabo de convicciones.

Rafael Soler se burla de todo o de casi todo: de la Administración Pública, de la burocracia y el trabajo absurdo, de los engreídos y de los necios, de los golfos de todo tipo: el de guante blanco que mata callando o el de guante negro que degüella o dispara sin más preámbulos. También se burla de las mujeres, no faltaría más: golfas o manipuladoras, enamoradas o infieles, amables o necias pero siempre deseables, incendiarias, bellas. La Mujer, principio y fin de todas las cosas. Y en fin se burla el poeta, nacido para escribir, de la literatura. De la propia y de la ajena.

Algo hay en esta novela de un cuento de Borges, con esa hermosa María compartida entre dos hermanos. Algo hay también del mejor Cela, con sus turbios personajes. Y mucho hay de la “novela negra” que Soler conoce finamente. También conoce el cine y la tele, esa tele que está en todas partes como Dios. Pero, a pesar del cariz pesimista, de los tintes sombríos y de la visión ácida, la vida aletea, brilla, retoza allí donde tiene que hacerlo: en los senos de las mujeres, en las buenas copas y comidas, en la mirada comprensiva, en la compasión por los viejos, por los que mueren o van a morir, por todos sus personajes, por él mismo, por todos nosotros. Y aletea la vida en la escritura: desenvuelta, maliciosa, juguetona, licenciosa. Con audacias a veces desconcertantes pero que pegan fuerte. Y luego esas cartas: la carta magistral con la que empieza la novela, esa otra que interrumpe el relato cuando hay que interrumpirlo, y la última con la que acaba todo.

Nadie triunfa en esta novela pero sí triunfa la lengua que es a lo que va el avezado poeta, el escritor de fondo. Los personajes son abundantes. Podrían marear pero no lo hacen porque en realidad son todos el mismo: el hombre, con su violencia, su deseo, su insaciable apetito. La diferencia está solo en algunas cositas que pesan su peso simbólico. Detalles hay muchos y muy importantes como ese, atroz, de unos zapatos de altísimo tacón guardados en el bolso durante un entierro y que esperan ser utilizados en su momento para lo que se puede imaginar. Un realismo sin concesiones, un artista que no perdona.

Empecé a leer esta novela con interés, la continué con pasión. Un denso momento, un fértil momento, una tregua deliciosa y amarga comparable a la que ofrece el mejor gin-tonic. Esperemos que no sea el último. Y para que mi reseña tenga también algo de circular como la novela, repetiré al final lo que decía al principio: “C’est écrit”. Está escrita, muy bien escrita. Para nuestra ilustración y nuestra dicha.



Daría Rolland Pérez
 nace en el Valle del Tietar (Ávila). Pasa su infancia

 y adolescencia en Madrid. Acompaña a su esposo Jean-Claude Rolland en 
sus diversas misiones culturales en el extranjero (Jartum, Singapur, El Cairo, 
Valencia) y vive largo tiempo en París. Es licenciada en Letras Hispánicas por 
la Universidad de la Sorbona, profesora de instituto, poeta y traductora. Escribe 
en varias revistas literarias. En colaboración con su esposo, ha traducido al francés 
a grandes poetas y narradores contemporáneos.
Poemarios:
El esposo francés, Juanes de Luz, Las fuentes del ensueño
Memorias: Tú también, herida rosa. Narrativa: Yo, corrupto (Verbum, 2016).


martes, 6 de noviembre de 2018

"EL CIELO DE KAUNAS" DE JESÚS ZOMEÑO

Artículo de J. Albacete publicado en De Verdad Digital el 2 de noviembre de 2018


Después de una larga y fructífera trayectoria como poeta y cuentista, Jesús Zomeño renueva su extraordinario talento con su primera novela. 


Hay un sello distintivo en todos los grandes escritores. Un rasgo que los caracteriza, los define y los diferencia de los que son simplemente escritores, buenos o malos escritores.

Ese rasgo no consiste en que escriba bien (Levrero decía que un gran escritor puede “escribir mal”, y ponía como ejemplo a Kafka), o en que cuenten historias particularmente atractivas o arriesgadas, que en efecto lo suelen hacer, sino en que siempre abordan grandes temas. Los grandes escritores siempre dan con grandes temas, con cuestiones que atañen o conciernen a toda o gran parte de la humanidad, asuntos que definen las entrañas de nuestro tiempo, o indagan y desvelan perfiles esenciales de lo real, o penetran hasta el corazón de la intrincada naturaleza del hombre.

En su intenso y poliédrico ciclo sobre la Primera Guerra mundial, que incluye una cincuentena larga de cuentos, repartidos en al menos cuatro libros, Jesús Zomeño consiguió meter en ese espacio mínimo que es la trinchera (y sus aledaños) todo el catálogo de reacciones y comportamientos que los humanos somos capaces de concebir y desarrollar cuando estamos desnudos, frente a una muerte absurda e inminente, todo aquello que podemos imaginar para sobrevivir o para ser felices hasta el último minuto. En ese ring mínimo, pero donde cabe todo, los personajes de Zomeño son púgiles que luchan contra un enemigo desconocido e invisible pero devastador, a sabiendas de que su condena ya ha sido dictada. Enterrados en un hoyo minúsculo y hostil, y sentenciados a una muerte tan segura como absurda, estos personajes aún son capaces de atisbar un rayo de esperanza, tener un recuerdo bello o soñar con un amor perdido.

Con “El cielo de Kaunas”, su primera novela, Zomeño abandona el escenario, el ring donde estuvo ocho años combatiendo, y se traslada a un presente mucho más cercano, a un conflicto nuevo, a una realidad cuya hostilidad ha cambiado de forma pero no de criterio, y se apresta a mirar, con ojos fríos y mente despiadada, los escombros en que ha quedado convertido aquel magno edificio que fue la Unión Soviética, y que comenzó a erigirse en 1917, hace ahora un siglo, tras la Revolución de Octubre.

Aquel magno edificio albergó durante muchas décadas los sueños y las esperanzas, no solo de los rusos, o de la inmensa legión de pueblos que vivieron bajo el yugo protector del imperio soviético, sino de buena parte de las clases trabajadoras de todo el mundo, y de una enorme pléyade de artistas e intelectuales, que creyeron a pies juntillas (como en su día lo hicieron los primeros cristianos, o en los siglos XVIII y XIX los ilustrados) en que allí, en el seno de aquel imperio, se estaba edificando una nueva sociedad, sin opresores ni oprimidos, sin explotadores ni explotados, en fin una nueva sociedad de hombres realmente iguales y libres, que cumpliría por fin en la tierra el sueño que todas las religiones postergaban para “la otra vida”.

Ciertamente que mucho antes de producirse su derrumbe, la incongruencia absoluta entre los postulados que se defendían y las realidades que se estaban construyendo, llamó la atención de muchos (incluidos muchos comunistas) que décadas antes del derrumbe comenzaron a cuestionar aquello y a poner en evidencia que aquel nuevo paraíso que se vendía era lo más parecido que podía imaginarse al infierno. El gulag, los feroces procesos en los que dirigentes revolucionarios eran obligados a acusarse y reconocerse como espías y traidores antes de ser fusilados el expansionismo militarista…, no eran “inventos” del enemigo, sino realidades irrefutables.

A pesar de ello, y de otras muchas evidencias, el Imperio siguió creciendo y esclavizando pueblos y naciones, invadiendo países y subvirtiendo partidos, hasta los años 80. Pero ya a finales de esa década, los embates de los pueblos contra sus rejas imperiales (en Polonia, Afganistán…), el colapso de su economía burocrática y apelmazada, su incapacidad para seguir costeando la enloquecida carrera armamentística a la que le retó la potencia rival (EEUU), llevaron al colapso total del régimen soviético, que pese a los esfuerzos “reformistas” de Gorvachov para mantener en pie el edificio y remozarlo desde dentro, no resistió la degradación de sus vigas principales y se hundió como un castillo de naipes.

Para los millones y millones de personas que vivieron dentro de ese edificio carcelario y decrépito, cuya vida había transcurrido siempre dentro de él, que no conocían otra realidad (más que a través de la imagen deformada que les suministraba la propaganda del Imperio), la caída de la URSS supuso algo más que un accidente político o histórico, fue el derrumbe inapelable de toda su vida, de todos sus referentes, de todos sus valores, de sus formas de relación, la negación radical de su historia personal de todo aquello en lo que (bien o mal) habían vivido y creído toda su vida. Como dice en la cita inicial del libro la premio nobel de literatura, Svetlana Aleixievich, “no teníamos otra memoria que la del comunismo”.

La rápida sustitución de aquella forma de vida, sustentada en el engaño de un ideal traicionado, por una forma salvaje, selvática y gangsteril de capitalismo neoliberal, añadió una buena dosis de incertidumbre, miedo, desconcierto y angustia a unas poblaciones que acababan de ver hundirse su forma de vida (además, en un mundo en el que ahora se veía el pasado como criminal y abominable) para verse lanzados, de pronto y sin paracaídas, a la selva virgen de la “libertad de mercado”, a la tiranía del dinero y la ley del más fuerte…
Jesús Zomeño

“El cielo de Kaunas”, de Jesús Zomeño, es una mirada lúcida y descarnada sobre la sociedad postsoviética, sobre las ruinas (humanas) que dejó aún en pie el hundimiento de aquel transatlántico, que se echó a la mar con la esperanza de redimir a la humanidad y zozobró en los arrecifes de la realidad tras mutar por el camino en un barco negrero.

Los personajes que Jesús Zomeño pone en escena en “El cielo de Kaunas” ya no tienen sueños grandiosos, viven enfrentados a una realidad que les supera y que no entienden bien, que los empuja a otro naufragio. No tiene armas con las que sobrevivir a la nueva realidad, y los recursos que encuentran para sobrevivir son contraproducentes y los aniquilan. Lo mismo el viejo francotirador del ejército que aspira a corregir la deriva social provocando un dolor que solo despierta la indiferencia, o los jóvenes cachorros criados de la experiencia chechena, cuyo destino es una fuga enloquecida hacia la destrucción.

Junto a estos personajes, que nutren las partes I y II del libro, Zomeño ha tenido el acierto de introducir a un observador más cercano a nosotros, una tercera historia, más familiar, la de un policía español que viaja a Kaunas buscando las ruinas de un amor perdido, porque la mujer lituana que ama ha muerto, la ha matado su marido. No sabe bien lo que espera encontrar allí, tal vez “un rayo de luna”, como le dice un compañero del cuerpo al despedirlo en el aeropuerto… tal vez se busca a su mismo, y este tercer viaje del libro sea un viaje interior… Allí encuentra, no obstante, a una camarera de hotel, que noche a noche le va a ir contando las peripecias de un caso criminal… que le sirven al autor para hacer una jocosa parodia de los policiales a lo Agatha Cristie y dibujar el débil perfil de una esperanza bajo el gélido cielo de una Lituania congelada.

Escrita con un lenguaje duro y terso, afilado, sin recurrir a pomposas explicaciones ni a innecesarias justificaciones, “El cielo de Kaunas” es una novela de ficción realmente ambiciosa, pero a la vez humilde; compleja, pero fácil de leer; no es un trhilller al uso, pero engancha al lector como si lo fuera;la estructura de la novela encierra algún que otro enigma, que el lector atento sin duda desvelará.

No son muchas las incursiones de nuestra literatura en temas así, más trascendentes y actuales de lo que parecen. Por lo que uno haría bien en echarle un ojo a las páginas espléndidas de este libro… antes de confiar en cualquier salvador del mundo que se le presente. Y cada día abundan más.

martes, 17 de julio de 2018

EL ARTE DE RESPIRAR


Reseña de Manuel Arranz sobre "Conversaciones con Mario Levrero" de Pablo Silva Olazábal, publicada en la Revista Turia nº 127 (junio 2018)


Conversaciones con Mario Levrero es un libro pensado y repensado a fondo sobre uno de los escritores uruguayos más interesantes y originales del siglo pasado, más desconocidos quizá también: Mario Levrero (Montevideo 1940-2004), “el último de los raros” de la narrativa uruguaya y uno de los grandes sin duda.


Las conversaciones, en realidad, una entrevista camuflada a través del correo electrónico, se iniciaron en el año 2000 y se prolongaron hasta 2004, año en el que muere Levrero. La entrevista, en contra de lo que pudiera parecer a simple vista, no es un género fácil, requiere disposición, respeto, escucha y sobre todo evitar caer en las tentaciones del “yo” que son muchas y variadas, especialmente en los escritores. Pero tanto Pablo Silva Olazábal como Mario Levrero saben que este juego solo merece la pena si no se hace trampa. Dicho de otro modo, si se juega con las cartas boca arriba. De todo el material reunido en aquellos años, Pablo Silva fue seleccionando todo lo que consideraba relevante, es decir, “todo aquello que aportara a la expresión del pensamiento y las concepciones estéticas de Levrero”, reduciéndolo a una tercera parte y organizándolo en torno a algunos de los temas y obsesiones recurrentes del escritor, quien, aguijoneado por Pablo Silva, nos habla también de sus propios textos, de su proceso de creación, de lo que previó y no previó en ellos, entendió y no entendió, o de la crítica, sobre la que no tiene muy buena opinión: “Para mi gusto, la crítica es una actividad innecesaria, improductiva, muchas veces destructiva”, a pesar de haberla practicado también él, muchas veces de forma inmisericorde, con los demás. Y habla también de los problemas diarios a los que se enfrenta un escritor, sobre su experiencia, sus descubrimientos, la importancia y el peso relativo de todo lo que hace finalmente un buen libro, un buen relato, una buena novela. Resumiendo: todo tiene que tener una razón de ser, un motivo, todo debe ser verosímil, todo lo prescindible sobra. Y esta es la fase, en el proceso de creación, más difícil, desbrozar, podar sin piedad ni contemplaciones, tirar a la basura. Si una frase no funciona o incluso un capítulo entero mejor deshacerse de ellos. “Lo principal es escribir con la mayor libertad posible”, contesta Levrero cuando le preguntan por las técnicas, e insiste en la capital importancia de las imágenes en la literatura. El argumento, las descripciones, los personajes, los diálogos, todo eso es sin duda importante, pero las imágenes y el estilo son vitales, porque “se escribe a partir de vivencias, que solo pueden traducirse mediante imágenes”.
Levrero, en un principio para sobrevivir, pero luego parece que por gusto, dirigió algunos talleres de Literatura, tanto virtuales como presenciales, en los que compartía sus descubrimientos y experiencias con sus alumnos. El taller literario, conviene saberlo, presupone una determinada concepción de la literatura. Algo tan elemental y obvio como que se puede enseñar a escribir y, en consecuencia, aprender que hay técnicas, trucos, consejos, recursos, que facilitan el aprendizaje, y que si uno se lo propone y tiene suerte puede llegar a ser un día escritor. Sin duda. Pero esta concepción de la literatura como ejercicio de la voluntad poco tiene que ver con la Literatura con mayúscula, como la entendía y practicaba Levrero: “Los textos surgen desde un impulso oscuro, no racional, probablemente a través de movimientos anímicos y emocionales, y poder traducir eso a imágenes y las imágenes a palabras sí es una capacidad que se adquiere”. Que no hay reglas para escribir es otra de las conclusiones a las que llegan aquellos que meditan mucho en las reglas. 
Revista Turia nº 127
Un libro, por tanto, sobre el arte y el oficio de escribir, sobre libros propios y ajenos (también sobre algunos de Pablo Silva), sobre cine y lenguaje cinematográfico, sobre las cosas que le gustan, que son cada vez menos, y las que le disgustan, que son cada vez más. Sobre algunos mitos literarios. No es necesario escribir todos los días (aunque él seguramente lo hacía): “Hay que escribir cuando se tiene necesidad”, les dice a sus alumnos. Afirmación que contraviene uno de los lugares comunes más arraigados del mito del escritor. En El discurso vacío, una de sus obras, junto a la monumental y póstuma La novela luminosa, especie de testamento, o “desvaríos de una mente senil”, como avisa al lector, y el Diario de un canalla, seguramente más logradas e inquietantes, Levrero escribe: “Mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones”. Pero también escribió a Pablo Silva: “Escribe lo que ves, y no lo que piensas”. Lo que seguramente es un buen consejo para principiantes (los mejores escritores han sido hasta el final principiantes). Pero si no escribes lo que piensas, es que no piensas lo que escribes, o que escribes sin pensar. Algo así como lo que él se propuso hacer (y luego hizo todo lo contrario) en El discurso vacío.
Estas Conversaciones con Mario Levrero, nos cuenta Pablo Silva, han ido creciendo con cada nueva edición. A la uruguaya le sucedió la chilena, y a esta la argentina, hasta llegar a la española, que tiene visos de definitiva. Pablo Silva ha ido añadiendo “materiales” sustanciales a cada una de ellas (un estupendo epílogo de Ignacio Echevarría, “Levrero y los pájaros”, algunos anexos, entre ellos un par de entrevistas, inéditas durante mucho tiempo, donde Levrero explica su original concepción del taller literario, a la que llegó después de un largo proceso de depuración, y algunas “rarezas” más). El resultado es un estupendo libro, ameno y honesto a la vez (ni Pablo Silva, al que hay que agradecer entre otras muchas cosas, que no siga un guión preestablecido, ni el propio Mario Levrero ocultan sus desacuerdos, sus controvertidas opiniones, sus fobias), que agradecerán tanto los lectores de Levrero, un autor hace tiempo indiscutible en las letras hispanoamericanas, como aquellos que no lo conocen todavía.
MANUEL ARRANZ


Pablo Silva Olazábal. Conversaciones con Mario Levrero, epílogo de Ignacio Echevarría, Valencia, Ediciones Contrabando, 2017.


domingo, 13 de mayo de 2018

FERNANDO DELGADO Y J. VICENTE PEIRÓ RESEÑAN "EL ÚLTIMO GIN-TONIC" DE RAFAEL SOLER


Publicado en Las Provincias (Culturas) el sábado 28 de abril de 2018
J. V. Peiró

NOVELA DE CANALLAS
J. V. Peiró. Catedrático y crítico literario  



Rafael Soler (Valencia, 1947) fue un escritor emergente en el primer lustro de los años ochenta, con las novelas ‘El grito' o 'El corazón del lobo’. Pero no publicó durante más de veinte años, desde 1985, hasta su reaparición en 2009 con el poemario 'Maneras de volver" al que siguieron tres más.
    
‘El último gin-tonic’ es su regreso a la novela. Cuenta con realismo algo sucio la historia de tres generaciones de la familia Casares durante cuatro días. A medida que discurren los episodios se van completando las historias de Lucas, el padre, y sus vástagos, Mateo, víctima de un accidente en el que murieron su esposa y su hijo, el jugador Marcos y Juan, que vive entre dos mujeres. En este juego nominal bíblico, hábil traslación metafórica, incluso el abuelo se llama Moisés, republicano patriarca, el personaje femenino más importante es María, ex monja, y el título de la novela y su episodio correspondiente aluden a la última cena.  

Rafael Soler. Presentación del libro en Madrid
La prosa potente de esta novela de canallas, cínicos infelices o felices a su manera, construye situaciones duras pero hilarantes y de fino humor negro. La estructura episódica en perspectiva narra poco a poco en paralelo y de forma fragmentaria completando el pasado y el presente, incluso usando las formas del correo electrónico y el guión audiovisual.
Estamos ante un universo literario curtido a golpes en un submundo donde domina el dinero, el alcohol y el sexo.
Pero no es una historia delictiva, sino de pasiones, culpas y traiciones sin llegar a lo trágico. Existen situaciones dramáticas pero el tratamiento de sus conflictos es desenfadado, y hasta algo tierno. La vida de estos personajes en continuo movimiento es tan trivial y carente de ética e ideales como la sociedad actual.
Como dijo Luis Landero en la presentación de Madrid, Rafael Soler es un escritor con soberanía y con una forma narrativa transparente. Lo que en un momento es claro, en otro es oscuro. Con esta novela inteligente, de diálogos firmes. Demuestra  ser un narrador nato, curtido y sagaz, que implica al lector a seguir a esta saga familiar construida como un collage contrapuntístico para la imaginación.



Publicado en el Suplemento POSDATA del Levante EMV el sábado 5 de mayo de 2018
Fernando Delgado

VIDAS DE BORRACHOS
Fernando Delgado. Escritor y periodista  


Ingeniero, sociólogo y profesor universitario, Rafael Soler tuvo una fulgurante trayectoria como escritor en la década de los 80. Publicó numerosos poemarios y media docena de narraciones que fueron saludadas por la crítica y reconocidas con diversos premios literarios.
Más de tres décadas después regresa con una ácida novela que ha construido sobre unos diálogos tan hábiles como populares.

Rafael Soler (Valencia 1947) ha escrito una novela hablada y borracha. Y como esta novela se nutre de una investigación ex­haustiva, con un trabajo de campo que ha aprovechado la tradición oral, el resultado no es extraño en cuanto a la adecuación de la voz, de ese lenguaje coloquial con el que el escritor pone en pie a sus persona­jes. Pero cualquiera que haya trabajado la simple trascripción de la conversación es­pontánea al papel, al texto, sabe de la dificultad que presenta ese lenguaje, aparen­temente sencillo -la difícil sencillez, de la que habla Jorge Guillén- a la hora de ha­cerse verosímil, natural. Y a la vez, intenso, pero desdramatizado, exento de los énfa­sis que lo harían pretencioso y acaso cos­tumbrista. Consigue así Soler una prosa limpia, directa, que otorga amenidad a la lectura, que hace creíbles a los personajes en los momentos más disparatados de su expresión, pero que no elude la fuerza de una voz interior, a veces la de la irrealidad y el sueño; otras, la de la cruda realidad, como si fueran materia de reportaje. Funciona en esta novela un monólogo lleno de inflexiones en el que se cruzan los diálogos interiores, los viajes del sueño a la realidad, los juegos de la memoria o del tiempo, los tiempos. El narrador se entrega a los personajes y escucha sus voces interiores y las transmite. 

 Y a veces dialogan para poner una puntilla, para cabrearse, para dejar algo en el aire, para subrayar alguna cosa con gracia y hasta con desmedida gracia cuando no humor negro.
Pero sin esperar contestación en algunos momentos. Y si el autor revela una enorme eficacia narrativa en el monólogo, no menos hábil para el diálogo se muestra en todos los casos, sin renunciar a la vulgaridad ni por supuesto a la ironía. Pero cuenta y cuenta con detalles minuciosos, con inesperados giros hacia la traición y a los brindis de despedida. Consigue así Rafael Soler la descripción de los ambientes, la creación de atmósferas, con toda naturalidad. 
Llega con economía verbal, pero muy expresiva, a la descripción de la emoción variada. Y además, tratándose del espacio narrativo, introduce frases hechas, expresiones del habla popular que por el lenguaje logra redondear los personajes, vulgarizarlos incluso. Todo eso, dentro del mayor desenfado, como quien cuenta por contar. 
Es una novela que cuenta una novela o, para ser más preciso, varias novelas. El humor penetra en la descripción y los personajes están traspasados por sentimientos comunes o singulares. Le parece a uno estar oyendo a la gente que habla en la obra de Manuel Puig, tanto en Boquitas pintadas como, en especial, en El beso la mujer araña; estar oyendo al preso que cuenta a otro preso películas. Ni una concesión a la retórica, ni una debilidad con el artificio, pero con todos los trucos de la naturalidad. Y hasta con su exageración y su desvergüenza.
Este es un libro muy contemporáneo y hasta el lenguaje de la calle, nuestro lenguaje en su evolución, es objeto de chanza. Quizá no a modo de crítica, que siendo tan crítico él como lo es en este relato no va el autor de eso, sino como un modo de hacer reparar al lector en lo absurdo. En cualquier caso, la actualidad que se cuenta en esta novela no le hará perder vigencia en el tiempo y, por el contrario quedará como un grupo de atractivas pinceladas que contribuyan en el tiempo a la comprensión del cuadro en el que habremos quedado pintados.
Rafael Soler
Este libro amplía la mirada del lector y le permite ver los matices que la realidad presenta allí donde la imaginación se añade a lo contado o la forma de contar amplía la posibilidad de ver. También se debe saber, porque el título nos pone en camino, que hay embriaguez en el relato, borrachera. Pero ya leerán cómo la borrachera conduce a veces a la fantasía, mientras el miedo, que abunda en el relato, y que el lenguaje lo maneja y lo administra con talento, alcanza el drama, que tiene la finalidad de poner las cosas en su sitio. O al menos situar al lector en su propio imaginario esclarecedor. Porque esta novela entra desde luego en la locura, que para eso está la bebida, pero la locura articula un imaginario que bebe de la realidad y la supera. La locura nos hace dudar a veces de las razones de la cordura, o amplía el mundo de tal manera, o de un modo tan desinhibido, que si no lo explica al menos lo agranda. 
Así, pues, hay que celebrar el regreso a las librerías de un narrador como el autor de El corazón del lobo, aquella novela de los ochenta, reeditada más tarde, y que tanto éxito obtuvo. Rafael Soler sabrá la razón de su silencio novelístico de un tiempo acá, pero esperemos que este nuevo libro no sea sólo una breve aparición en escena. Porque escoger imágenes de nuestro tiempo, describirlas con precisión de palabra -ajeno a toda retórica, con un lenguaje exacto y eficaz- y añadirles ironía, a veces burla, le ha permitido a Soler retratar nuestra sociedad en algunos fragmentos, sin grandes pretensiones y con acierto.

miércoles, 4 de abril de 2018

LEVRERO EN EL TALLER

Artículo de opinión de IGNACIO ECHEVARRÍA publicado en El Cultural (edición impresa) el 30/03/2018, sobre el libro "Conversaciones con Mario Levrero" de Pablo Silva Olazábal.


Entrego esta columna pocas horas antes de acudir a la presentación en Barcelona de Conversaciones con Mario Levrero (Ediciones Contrabando, Valencia, 2017). Por fin circula en España este libro altamente recomendable, publicado por primera vez en Montevideo hace ya diez años. Esa primera edición incluía, a modo de postfacio, un pequeño ensayo mío -“Levrero y los pájaros”- aparecido antes en Chile y reproducido luego en otros lugares. De ahí que los editores españoles me hayan pedido que participe en la presentación del libro en Barcelona, que contará, como en Madrid y en Valencia, con la presencia de su autor, Pablo Silva Olazábal (Fray Bentos, Uruguay, 1964), buen narrador, crítico literario y periodista cultural.

La edición española de Conversaciones con Mario Levrero incorpora, como antes la argentina, algunos materiales nuevos: un excelente ensayo-entrevista de Álvaro Matus, y una sección de “Rarezas” que incluye unas pocas piezas interesantísimas, entre ellas dos breves entrevistas que pasan por ser las últimas que le hicieron al escritor, pocos meses antes de su muerte, en agosto de 2004. También dos poemas suyos portentosos y, junto a un viejo pero extraordinario artículo “Sobre los mecanismos de la creación”, publicado en 1973 en la revista Maldoror, la pregunta que, en el mismo número de la revista, planteó Levrero a Juan Carlos Onetti en una especie de entrevista colectiva que le hicieron varios escritores al autor de El pozo. Resisto la tentación de copiar la pregunta, demasiado extensa para esta columna, pero no la de contar el malestar que produjo a Onetti, quien -según refería Carlos Pellegrino, el encargado de pasarle el cuestionario- al leerla manifestó cierta crispación y arrugó el papel, formando una pelota con él mientras decía: “Esto no es pregunta, esto es crítica. Pero la voy a contestar, igual la voy a contestar”. Y en efecto lo hizo.

Conversaciones con Mario Levrero es una selección de la extensa correspondencia que Pablo Silva, alumno del taller virtual de Levrero (que éste coordinaba vía correo electrónico), mantuvo con el escritor durante cuatro años -de 2000 a 2004- en que lo asedió “con preguntas que buscaban conocer las claves de su concepción literaria y artística”. Se trata, pues, de un documento excepcional para introducirse en la particularísima poética del autor de La novela luminosa, uno de los más grandes libros publicados en español en lo que llevamos de siglo. En un pasaje de esta novela, refiriéndose a los alumnos de su taller virtual, dice Levrero: “Me asombra que este país no esté plagado de escritores. Muchos de mis alumnos escriben mucho mejor que yo, y sin embargo no mantienen una producción constante, no arman libros, no se interesan por publicar, no quieren ser escritores. Se conforman con intercambiar sus vivencias con los compañeros de taller, a través de la lectura de sus textos. Todos trabajan en otras cosas. Nadie quiere pasar hambre o miseria. Probablemente tengan razón”.

Desde la primera vez que lo leí, este pasaje me abrió los ojos sobre la relación no pragmática ni especulativa, y por lo mismo saludable, con que muchos se ejercitan en la escritura. Para este tipo de escritores sin proyecto de serlo, Levrero -como se deja ver meridianamente en estas Conversaciones- era el mentor perfecto, dado que su método consistía en hacer aflorar en cada alumno su voz más genuina. Su objetivo declarado era conseguir “que el alumno sea lo que es”.

“El alumno que viene por primera vez al taller, por lo general llega con la idea de escribir como se debe escribir. Todo el estilo personal está borrado, eliminado, y lo que recibís del alumno son penosos esfuerzos por meterse en un estilo convencional que él cree que es lo mejor, porque lo recibió de distintas fuentes en las que depositó su confianza... Todo esto hay que destruirlo... Lo único que importa en la literatura es el estilo. Una vez que se alcanzó eso se puede decir lo que quieras. Lo que pongas va a estar ajustado con lo que estás expresando. Puede ser desagradable, o nada edificante, pero ese sos vos, un ser único. El estilo personal es imposible de alcanzar con oficio, no hay oficio que lo pueda conseguir.”

Por ahí empezaba Levrero. 

sábado, 17 de febrero de 2018

JESÚS ZOMEÑO, "DE ESTE PAN Y DE ESTA GUERRA" Y "GUERRA Y PAN", POR RAFAEL SOLER

Rafael Soler



La Primera Guerra Mundial dejó 30 millones de bajas entre muertos y desaparecidos, y otros veinte de heridos y mutilados. Dejó también numerosos testimonios gráficos de la barbarie, y un ancho muestrario de literatura bélica, si esa es la expresión correcta. “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, de don Vicente Blasco Ibáñez, “Adiós a las armas” de Ernest Hemingway y “Senderos de gloria”, de Humprey Cobb están en la mente de todos. Y hoy celebramos, en este encuentro de lectores y amigos, la publicación por Ediciones Contrabando de los volúmenes de la autoría de Jesús Zomeño: “De este pan y de esta guerra”, (reconocido el año pasado con el Premio de la Crítica Literaria Valenciana) y “Guerra y pan”, dos vigorosas y excelentes colecciones de relatos siempre con aquella guerra y sus desmanes como telón de fondo.

ENRIQUE FLORES 1. Realizado en la presentación de los relatos en Madrid
Está dicho y repetido que un autor que se precie es autor de obsesiones, y que son estas las que orientan su escritura y guían su quehacer a la hora de abordar un poema, perpetrar una novela o escribir ese relato que siempre se hace de rogar, quizá porque se trata de un género exigente donde brillan con igual intensidad los aciertos y los errores. Un relato no es siempre lo que dice y parece, y muchos son los vericuetos que puede ofrecer si su autor es de avisada pluma; pero un relato, un buen relato, es siempre y en primer lugar un desafío, un campo de batalla para mucho contar en pocas páginas, y donde no debe sobrar nada. Jesús Zomeño sabe bien de lo que hablo, pues es uno de nuestros más completos escritores que cultivan este género: “Lengua azul” (2008), “Cerillas mojadas” (2012) y “Piedras negras” (2014) acreditan cuanto digo. A diferencia de Truman Capote, que solía decir de sí mismo “Tengo más o menos la altura de una escopeta, y soy igual de estrepitoso”, Jesús Zomeño es de complexión más contundente, y si por estrepitoso entendemos desmedido, exagerado, Jesús es precisamente lo contrario, escritor casi transparente, volcado en el compromiso de cuajar una obra coherente y sin fisuras. Jesús es también poeta, estudioso de la Primera Guerra Mundial y coleccionista de objetos de aquella época: botones con el emblema del águila bicéfala, máscaras antigás, cascos, y también, historias con su personaje y personajes con mucho que contar. Escritor, pues, con dos explícitas y saludables obsesiones: transitar por aquellos cuatro años terribles, y contarnos con rigor literario cuanto la inspiración tiene a bien dictarle. La guerra entonces como escenario para abordar los grandes asuntos que a todos nos conciernen: la soledad, el desamparo, la bendición y los desmanes del amor, el sentido último de nuestra presencia en este perro mundo, ya sea acodados en la barra de un bar, buscando un urinario o malheridos por una mirada y su metralla.

Abro comillas: Permite que te explique los motivos por los que he dejado de quererte. El primer motivo es el odio. El odio ha sido siempre el tuyo, acaso justificado por mi torpeza. Ocurría en ocasiones tan extrañas como aquella tarde que nos citamos en el Café Central y llegaste antes que yo…El segundo motivo es la tristeza, que nos impide ser mejores. El fracaso nos humilla y entristece… El tercer motivo es el hambre, por el que nada nos resulta suficiente para sentirnos satisfechos. El cuarto motivo por el que dejado de quererte es el miedo. Siempre he tenido miedo a equivocarme… Palabra de Jesús Zomeño en el arranque de su espléndido relato “Viena si anochece”, que junto a otros diecisiete dan sustancia a “De este pan y esta guerra”. Quiso el azar, muchas veces generoso, que en mi condición de miembro del jurado del Premio de la Crítica, abriese el ejemplar que entonces me remitió Ediciones Contrabando – y aprovecho aquí y ahora para felicitar a Manuel Turégano y su equipo por tan excelente y riguroso trabajo – que abriese el ejemplar, decía, por la página 89, tropezando con el texto antes citado, anticipo de la gozosa lectura que me llevó del tirón de un relato a su vecino, todos brillantes, bien hilvanados con el paisaje de fondo de una guerra para nosotros lejana que es, sin embargo, espejo y testimonio de todas las guerras que han sido, son y nos esperan, relatos entre el desasosiego y la esperanza, teñidos de una tristeza diríase que crónica y, sin embargo bien modulada por el autor, como esa lluvia fina inadvertida que nos deja empapados al final del día.

ENRIQUE FLORES 2
En lo que bien puede 
considerarse pórtico del libro, con el sugerente título “Un bosque de botones en Letonia”, Juan Lozano Felices, que conoce la peripecia vital de Zomeño, sus desvelos creativos y lo que él llama su “caldero literario”, nos hace ver que, y le cito textualmente, “a pesar de ser un libro transitado por soldados, no hay aliento épico en sus páginas…pobladas de unas criaturas sin majestad ni elevada conciencia en sus objetivos”, para señalar también que “al dar vida a un personaje, el autor cuenta su historia como si fuera una anécdota y pasa a otra cosa”, destacando la técnica del apunte, la anécdota y la sugerencia sin mayores explicaciones como una muy destacable destreza a la hora de abordar sus historias. Diecisiete historias deliberadamente ubicadas en el año de gracia de 1.916, cuando estaba el conflicto en su tramo más oscuro y los días transcurrían entre el barro y la desesperanza, relatos por donde transitan personajes que merecen, todos ellos, una novela de cumplida extensión para conocer su historia, apenas esbozada con dos brochazos contundentes que saben a poco. Es el caso de “Camisa blanca”, que nos presenta a un tipo que afirma que “el amor no es un capricho, es la sangre que nos arrastra por el cauce de lo inevitable”, y que a Dios “le debemos respeto pero no obediencia, porque nos dio la razón precisamente para no tener que ocuparse de nosotros”, un tipo que nos dice “Amo la ventana de mi amada, ansío esa luz de petróleo que parpadea encendida hasta las diez de la noche, en el segundo piso. Cuando ella pasa por delante de la lámpara, su sombra se proyecta en la fachada de enfrente. Quienes viven al otro lado de la calle, dejan abiertas sus ventanas para que la sombra pase dentro y pasee por las habitaciones, pero ya les he advertido a esos vecinos que cierren las ventanas, porque tienen prohibido imaginar”; un tipo sin nombre que viste de camisa blanca y navaja, un tipo, en fin, que bien merece trescientas páginas más cuando le vemos dejar Florencia camino del frente con sus amigos Cecelino y Lucca tras matar a esa mujer de pechos enormes y caderas anchas que nunca entendió sus arrebatos.

Diecisiete historias, decía, y muchas ilustradas con singular talento por Fernando Fuentes Miracoloso, que acompaña al autor desde su primera visita a las trincheras; y en todas la guerra apenas una excusa para indagar en el corazón de nuestros semejantes, su soledad mal llevada, sus íntimos fracasos, su deambular por una vida impuesta que apenas comprenden y les oprime, la compasiva mirada del autor cuando ejerce de notario, el contenido aliento lírico que impregna todo, y el regalo de reflexiones que abren y cierran paréntesis entre bayonetas, sangre y barro; ocurre así en “Una ciudad en la India”, donde el protagonista nos confiesa que “hay una ciudad donde espera mi muerte. El lugar no está en los planos, para que todo se olvide cuando yo muera”; también en “Dos dientes de oro”, cuando escuchamos decir al soldado Robico Csorba, voluntario en 1.915 porque un destacamento militar pasó por su aldea requisándole la vaca y el mulo, que “la vida es un truco que debe deslumbrar a los espectadores y acabar con un final sorprendente; y permítanme volver al vigilante de sombras cuchillo en mano que antes cité, para poner énfasis en la vocación de estilo de Zomeño, y el alto vuelo literario que logra su escritura: “Una camisa blanca realza el pecho de un hombre que se enfrenta al mundo y ese lienzo, por delante, delimita su valor. No hay cosa más hermosa que una puñalada sobre una camisa blanca; pero luego, cuando estés agonizando, que nadie te arranque la camisa, porque es de cobardes buscarle una causa a la muerte. A un hombre lo que se atraviesa es el alma y no el hígado o los pulmones”.

Son tiempos amables para el relato, considerado en ocasiones un género menor por insensatos que nunca se enfrentaron a las dificultades de cerrar una historia en siete folios, y todos ellos tallados a escalpelo para que nada sobre. Jesús Zomeño y Ediciones Contrabando bien lo saben, y a la estela del éxito de “De este pan y de esta guerra”, publicaron el último trimestre del pasado año “Guerra y pan”, provocador y brillante título que mucho debe al brillante y provocador Fernando Beltrán, colega y amigo, también transparente, y genial. Nos dice Jesús con templado humor en la Nota del Autor que “no tiene sentido seguir abundando en historias de la Gran Guerra, literariamente es un suicidio, me limita el desarrollo de nuevos libros y me encasilla como escritor excéntrico y marginal; si tuviera un agente literario me resolvería el contrato”. Afortunadamente para sus nuevos lectores, que deseo legión, y los que hace tiempo disfrutan con sus libros, ningún agente literario se cruzó por el camino, y hoy podemos disfrutar con estos nueve nuevos, si me permiten el trabalenguas, que hablan de los que murieron con la boca abierta, porque ellos sabían que no pasarían sed cuando lloviese; del abrelatas que John James Stevens llevaba en el bolsillo, y de la lata que su enemigo Hans Schmidt guardaba en la mochila, sin comprender que uno atacaba al otro por instinto; de la resignación de aquel prisionero pelirrojo que cuando iban a matarle pidió que le ataran las manos para que todos viesen luego que no había sido culpa suya no haber luchado; y de Martin Finn, que cuando escuchó decir al capellán que el alma de cada uno permanece en lo que más aprecia rompió todos sus cigarrillos, para que su alma no resucitase en la boca de otro.

Dice Jesús que no quiere debatir sobre para qué sirve la Literatura y, sobre todo, para que le sirve al autor escribir. Él sabe mejor que nadie que escribe por su necesidad de indagar en el corazón del otro, y porque solo así puede afrontar el nuevo día que le espera.

RAFAEL SOLER