martes, 16 de junio de 2020

LUIS GUSMÁN: TENNESSEE

Reseña de "Tennessee" publicada por Oriol el 29 de mayo de 2020 en el blog Un libro al día 


Idioma original: Español                     
Año de publicación: 1996
Valoración: Recomendable

Tennessee, del argentino Luis Gusmán, es un novelón. Apenas llega a las ciento cuarenta páginas pero transmite más, mucho más, que tantas otras narraciones el triple de extensas. Sobre todo, transmite humanidad. Hay algo entrañable en el patetismo tragicómico de sus protagonistas, en la vulnerabilidad de dos forzudos venidos a menos cuyos destinos van a volver a cruzarse sin que el tiempo haya limado las asperezas que median entre ambos. Hay algo entrañable en esta fábula sobre la amistad y el amor fraternal que no teme plasmar ni el resentimiento ni la miseria moral. 

Trata sobre Walenski y Smith, dos amigos que hace años que no se ven. Ambos fueron pesistas, extras de cine de acción y guardaespaldas; convivieron durante algún tiempo; se acostaron con la misma mujer; permitieron que su relación declinara hasta prácticamente extinguirse. El primero empieza a buscar al segundo porque, según parece, su antiguo camarada está involucrado en una muerte. La identidad desdibujada de un perseguidor amenaza con fundirse con aquel al que trata de alcanzar. Mentiras, bajezas y traiciones afloran. El desprecio y la admiración forcejean para hacerse con el monopolio de las emociones. El pasado, hasta entonces empañado por un brillo artificial, exhibe su verdadero rostro.

Menuda pinta, ¿verdad? Ya os digo que Tennessee es un novelón. A continuación, señalemos sus múltiples virtudes:

  • Se lee en un santiamén, pues no llega a las doscientas páginas y los capítulos que lo conforman son escuetos a más no poder. 
  • Su prosa directa, sobria y depurada; trabajada en su sencillez; minimalista pero, asimismo, atenta al detalle. 
  • Su tono melancólico y hasta diría que depresivo, aunque no por ello exento de momentos hermosamente conmovedores. 
  • Su intrigante premisa, deudora de la literatura detectivesca. 
  • Su puesta en escena, que aúna con acierto ingredientes propios del realismo sucio y el existencialismo. 
  • Su enriquecedora ambigüedad. Gusmán deja sin aclarar diversos aspectos del argumento, entregándole así al lector la última palabra. 
  • Su acentuado contraste entre el presente miserable y un pasado que, aunque claramente glorificado, fue mucho mejor. 
  • Sus reflexiones en torno a la amistad viril, el envejecimiento, la muerte, la soledad o la idea del doble. Temas, todos ellos, debidamente explorados con sus luces y sus sombras.
  • Sus personajes, bastante interesantes en general. Especialmente si hablamos de los protagonistas, cuyas interacciones son de una complejidad asombrosa.  
  • Su final, un clímax de los que te hacen querer volver a leer la obra entera para apreciar los matices que se te puedan haber escapado. 
La primera edición de Tennessee data de 1996. Yo traigo a colación una publicada en España por Contrabando, cuarenta páginas más breve que su contraparte argentina gracias a la poda de un autor maduro que quiere perfeccionar un trabajo previo.

Me alegra constatar que esta joyita ha ido cosechando éxito con el paso del tiempo. Como prueba, sólo hay que ver la nada desdeñable cantidad de reseñas que se le han dedicado en la blogosfera. Su popularidad puede deberse, además de a su calidad, a la adaptación cinematográfica que Mario Levín hizo en 1997 bajo el título de Sotto voce.

miércoles, 20 de mayo de 2020

UNA ISLA GRANDE


Texto de Jon Andión, poeta y escritor, para la presentación de la novela "Necesito una isla grande" de Rafael Soler en Madrid y que leyó en el Café Comercial el 2 de marzo de 2020.


“Necesito una isla grande”, Rafael Soler Madrid, Café Comercial, 02.03.20.


Escribir sobre Rafael Soler es como adentrarse solo en el Amazonas con una libreta, sabiendo que los días y las noches que allí se suceden obedecen a la geometría celeste pero con el acento del que comprendió el circuito, del padre, del hermano, del lugar; una voz interna, externa, circular y esférica, que alienta desde la ternura hecha solidez y con ella cierta y consciente como diciendo que nunca llega lo imposible porque el último gin-tonic no es nunca el último gin-tonic. No sé cómo explicarlo. Porque hay cuestiones que son como planetas, o en este caso, una ISLA GRANDE. Cuestiones que habitan la vida en su quehacer y acechan siempre, como Rafael, desde un lugar privado y apuntalado, desde un retiro consciente a la esquina inferior del papel y en vertical costeándolo, siempre mirando que es entendiendo que es amando que es osando, como la cámara del cineasta que paciente desata paulatinamente el universo detrás del universo, que es eso al fondo que llamamos la verdad. Y es que esa es la razón por la que escribimos, como diría nuestro querido y admirado Javier Lostalé, “porque nunca fue más bello el engaño”. Y ¿por qué? Porque el engaño fue verdad. Y ¿para qué volver si no? Porque estamos hechos para sumergirnos.


Las líneas invisibles que dibujan las alas de la creatividad que nos envuelve, la forja de los cafés, de los habitáculos donde amamos desconsoladamente en el amor o en cualquier otra cosa confundida pero amamos, las tablas y los pasquines que dictan su contubernio de acción y reacción en un ecosistema natural contra tantos años haciendo caso a lo de las pautas y lo desordenado, los trazos que no se dicen en lo que nos decimos, los olores que invaden la acción y te dicen ahora, este es el momento. Porque Rafael Soler es una fuerza de la naturaleza y el papel es el Amazonas, El Dorado, Paititi, Shambhala. 


Esta novela, rabiosamente decidida, de Rafa Soler, no es una novela. No, no lo es. Y no lo es porque nadie escribe para escribir, porque nadie nadie, de los sentados en esta mesa, de los sentados en esas sillas en las que están ustedes, nadie de los que andan abajo en la distracción de la barra y las cervezas, nadie, nos paramos en el proceso, en lo mecánico, en el intertanto, porque la intelectualidad y la fría magia esa de lo frontal, sola, es para los aperitivos, para los intermedios, para los descansos; porque los que tienen el colmillo listo saben a lo que vienen y lo que está por decidir es porque nadie lo conoce; hay un pulso que no atiende a contratiempos: han venido a comenzar.

Sencillo, ¿verdad? Uno pide para comer. Pan. Amor. Historias. Porque sumergirnos es encontrar y amigo para allá que voy.

Entonces, situación. Hablamos de unos sujetos insurrectos, y con el ánimo, al punto, en una residencia, que no asilo, y con muchas ganas de liarla. Hablamos de una estación. “A veces en el último momento, se hace la luz, suena un galope redentor, aparece en el cielo un helicóptero”, dice Rafael. Porque una estación no es un lugar, es un momento. Y en esta están siete: Panocha, Carmina, Coronel, Tomás, Rocky, Julián y Cris. Y lo importante son los primeros porque son los que se largan, y a dónde, es para que lo lean ustedes.

La cuestión es que Rafael Soler consigue llevarnos de vuelta al remolino, porque sí, porque a veces en la vida (que esconde contados sus secretos pero y los disfraza), se te pide acelerar cuando no hay aliento, se te pide contestar cuando te vas al suelo, se te pide aguantar la cara al huracán, se te pide claudicar con lo demás que te señala que era tuyo que nunca preguntó, se te enfila y se te embucha, se te infama y se te traga la ola con su espuma, se te pide y se te da una llave más. ¿Y ahora, qué?

Y la historia es universal porque la historia es respirar. Lo que quede. Lo que haya. Desde Panocha por Tomás a Rocky. Respirar. Asaltar la carretera. Irse al casino. Redimir el peso de la soledad, que es una soledad compartida, y que es la mejor manera de hacer amigos. Todos ellos, que habían perdido paso antes, en expresión de Rafael.


Porque hay algo que tiene la verdad con Rafael Soler, que se aparece entre dos conversaciones que lo pretenden y que se empeñan pero que flaquean cuando decide romper y meterse por medio con ese porte envuelto en perfume que se nos lleva. Eso, o te agarra por el cuello. Ella es así.

Porque hemos venido a resistir, sea como sea, incluso “enfriándonos despacio” o asomándonos a “un brindis a los acantilados que la vida bien bebida ofrece”.

Porque aquí hay Personajes, que se amontonan y andan empujándose como los números del bingo bailan en el bombo, y oscilan por todo el espectro de la posibilidad, y la personalidad; lo sabemos, Rafael es expansivo. Y por ser, unos son como otros y los mismos quieren ser lo que serían, de país a río a furgoneta a bamboleo a película a frontera. Personajes que se saben personajes de una pieza. Como “tres para ninguno”. Como una pregunta- momento que es como decir un lugar-acantilado. Y Rafael pregunta, “y tú,¿qué querías ser antes de viejo?”.

Hay trayectorias que dependen de un gesto. Y, al final, son las que  suceden. Hay “un acordeón con forma de campana”, nubes que quisieran hacer “por una vez de centinela”, y un aire azul que viste las despedidas pero no necesitan banda sonora ni alegato si pasean por la navaja de esta pluma.
Porque vivir es ponerse en la fila del boleto a más allá. Como diría Gelman, “Aquí pasa, señores, que me juego la muerte”.

“Lo que yo necesito es una isla”, “lo que yo necesito es una isla”. Casi bíblico y con la manera de alzar las copas que aprendieron los bardos, Rafael Soler sabe brindar con la literatura en sus lugares honestamente limítrofes con la épica del momento, porque un momento es una puerta, de puertas están hechas las esquinas y de esquinas la eternidad. Así lo siente el lector en el vello de la piel porque sólo así se escribe porque sólo así se siente. Momentum-Soler que plantea un terremoto. Ojo. Consciente. Que sí. Verás. Que sí. Tranquilo. Es solo un impacto que te va a tumbar y no sabemos si es para siempre pero te levantarás; de este o del otro lado pero no hubo nunca gran atajo, así que al toro que aquí viene.

Porque el Autor lo sabe, “el anticipo de la hora que tienes por llegar”, y lo sabe desde el principio y desde el comienzo, lo hilvana en un cantar  con “el tiempo de otra copa” porque suena a calle a coche a carretera a puertas a hostales a instantes en ceniza guardados en un pañuelo preparado para los desajustes, a helados pedidos sin permiso, a copas de más y a más cosas de más y a lo que fue, porque es hasta donde llegaron.

Y tú, ¿qué querías ser antes de ahora?


JON ANDIÓN

miércoles, 25 de marzo de 2020

LA DESTREZA AMATORIA

Reseña de Juan Bravo Castillo 


Hay libros que te atrapan desde la primera página y no te dejan respirar hasta que alcanzas el punto y final. Tal es, en esencia, la cualidad principal de La destreza amatoria, del conocido poeta, traductor y ensayista valenciano Wenceslo Ventura, que el pasado año prologaba el libro Poesías y locura en la obra de Leopoldo María Panero (colección Marte).

Sólo el que pasa por una cruel enfermedad está, como dejó escrito Thomas Mann, en condiciones de entender a fondo la naturaleza humana, y, del mismo modo, sólo quien ha vivido la pasión amorosa como el protagonista de La destreza amatoria, es capaz de entender los entresijos del amo
Ningún tema más antiguo y más manido que el amatorio, pero ahí está el arte para transfigurarlo y sublimarlo. Sirviéndose de una técnica que tiene mucho de soliloquio obsesivo y que a menudo nos recuerda la destreza descriptiva de los maestros del nouveau roman, el narrador, de una forma magistral, nos va adentrando en el campo de minas de un amor que, aunque en apariencia superado, vuelve una y otra vez como un motivo perenne, como a retazos, rumiando lo que pudo ser y no fue por múltiples motivos que el yo del narrador se esfuerza por desbrozar.

¿Historia de un desamor? Puede. A diferencia del fenómeno de la cristalización, en el sentido amoroso, del que habla Stendhal  en su tratado De l´Amour, que quien más quien menos es capaz de fijar con la máxima precisión, no ocurre lo mismo con el de la “descristalización”. Todo lo que alcanza su punto álgido, que diría Albert Cohen en Belle du Seigneur, está destinado al lento desmoronamiento, por más que “la muerte del amor” que dice el autor, “sea una muerte muy lenta” (p. 33), y no digamos para quienes “la verdadera cara la tienen en la nuca, mirando desesperadamente para atrás” (p. 72).

Hay, en efecto mucho de desamor en el libro, pero hay también momentos álgidos en que la pulsión amorosa adquiere dimensiones eternas. “El flechazo que abrasa, tortura en su inicio y transforma, es lo único que puede hacer que el amor perdure en el tiempo” (p. 91). Son los momentos inmaculados, como la nevada recién caída. Ya vendrán los sinsabores, las pezuñas de las bestias itinerantes, los obstáculos de toda índole a enturbiar lo que tan buenos auspicios ofrecía. Es harto difícil ver discurrir dos sentimientos puros de forma paralela hasta el infinito.

Como en las grandes obras impresionistas somos nosotros, los espectadores/lectores, los llamados a reconstruir la historia amorosa, hecha de retazos, como  fogonazos marcados en la conciencia, los encargados de extraer las conclusiones. Ambición y amor generoso suelen ser términos antagónicos; tanto como permanecer anclado en un amor que gira y gira y se alimenta de sí mismo. Demasiadas las preguntas que se plantean en La destreza amorosa de ese náufrago desesperado al que alude Miguel Blasco.

Pero, para responderlas, ahí está la prosa diamantina de Wences Ventura; poesía pura a lo Rimbaud, puro deleite, anunciando el porvenir en floridas prolepsis: “Ya me siento un mutilado que provisto todavía de la mano que la va a perder, que le será amputada sin remedio y que ya no hace nada para impedirlo. Tú te amputarás de de mí en forma de pierna, brazo, mano y no será hoy ni mañana, no sé ni cómo ni cuándo, será cuando llegue el otro, el nuevo, el que te diga al oído las palabras que quieras escuchar, que te abduzca y después te embalsame con sus piruetas verbales, con su gracia de hombre más joven, de un titiritero de las palabras, de un adulador y, por ende, menos agrio, pues la acritud ante una mujer te irá sumiendo en las tinieblas, en la luz negra del ninguneo” (p. 60).

Visto así, todo el libro es un vasto poema, hermoso, pétreo, diamantino, plagado de vetas de narratividad: “Observo tu cuello, la llama que lo recorre, los refugios, los puertos hermosos. Sin respuesta. Pareces de madera, como si aguantaras una comezón interna insoportable: un prurito que produce estrías en una planicie en exceso sensible a los rayos solares, en la piel porcelana de una dama joven” (p. 125).

Libro de múltiples lecturas, La destreza amatoria rompe cauces y abre solemnes perspectivas a la prosa española.

Marzo de 2020

lunes, 16 de marzo de 2020

TRÍPTICO DE TREINTA Y TRES

Reseña de Juanjo Albacete publicada en el periódico De Verdad Digital el 1 de febrero de 2020



Gustavo Espinosa es una “rara avis” más de ese incesante manantial de escritores “raros” de que hace gala la literatura uruguaya, sin duda una de las más creativas, revolucionarias y gozosas del continente literario hispanoamericano, y de la que forman parte autores universales como Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández o Mario Levrero, por citar solo a su “trilogía de oro”.
Pero si los tres anteriores son, por decirlo de algún modo, clásicos escritores “capitalinos”, que asentaron su vida y su creación en ese bastión literario que es Montevideo, Espinosa añade a su condición de “raro” la de escritor periférico, o incluso fronterizo, un escritor triplemente “marginal” (por su rareza, por su ubicación y, como veremos, por su propia creación literaria).
Gustavo Espinosa nació en Treinta y Tres en 1961. Treinta y Tres no es un invento ni una fantasía literaria de Espinosa, no es ni un Macondo ni una Santa María. Es una ciudad del interior de Uruguay, en el este del país, muy cercana al vecino Brasil, con unos 25.000 habitantes. Allí, en Treinta y Tres, nació Gustavo Espinosa y allí, si exceptuamos su etapa universitaria como estudiante de la Facultad de Humanidades, ha pasado la mayor parte de su vida. Allí ejerce como profesor de literatura de un instituto, como bluesmen ocasional (la música es uno de los ingredientes decisivos y constantes de su vida y de su obra) y, sobre todo, como un vecino más. Porque si algo caracteriza también a Espinosa (como a casi todos sus predecesores en la literatura uruguaya) es su ausencia total de “divismo”, su sencillez no impostada y su arraigo popular.
Además de escribir media docena de obras literarias que ya forman parte de lo mejor de la creación literaria uruguaya de los últimos 25 años (y pienso que de la literatura en lengua española, aunque a su obra aún le falta difusión y lectura generalizada en el espacio literario del español). Gustavo Espinosa se ha prodigado en los últimos años como crítico literario y cultural en medios de su país, como La República, Posdata, El Observador, Brecha y Caras y Caretas. Como músico lidera  el grupo Gustavo Espinosa y los pisapapeles.
A pesar de que su obra se limita a día de hoy a solo cinco títulos (un poemario y cuatro novelas), Espinosa ya ha merecido buena parte de los más importantes galardones de la literatura uruguaya, a la vez que se consagraba como uno de los escritores más popular, leído y admirado por críticos y lectores. En 2001 publicó su primera novela: China es un frasco de fetos, escrita entre 1987 y 1991, y que había recibido el premio Posdata del año 2000. En 2009, su libro de poemas Cólico Miserere obtuvo el Premio Fondos Concursables del Ministerio de Cultura y Educación. Ese mismo año, 2009, publicó la novela que habría de catapultarle al centro del escenario literario: Carlota podrida, que ganó el Premio Nacional de literatura. En 2011, Gustavo Espinosa se consagra definitivamente con una novela que merece una admiración y un reconocimiento unánimes: Las arañas de Marte, premio Bartolomé Hidalgo 2012 de narrativa. En 2017 vuelve a obtener este mismo galardón con la novela Todo termina aquí.
Estas tres últimas novelas, ambientadas todas en Treinta y Tres, fueron publicadas en Uruguay por la casa Hum Editores, y constituyen la matriz de la edición española que acaba publicar en enero de 2020 Ediciones Contrabando.
La literatura de Espinosa produce un poderoso deslumbramiento, que siempre viene precedido por una sensación de extrañeza cuando no de abierto desconcierto. El lector queda inmediatamente fascinado por el tejido de una prosa sorprendentemente tan barroca como comprensible, pero aún así no puede dejar de preguntarse qué es lo que realmente lo atrapa de unos personajes, unas situaciones y unos contextos narrativos en los que se mezclan ingredientes, a priori, tan poco “compatibles”. 
Como señala Rubén A. Arribas (uno de los mayores especialistas en literatura uruguaya de la España actual) en su excelente prólogo a este Tríptico de Treinta y Tres: “La primera vez que leí a Gustavo Espinosa me pareció desconcertante encontrarme con alguien capaz de mezclar esencias tan dispares —y hasta contradictorias— como el rock argentino de los 70, el barroco español del siglo XVI, el fervor por Bioy Casares o los crímenes de la dictadura uruguaya. Tampoco supe explicarme cómo era posible hablar de todo eso por medio de unos antihéroes dignos de Bukowski y con un fraseo de una belleza viscosa y recargada que incurría cada tanto en un erotismo desaforado. Era una escritura que decía emanar de «la yema de una alucinación», pero que se desenvolvía en una clave realista y rezumaba intelectualidad; una escritura capaz de aunar características como desmesura, manierismo, autoconciencia, meticulosidad o precisión”.
Gustavo Espinosa, en efecto, logra el “milagro”, tantas veces intentando y tantas veces fallido, de integrar en textos de auténtica valía literaria ingredientes de la cultura popular y personajes sacados de ambientes lumpen con referencias a la cultura más exigente y un lenguaje que bebe directamente en el barroco español. A Espinosa no le tiemblan las piernas cuando se define como devoto de Góngora (al tiempo que también reivindica a Fellini, a Onetti, a Marx, a Dante, a Cortázar…).
La literatura de Espinosa se asienta en tramas en apariencia muy simples (a veces un poco delirantes) y anécdotas locales casi insignificantes, pero que esconden una complejidad inaudita y adquieren una resonancia universal. Y se construye a través de una curiosa e insólita arquitectura, cuyo diseño se logra arrumbando materiales de la más diversa factura y procedencia, tal y que todo pareciera un auténtico cajón de sastre, pero que Espinosa ensambla con endiablada pericia.
Muchos de esos ingredientes son recurrentes a través de todos sus libros, como por ejemplo la música (desde los trobadores populares al rock argentino o el blues), las referencias (directas o laterales) a la dictadura militar, o los ambientes y personajes de ese Treinta y Tres perdido en ninguna parte, y que a la vez puede ser ombligo del mundo.
Presentación de "Tríptico de Treinta y tres" en Madrid. De izquierda a derecha
Miguel Blasco, Gustavo Espinosa y Rubén A. Arribas
Esta idea de la literatura y de la escritura no es solo un “capricho” de marginal o maldito. Al contrario. Para Espinosa es parte sustancial de una “estrategia de resistencia”. Como afirma R. A. Arribas, en el prólogo ya citado: “Este Tríptico y esta manera barroca de escribir son una forma de resistencia por cuanto enarbolan una divisa que identificó durante siglos a la literatura, y que ahora está en franca decadencia: la capacidad del poeta para irrumpir en la lengua y modificarla de manera abrupta. Es la literatura concebida, según declaró Espinosa en una entrevista para el diario Página 12, como algo monstruoso, como «una mutación que ocurre fuera de la cadena de lo esperable y normal de la evolución». En definitiva, la literatura como un discurso capaz de producir algún tipo de ruptura política y estética en el lector. Quizá eso ayude a entender por qué Espinosa se siente tan cómodo en los espacios fronterizos, es decir, en esas provincias de la realidad más proclives a lo poroso que a lo estanco. Allí asistimos al chisporroteo inherente a poner en contacto el amorfo mundo del lumpen-proletariado con el mucho más geométrico de la burguesía; también allí vemos las chispas que saltan cuando centro y periferia dirimen sus diferencias o cuando lo intelectual intenta abrirse paso entre la cultura de masas. De esa hibridación entre lo distinto nace un ser mutante, como este Tríptico de Treinta y Tres, capaz de romper con las expectativas del mercado, la crítica y la universidad. En el caso de Espinosa, ser barroco es un acto político (de política de la lengua, digo). Su obra puede leerse en la línea del maximalismo de David Foster Wallace: como una reacción contra la cultura pop que moldea hegemónicamente la sensibilidad y los imaginarios actuales… como una reflexión sobre cuál es el papel del escritor en mitad de este perpetuo carnaval de hiperconsumo y entretenimiento en que vivimos, esto es, qué narrar y cómo hacerlo. O dicho de otro modo: cómo enfrentarse al capitalismo en su afán por reducir la lectura a mera seducción del lector (y evitar así considerarla un diálogo crítico entre imaginarios)”.
No se pierdan a este escritor uruguayo, delicioso y adictivo.