domingo, 11 de diciembre de 2022

"EFÍMERA" O EL LENGUAJE COMO VIAJE

 

Por Gian P. Codarlupo

Bruno Montané ha sabido sorprender a sus lectores. El autor de El Futuro. Poesía reunida (1979-2016), ha publicado recientemente Efímera (Contrabando, 2022), una novela breve que trata de relatarnos la estancia de Rubén Darío en Chile. Desde el arranque, la novela anuncia lo que viene, puesto que cita tres veces a Darío. El inicio nos recuerda la primera página de Pedro Páramo: "Vine a este país porque me dijeron que vería cosas distintas a las que hasta entonces había vivido y conocido". La prosa de Montané —y no es exagerado este comentario— nos recuerda los mejores destellos de Stendhal, porque Efímera es una novela correctamente escrita y muy digerible, algo que los lectores agradecemos porque no nos hace perder el tiempo. 

La novela aborda varios frentes, en primer lugar, todo lo que tuvo que enfrentar un poeta joven en un país extranjero y no nos referimos precisamente a Darío. En la novela nunca se menciona el apellido, pero es deducible. En las primeras páginas el narrador presenta un poco de timidez, pero de a pocos la novela va ganando fuerza. Podríamos tomar las propias palabras del autor para clasificar esta novela como un "puñado de anécdotas entrecruzadas". A medida que la novela avanza, la sensación de desarraigo por parte de Félix, el personaje principal, se va incrementando. A su vez, Félix no es solamente la representación de Rubén Darío, sino también la de cualquier joven poeta que tiene que atravesar una serie de dificultades económicas, existenciales y de clase, ya sea en Chile, España o México. Es interesante descubrir la narrativa de un poeta como Montané, quien con esta publicación ha sabido darle un giro y una frescura a su escritura. 

Otro de los elementos esenciales en la novela es el tema de la migración y Félix se da cuenta de la condición a la que ha quedado reducido: "Con el tiempo me di cuenta de que para esas familias yo era un curioso adorno, un indio centroamericano, un poeta ilustrado (aunque esa gente qué sabía de poesía), el ser exótico e íntegro que no estaban dispuestos a encontrar ni a reconocer en su propia tierra —me refiero a las familias criollas, los lugareños inconfesados, y no a la familia inmigrante, que me acogió con una humildad y humanidad que incluso hoy a veces echo de menos—". Hay también un poco de distancia por parte de Félix, en el sentido de que el personaje sabe que es poeta, un buen poeta además, es consciente de las típicas vanidades en las cuales suelen caer los poetas sin experiencia. En el capítulo 10 se ve abordado por la lección de aparentemente alguien que no es poeta: "Un día el capitán me dijo que también escribía versos. Lo dijo así, versos, Félix, escribo versos, y no me dijo poesía, como, quizá con cierto desatino, estamos acostumbrados a declarar quienes nos creemos amparados por las benevolentes musas". Varios personajes reales aparecen con nombres friccionados como es el caso de Tello, quien vendría a ser el poeta Pedro Balmaceda Toro. El autor hace esto también con algunos lugares de Valparaíso. 

Bruno Montané

En suma, esta novela es la representación del viaje iniciático que emprenden aquellos poetas jóvenes que piensan que no van a claudicar. Es difícil que muchos de ellos se mantengan a lo largo del camino: "Yo mismo no era muy consciente de mi propio destierro, mi viaje no tenía nada que ver con conocer países —a pesar de recordar la vieja frase de mi tío—. Mi viaje era la de un muchacho asustado, no por eso menos exento de curiosidad, el primer periplo de un joven que aún no sabía que siempre viviría al borde del eterno, manoseado y vapuleado abismo". Hay también en la novela una fuerte crítica a la iglesia y a la burguesía, quienes siempre están aliados en la defensa de sus intereses. La propuesta de Montané es el viaje, más precisamente el lenguaje como viaje, su transformación a través del recorrido vital de un joven poeta latinoamericano.

Esta es una invitación a sumergirse en sus páginas, a que el lector descubra por sí mismo hacia dónde lo puede transportar el lenguaje.


sábado, 27 de agosto de 2022

PINTURA Y VERDAD:JOSÉ DE RIBERA VISTO POR ANDRÉS DEL ARENAL.


Andrés del Arenal, Jusepe, Contrabando, España, 2021.


David Noria

Para Sévana Karalékian

 

Creo que hay buenos o malos artistas, pero que no tenemos que juzgar sino a los mentirosos, y los sinceros serán premiados en el altísimo cielo de la paz.

Rubén Darío, Los raros

 

    Algunos pintores, los menos, dan su nombre a museos. Así, entre otros, el Museo Picasso en París, el Tamayo en México o el Botero en Bogotá. Museo José de Ribera, sin embargo, no existe. O no existía. La novela Jusepe de Andrés del Arenal es precisamente el recinto dedicado a la vida y obra de quien inaugurara la gran pintura española del siglo XVII: el Españoleto. Recinto hecho de palabras visionarias, esta narración es como una secuencia de pasillos y salas de exposición donde observamos alternativamente la vida del pintor, dosificada por episodios y anécdotas, y una colección antológica de sus cuadros, hechos visibles gracias a la écfrasis del literato. No pocas veces en la novela, incluso, somos testigos del momento preciso y las circunstancias en que Ribera, con la aureola oscura de los arrebatados, toma el pincel y se libra a desafiar a la naturaleza en una porfía encarnizada por ser, él también, un alfarero o demiurgo de la materia.

    Ya Ramón Gaya decía que en el Españoleto hay no sé qué furia contra la realidad, una "rencorosa enemistad respecto a ella". "Ribera –apunta en su ensayo 'Velázquez, pájaro solitario'–, parece como si estuviera siempre culpando a la realidad de no ser bastante real, de no ser suficientemente ella misma, y cuando traza el codo, el vientre de un pobre viejo encargado de representar a san Jerónimo, lo hace con tanto ahínco, con tanta apasionada antipatía, que es como si le escupiera a la misma realidad una especie de lección". Lo que no dice Gaya, en cambio, es que esta pasión realista, en Ribera, viene siempre sometida a la más eficiente de las retóricas, salvándose así de la categoría ancilar de imitación. Piénsese en sus cuadros Isaac y Jacob, San Andrés, Apolo y Marsias: estas composiciones, merced a sus perfectas antítesis, paralelismos y quiasmos, son nada menos que una suerte de silvas o sonetos culteranos. En Ribera las arrugas se pliegan, los vellos se crispan, los pies hieden, los dientes se pudren, se exaltan las miradas y las uñas se ensucian, pero todo ello, con su superávit de realidad, rinde tributo a la Poética, tal como la heredó de los maestros italianos de los días de Sanzio y Rafael.

    La novela sobre la vida de José de Ribera, en consecuencia, no podía ser realista, en el sentido de lastre que esta palabra implica en la historia literaria. Tenía, por el contrario, que ser digna del arte más sintético y eficiente. Por eso –por el tamaño de la empresa– hay que celebrar la elección de la materia de Andrés del Arenal, que, a juzgar por el resultado, comprendió bien a qué se metía. A la vez crítico de arte, curador museístico, historiador y poeta, nuestro autor ofrece una narración que se asemeja a la experiencia de recorrer un museo, por cuanto privilegia momentos elocuentes –párrafos breves, capítulos cortos– entre el continuo de los vacíos de pared, como si pasáramos de un cuadro a otro. El intersticio queda en el silencio, en la sugestión, dándole a la prosa –ese cuadro que brota– una intensidad como si saliera de la oscuridad: he aquí el tenebrismo literario que ha conseguido. Ya Borges pedía del cuento perfecto que nada le sobrara, al paso que lamentaba cuanto hay de inevitablemente superfluo en la novela, todo ese relleno al que autor y lector se resignan con tal de que la trama continúe. Jusepe es una novela que no se resigna a la palabrería, a la futilidad, al maratonismo narrativo. Todo en ella rezuma precisamente esa quintaesencia de la pintura barroca que es la gravedad; todo en ella tiene peso. Y en primer lugar, la lengua misma, pues hablar sobre uno de los artistas más excelsos del siglo XVII exigía un lenguaje adecuado a su asunto. Con firme gobierno de la lengua española, Del Arenal despliega una cornucopia de donaires, arcaísmos, términos técnicos y retruécanos, amén de una sobria economía narrativa que sólo sirve para avivar y mejor resaltar estos colores. Por lo primero, se echa de ver que el autor ha aprovechado bien sus ya largos años de residencia madrileña para "parar oreja": ha afinado su oído al punto de devenir un diestro ejecutor de las diferentes escalas cromáticas de la lengua. Que hay que discurrir como pintor, discurramos; que hay que injuriar como sayo de otrora, injuriemos; orar como sólo los arrepentidos lo saben, oremos. Y es a partir de la descripción o écfrasis, por otro lado, que el autor ha puesto en marcha un tropel de figuras retóricas que responden y corresponden a las utilizadas por el propio Ribera en sus cuadros. En cuanto a la economía verbal y narrativa, De Arenal se muestra digno lector de Julio Torri, sobre quien hizo sus primeras armas al escribir el prólogo para la edición de Literatura española, FCE, 2013. Diríamos que el pintor ha elegido bien a su novelista. No es indiferente, por lo demás, que Andrés se reivindique nativo del antiguo pueblo de Mixcoac en la Ciudad de México, barrio cuyas calles –¿predestinación, coincidencia?– llevan nombres de pintores:  Holbein, Tiziano, Donatello, Rubens, Rembrandt. Para más señas, la Iglesia de Mixcoac, en frente de la casa de Ireneo Paz, está consagrada a san Juan Bautista, cuya cabeza decapitada sobre una bandeja pintara el propio Españoleto.

    Escritor mexicano en Madrid, Andrés se está ganando frase a frase –iba a decir pincelada a pincelada– una silla en ese banquete del espíritu donde los comensales son Vicente Riva Palacio, Francisco A. de Icaza, Amado Nervo, Ángel Zárraga, Alfonso Reyes, por no evocar al padre Mier o al abuelo Ruiz de Alarcón. Sólo ellos conocen las delicias ocultas de la Villa y Corte, pero de igual modo sólo ellos saben los desaires, lo que se sufre en silencio... también lo que se gana en humanidad, en humildad, en compasión. Y la obra de José de Ribera, precisamente, ¿no es la mejor y más dura escuela de humildad y verdad? "Nos sorprende hoy –escribía Reyes– la facilidad con que aquellos hombres del siglo de oro recorrían la escala de las pasiones, de uno a otro paradójico extremo y, hundidos los pies en la vida picaresca, alzaban los ojos con arrobamiento místico". 

    Este pacto entre la vida aventurera y los ideales fijos como estrella, ambos nutriéndose recíprocamente, es exclusivo de pocos. En la historia de la pintura española, fuera de Ribera, como señala Enrique Lafuente en su Historia de la pintura española, sólo Velázquez viajó realmente. Acaso por eso, de entre todos los nombres con que firmaba Ribera –José, Joseph, Jusepe–, Del Arenal ha escogido el híbrido para nombrar a su personaje y a su novela: Jusepe está a medio camino entre el castizo José y el italiano Giuseppe. En efecto, Ribera pasa la mayor parte de su vida en Italia. Entre el desarraigo de su patria y su adopción en otra, el pintor opta por aceptar, cifrados en su nombre, ambos destinos. Viajar es desacostumbrarse, topar con contrariedades y fatigas pero, en mucha mayor medida, ensancharse y enriquecerse, y aunque de esa riqueza sólo quedara silencio, ese silencio tendrá ya otra cualidad, una densidad más humana y comprensiva. Aquel encuentro en Nápoles entre los dos viajeros, Velázquez y Ribera –paredro de aquél otro entre Mozart y Bach– ocurrió en 1629. Velázquez iba de misión diplomática y quiso conocer al maestro aposentado en aquel virreinato español. Así lo cuenta nuestro novelista:

 

La luz era rojiza en el Salón de los Virreyes cuando el pincel descendió por última vez. Más tarde, con dos pinturas bajo el brazo, Velázquez caminaba junto a Jusepe por las callejas de Nápoles. Bordearon la costa hasta la tumba de Virgilio y volvieron. Ya era de noche cuando se detuvieron en la calle del Santo Spirito. Sin emoción alguna, Jusepe le mostró su última serie de filósofos: un Demócrito sonriente, un Pitágoras con andrajos, un Heráclito que dejaba caer una lágrima, un Aristóteles y un Platón. Estos dos últimos estaban apartados del resto, formando pareja. Se acodaron con una garrafa y bebieron. El plácido tufo de los aceites se mezclaba a borbotones con la embriaguez. [...] Antes de despedirse, dedicaron un momento a La Fragua de Vulcano y a La Túnica de José, pintadas a caballo entre Venecia y Roma. "No seguís mi camino", le dijo Jusepe en un tono en el que Velázquez no supo si leer aprobación o indiferencia. Con rostro benigno, pero cortando cualquier amago de efusividad, Jusepe puso algo entre las manos de Diego Velázquez como agradecimiento, dijo, por la visita. No se abrazaron, ni se besaron en ambas mejillas; no se estrecharon la mano. Inclinando ligeramente la cabeza, se dijeron adiós. (p. 86)

  

    El precursor y maestro deja algo en las manos de quien está llamado a representar ante el mundo y las edades el arte del que son cofrades y compatriotas. Ese secreto, cifra del secreto mayor que es la tradición, sintetiza el valor de este libro, necesario como el arte de saber vivir, mezcla de los cinco sentidos –la vista y el tacto en los extremos–, y la agudeza del entendimiento. 


Reseña de David Noria escrita con ocasión de las presentaciones de Jusepe en México DF en julio de 2022

lunes, 1 de agosto de 2022

JAVIER NAVARRO: «La sátira es el más fenomenal e intuitivo mecanismo de deconstrucción»


Artículo de Bel Carrasco publicado en la Revista MAKMA el 27 de julio de 2022 

JAVIER NAVARRO: «La sátira es el más fenomenal e intuitivo mecanismo de deconstrucción»

Bel Carrasco

Durante el confinamiento y las semanas de movilidad restringida que siguieron se produjo un fenómeno sin precedentes en este país. Entre la perplejidad y el miedo, muchos ciudadanos se lanzaron a escribir sus pensamientos y emociones, a urdir relatos de ficción para huir del tedioso encierro y conjurar los múltiples temores que acechaban en las sombras. 

La mayoría de esos textos se disolvieron como lágrimas en la lluvia, pero algunos han tenido la suerte de plasmarse, negro sobre blanco, en libros disponibles en bibliotecas y librerías. Uno de los textos de origen pandémicos más curiosos es ‘La Pasión según Diodoro (Auge y caída del Gran Delfín)’, de Javier Navarro, profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València, publicado en Che books, la colección más transgresora del sello valenciano Ediciones Contrabando. 

En este compacto volumen del tamaño de un libelo, breviario o misal, Navarro cuenta la segunda venida de Cristo en plena pandemia del coronavirus, a partir de la cual nace una nueva religión, el delfinismo, con sus apóstoles, apóstatas, apologetas y herejes. Mimetizando el lenguaje evangélico y parodiando el estilo académico, con profusión de notas a pie de página, compone una pieza de literatura satírica posmoderna, con sonrisas y risas garantizadas. 

«No soy una persona especialmente religiosa, pero Buñuel, uno de los genios que más admiro, tampoco lo era y, sin embargo, estaba fascinado por la liturgia», dice Navarro. «En el confinamiento, me estuve informando sobre anteriores pestes y me llamaba la atención el absoluto silencio de la Iglesia, que en anteriores pandemias siempre alzaba la voz y convocaba misas y procesiones. De esa constatación surgió el evangelio de Diodoro» 

Diodoro y su inseparable Sardanápalo –Sarda para los amigos– vagan por una ciudad transfigurada por la peste, calles vacías sobrevoladas por helicópteros con potentes proyectores que vigilan las azoteas, cuando se dan de bruces con el mismísimo hijo de Dios, cuya epifanía entre explosiones de petardos tiene lugar en una iglesia cercana al mar que bien podría ser la del Rosario del Canyamelar. 

Con un aire nórdico que recuerda al Max Von Sydow de ‘La historia más grande jamás contada’, el nuevo mesías porta una mascarilla azul claro y unos guantes azul eléctrico que contrastan con su nívea túnica. 

Diodoro y Sarda se suman a sus discípulos y numerosos seguidores, junto a los oportunistas de turno que pretenden medrar a la sombra del carismático profeta surgido del coronavirus: el hereje Orestes y el Obispo Canniviumm de marcado acento alemán. Una historia repleta de humor fantástico y surrealista, que puede herir ciertas sensibilidades, pero que es un soplo de aire fresco en estos tiempos de autocensura y cancelaciones diversas. Ocho breves capítulos intercalados de oraciones e ilustraciones alegóricas de Gustave Doré, Jean Dintras o Erhard Schön. 

Además de varias antologías de relatos, Navarro publicó, en 2015, ‘Tableaux Vivants. Diez cuadros vivientes‘, una colección de cuentos fantásticos publicada por Contrabando. «La imaginación es lo más importante para mí a la hora de escribir. Me encanta lo fantástico como extrañamiento de la realidad en la línea de Cortázar, la búsqueda de realidades alternativas a lo cotidiano». 

«También el humor es esencial –prosigue–. La sátira es una aproximación a la vida llena de inteligencia, que acepta el absurdo y se ríe con él. Aporta la dosis de incredulidad, de irreverencia que permite carcajearse de las convenciones, del poder, de las religiones, de las certidumbres, de uno mismo… Es el más fenomenal e intuitivo mecanismo de deconstrucción, por no decir antídoto, con el que contamos. Si coartamos la irreverencia, se acaba con todo». El evangelio apócrifo de Diodoro esta plagado de guiños dedicados a lectores cómplices. «Hoffmann me parece uno de los grandes maestros de lo fantástico y, en homenaje a él, Sardanápalo lleva un catalejo que, como el del protagonista de ‘El hombre de arena’, permite, en teoría, ver las cosas como realmente son. Hay otros referentes como Buñuel, o escritores como Borges, Álvaro Cunqueiro o Joan Perucho, que me influyen mucho; o, más cerca de nosotros, Pilar Pedraza». 

'La muerte de Sardanápalo’ (1827), de Eugène Delacroix.
Cambio climático, crisis económicas, guerras reales e imaginarias… Vivimos al borde del fin del mundo y, como dice Diodoro, parece que disfrutamos “del placer delicioso y secreto de asistir a él”. «Con este panorama de incertidumbre, caos, falta de confianza en el futuro y de expectativa, no es de extrañar que crezca ese apocaliptismo catastrofista. Y creo también que tenemos una cierta atracción mórbida por esos crepúsculos de los dioses wagnerianos, tan bellos si no nos toca vivirlos de verdad, claro. A ello contribuye de forma entusiasta nuestra sociedad del espectáculo. Imagino que anida ahí también esa pulsión nihilista, suicida, esa tendencia a la autodestrucción que existe en nosotros, ese demonio de la perversidad que decía Poe».

¿Si Jesucristo volviera a la Tierra en que tipo de cruz lo clavarían? ¿Sería influencer o youtuber? «Yo creo que siempre acabaría crucificado, o ultimado –como dicen en América Latina– de una u otra manera. Tal vez usado como tonto útil en algún momento y, después, abandonado a su suerte, quizás en un manicomio, en una residencia o tras unos cartones en un rincón de la calle. No creo que le diera por lo de influencer o youtuber, porque, igual, con tanto plan para no pagar impuestos, no le quedaba tiempo para pensar sermones y hacer milagros». 

Los jóvenes conocen el método pilates, pero no tienen ni idea de quién fue el Poncio Pilatos, por no hablar de Abraham, Moisés, Absalón, el profeta Malaquías e infinidad de personajes bíblicos. «El acervo judeocristiano forma parte de nuestra cultura. De manera ímplicita está en nosotros desde la infancia: el relato de la Pasión, la imagen de Cristo, etcétera, aunque no hayamos tenido una educación especialmente religiosa. Ese legado es parte de nuestro pasado, como lo es, por ejemplo, la cultura clásica grecorromana y precristiana Su desconocimiento cultural e histórico es una merma lamentable».

Como historiador, Javier Navarro se ha centrado en la cultura del movimiento obrero y, en particular, de los anarquistas. «Creo que debemos casi todo lo que tenemos a las luchas históricas de los movimientos sociales por nuestros derechos», afirma. «Gracias a esa perspectiva, entiendo que hay que estar presentes y pugnar también, dentro del reino de lo posible, por mantener y ampliar esas conquistas. Contra todo esencialismo, me merece el mayor de los respetos quienes luchan dignamente por ello en todos los ámbitos», concluye Navarro.

miércoles, 22 de junio de 2022

"FUMADORES DE MANOS SUCIAS" DE JERÓNIMO GARCÍA TOMÁS.

Reseña del escritor Carlos Manzano sobre el libro de relatos de Jerónimo García Tomás. Esta reseña apareció publicada en su blog el 15 de junio de 2022.

Aunque no puedo calificarlo de sorpresa (ya había leído textos de su autor en diversas antologías y revistas literarias, todos ellos de calidad más que notable), el libro de relatos Fumadores de manos sucias, del escritor valenciano Jerónimo García Tomás, publicado en 2022 por Contrabando, me ha supuesto una de las mayores satisfacciones literarias de los últimos tiempos. Compuesto por siete relatos que pueden adscribirse sin demasiadas dificultades al género negro (entendido desde una perspectiva amplia, como un género que busca penetrar en las oscuras oquedades de lo humano y que va mucho más allá de las clásicas convenciones alrededor del delito y el crimen), el libro, magníficamente escrito, se descubre como un brillante artefacto narrativo, en primer lugar por su enorme rigor literario, fruto de un compromiso estético que trata cada párrafo, cada frase, cada palabra, como un fin en sí mismo y donde absolutamente nada es gratuito ni prescindible; y en segundo lugar por el magnífico elenco de personajes y situaciones que atraviesan sus páginas y por la crudeza con que estas son expuestas ante nosotros, sus lectores.

Todos los relatos sin excepción se sitúan a un altísimo nivel literario, desde el primero, que nos presenta a un ocasional traductor que se ve obligado a intervenir en un conflicto de clanes mafiosos, hasta el último, protagonizado por los operadores de una importante empresa de logística que funciona a modo de micromundo donde se reproduce lo mejor y lo peor del ser humano. Lejos de ofrecer una visión compasiva o indulgente de los personajes, el crudo realismo con que están expuestas las historias subraya la arbitrariedad que rige sus vidas y desvela las estructuras de poder en que estas se desenvuelven: el mundo ya era así cuando llegamos y poco podemos hacer para modificarlo, parece desprenderse de los relatos. Como curiosidad, uno de los mejores cuentos, el que lleva por título «Chaquetas rojas», ya tuvimos el placer de incluirlo en el último número de la extinta revista Narrativas, pero volverlo a leer de nuevo me ha servido para situarlo dentro del universo narrativo de Jerónimo García Tomás y apreciar aún más si cabe la particular idiosincrasia del autor valenciano.

Jerónimo García Tomás
Sin desmerecer en absoluto el resto, como ha quedado dicho, hay especialmente dos relatos que a mi entender sobresalen del conjunto, ambos extraordinarios, me atrevería a decir incluso que deslumbrantes, y que me apetece resaltar aquí: «Gasolineras», donde dos mujeres de distinta clase social, aunque con similares dificultades para acceder a un mundo que desean pero al que no pertenecen, se dejan llevar por un extraño juego que bascula entre la fascinación mutua y la pura necesidad, y «No me moveré de aquí», más breve que el anterior, pero de enorme contundencia a la hora de plasmar la fragilidad humana, donde los personajes se ven incapaces de quebrar esa barrera invisible que las circunstancias y los intereses ajenos han erigido a su alrededor. En la misma medida merece destacarse el talento de Jerónimo García Tomás para construir unos diálogos magníficos, tan descriptivos como sugerentes, tan reveladores como lúcidos, como parte de un trabajo de construcción de personajes que en muchos momentos alcanza la perfección.

Jerónimo García Tomás, con Fumadores de manos sucias, da sobradas muestras de manejarse con total maestría en el formato breve, a la vez que se confirma como un experto desbrozador de las convenciones humanas, ese juego de verdades y mentiras en el que todos, seamos conscientes o no, tomamos parte a diario. Un excelente libro de relatos que merece, sin duda alguna, el interés no solo de los fieles seguidores del género negro, siempre anhelantes de propuestas regeneradoras como esta, sino de los amantes de la buena literatura comprometida con el mundo en que vivimos, o lo que es lo mismo, de la literatura —me atrevería a decir— de «carne y hueso», que nada tiene que ver con esa otra literatura de «cartón piedra» que tan buenos resultados monetarios suele dar.
Carlos Manzano


miércoles, 16 de marzo de 2022

EL 53 DE GILMORE PLACE DE JESÚS ZOMEÑO. POR RAMÓN ASQUERINO FERNÁNDEZ

 

Intervención completa de Ramón Asquerino Fernández, Doctor en Filología Hispánica y Catedrático de Literatura, en la presentación de la última novela de Jesús Zomeño en el Café Comercial de Madrid el 14 de marzo de 2022.


Ramón Asquerino, Jesús Zomeño y Manuel Turégano

Entre Ariadna y la hora del Minotauro del aire


«¿ […] ni tú eres tú, ni yo soy yo, aunque aún seamos tú y yo […] como si copiados vagásemos en un espejo?»
 Luis Felipe Fabre: Declaración de las canciones oscuras, Madrid: Sexto Piso, 2021, p.114.

 


 «Hoy es cuando los dioses deben morir/ cargados de silencio en las estrellas», escribió Jesús Zomeño en uno de los tres poemas aparecidos en aquella Antología poética de 1984. Editor de la su colección de poesía Diarios de Helena, también publicó artesanalmente —con claras señales de corondeles— libros en formato octavo de relatos y versos, reunidos en el Laberinto de la memoria. Ahora reaparece el Jesús lírico mano a sílabas entre versos de arte menor en el libro de 14 poemas Con vistas al mar (febrero de 2022): «Polifemo/ vive enfrente,/ tanta mirilla/ para tan poca puerta», de “Resignación”, poema 5, en donde al eco homérico y joyceano se le une la memoria de Aníbal Núñez: «Salicio vive en el tercero izquierda», porque ambos poetas aúnan clasicismo y modernidad. También en los dos autores sus personajes viven en su peculiar domicilio, como demuestra esta segunda novela que señala la ubicación vecinal: El 53 de Gilmore  Place, de la que vamos a tratar hoy con ustedes en este café emblemáticamente literario del poeta Rafael Soler y con el cuidadoso editor Manuel Turégano, este exportador de mercancías librescas a plena luz, lícitas, a plena tarde, lluviosa. Ambos, dos personas preocupadas por la cultura.

        Tres años antes había salido también en Ediciones Contrabando El cielo de Kaunas de 2018, ambientada en esta ciudad lituana y dividida en III partes y 30 «capítulos», como esta, a la que se refiere El 53 de Gilmore Place al menos seis veces, y cuyo protagonista es casi el mismo. Por supuesto que en este brevísimo e incompleto currículum hay que recordar las colecciones de relatos, la de 2016 reunidos en Querido miedo —alrededor de la Primera Guerra de la que Jesús es un especialista y cuyo testimonio no podía faltar en esta novela, pp.72 y 114—; también de 2016 es De este pan y de esta guerra, premio de la Crítica Valenciana, igualmente en Contrabando, y otra con ilustraciones al estilo del expresionismo de su inseparable Miracoloso, Metralla, de 2019. Puedo decir que he tenido la oportunidad de haber leído casi la obra completa de Jesús, incluso antes de editarse, como en una suerte pregutenbergiana

          Y ahora nos llegan «Cargados de silencio en las estrellas» los personajes poco ilustres, quebradas sus imágenes en espejos rotos —pero no al modo de Valle—, antihéroes estrellados, que perviven semivivos en El 53 de Gilmore Place. La obra se compone de un capítulo sin numerar y 30 en cardinales más una Nota final del autor. A modo de frontispicio, se encuentran tres importantes elementos: la dedicatoria a Máximo Álvarez, otra excelente persona, que igualmente abre y cierra el libro como agradecimiento a sus abrazos y empujes de ánimos; la detallada cubierta de la bomba de Carlos Michel Fuentes, proyectil al que el autor se refiere varias veces con detallismo descriptivo (pp.36, 46, 99,172), y el tercero, la cita de El silencio de las sirenas de Kafka que comienza con un «Érase una vez […]», fórmula esta feérica que induce a pensar que casi todo es imposiblemente posible en esta historia. La referencia a las sirenas también nos enlaza con el Ulises, 2/2/1922, capítulo 11, un verdadero alarde del mundo del oído, y con su correlato anterior, el canto XII de la Odisea de Homero. Igualmente, el gusto por las patatas del protagonista de Jesús (p.153) podría escuchar un rumor simbólico afín a la patata en el bolsillo de Leopold Bloom. Aún hay más elementos kafkianos a través de lo absurdo (pp.62, 118, 172, 204), y no lejos del Mihura de Tres sombreros de copa, p.63 sobre todo. También algo de Kafka se respira mediante esa sordidez (pp.33 y 198), más intensa en El cielo de Kaunas, junto a esa hora del Minotauro del aire —en este momento la absurda y cruel guerra por la que estamos abatidos—, gris marengo que rezuma y cubre casi toda la novela, cuyos signos indexicales son Madrid, Edimburgo, Barcelona, Glasgow, Logroño…, a través de un laberinto de espacios temporales diseminados pero muy exactos: 1894, 1926, 1934, referencias a nuestra Guerra Civil, 1940 y 1941, los años 60, 1973 y 1976, y llega hasta mediados y finales de los 90.

           El título de la novela, frecuentemente repetido, también posee un valor simbólico puesto que se encuentra en las páginas 11 y 19 y reaparece ya al final en la 207, conformándose de esta manera una estructura circular dentro de la que se enreda y desenvuelve el protagonista narrador anónimo, bajo su extensa soledad. La calle y el edificio actúan como otro personaje más y muy sobresaliente —recordemos, por ejemplo, el papel preponderante de la calle en La calle de Valverde, México, 1961, de Max Aub— incluso en su doble vertiente literaria y metaliteraria. No desvelaré ni un ápice del final de las diversas intrigas que se entrelazan bajo un laberinto tan especular como reflexivo, porque nos encontramos ante una novela que esconde varios misterios —donde se incluye el de la propia casa de la calle citada— que hay que ir desencriptando despacio, como transcurre el paso de la narración en tempo lento, por ejemplo en la p.51, donde son las 07:15, y dos renglones más abajo, pasamos a las 07:16, en un claro acierto del detallismo temporal que tiene su contrapunto en algunas descripciones minuciosas. La novela se entreteje a través de una narración en primera persona (p.11: «pedí» y p.207:«tengo hambre», otra vez al principio y al final) por parte del protagonista, inspector de policía (p.15) anónimo, nada violento, escritor, enfermo a causa de un tumor (pp.118-122), acosado por sus compañeros reiteradamente (pp.30,56,70,143), quienes lo acusan sin motivo de pedófilo (pp.14,70), e incluso atentan contra su vida (136). Rodeado de enemigos dentro de la comisaría, a excepción de su fiel amigo Paco (pp.11 y 70), su casa lo salva al considerarla como su único y seguro refugio: «en casa me siento a salvo» (p.93). El inspector pretende desentrañar la madeja puramente policiaca, entre otros casos, de un más que raro incendio en un cuartucho de inmigrantes en la calle Apóstol Mateo (p.13 y 107), pero sin el hilo de Ariadna y amenazado por una peligrosa situación constante en la hora del Minotauro del aire. Si bien la narración mantiene esa «Nueva Objetividad alemana (crítica social de los años 20 y 30) y la novela policiaca», adolece de la «técnica de montaje inspirada en el cine, que permite un constante cambio de perspectivas, un juego combinado de distintas voces narrativas que muestran lo relatado desde diferentes puntos de vista», que sí es palpable en El cielo de Kaunas, sin embargo no nos deja respirar ni por un momento entre las intrigas del laberinto de planos que se desvelan y acechantemente se deslizan. 

           Los ‘31’ «capítulos» giran en torno a esa referida y repetida circularidad y alrededor de una serie de constantes que jalonan sus páginas en forma de microhistorias, cajas chinas, episodios folletinescos (144-146) de variopintos denunciantes, historias de espías nazis (pp. 117, 123), suicidios (p.127), crítica social (p.107: los treinta orientales calcinados y hacinados) y con frecuentes saltos atrás. Relatos cruzados sobre todo por el desamor (pp.32,113), a través de una espléndida técnica de metanovela (pp.16, 27, 84, 105, 130, 141, 181, 196, 197, 206), máxime en la página 119, en la que el inspector corrige, borra y recapitula, en torno a su protagonista Mateo (pp.20, 27), con quien aparentemente se confunde a causa de ese juego de laberinto de espejos —tan bien observado por la crítica—, hasta el extremo de que el policía se identifica plenamente con su personaje (pp.20, 28 y 113), se ve reflejado en él. De ahí, producto de esa mezcla equívoca de imágenes reflexivas, la cita que encabeza como apertura esta presentación, y que resulta tan unamuniana, aspecto este referido por la crítica, como la huella de Niebla que se trasluce en la narración (pp.20, 28, 113, 160, 181), sobre todo en la tajante afirmación: «convertirme en personaje literario», p.203.

           Los múltiples seres imaginarios secundarios se encuentran desorientados y componen un desfile que arranca desde antiguos amigos del colegio, o de la mili, el oncólogo Jaime (p.118), citado en El cielo de Kaunas, al triángulo de Menchu-Julián-Roberto (pp.32,113), el peculiar pakistaní  (185) del puesto de frutas; Enrique el barbero (p.54); el aventurero y encubierto Albert Ginestà (pp.41, 45) que, aun siendo español, vivió en el 53 de Gilmore Place, y sobre el que también se teje una historia de misterioso espionaje; el catedrático Pedro Alcántara (pp. 41,117), exhaustivo investigador, voraz del sexo; el citado Adam en sus correos desde Edimburgo con el caso del asesinato sin resolver (pp.23 y 118) 118) y su larga historia intercalada (pp. 188-193); la presencia de la enigmática Cadence Hewit  y su marido (pp.53, 61,73)… Todos estos configuran un Retablo de las maravillas, poliedro de historias, algunas con personalidad propia, micronarraciones otras que se entrelazan y resuelven dentro del laberinto de los dos planos de la novela: la propiamente dicha y su reflejo en la metanovela, y esta en la otra, recíprocamente. Seres humanos que deambulan entre cambios geográficos y temporales en un malabarismo que mueve los hilos, igual que un trujamán, la casa de El 53 de Gilmore Place.

        Los diversos platos y comidas igualmente proceden como una circularidad: se empieza con una lasaña con cuchara (p.11), ensaladas variadísimas (pp. 40,100, 112,) hasta el extremo de que en la p.126 se traza un especie de similitud entre ensalada y novela: recordemos nuestras ensaladas, mezclas de versos, estrofas y de diversos temas, muy populares en los siglos XVI y XVII; altramuces (p.118), el café y las cervezas (pp.176 y 182) o el coñac; las aludidas patatas (p.153), sémola, piña, los doce yogures, cuchara en ristre (p.142), la dieta sencilla de la abogada María Elena (p.168), incluso aparece un club de cocina (pp.148, 151). Alimentos que sirven para cerrar con estilo desgarradamente metafórico lo que al inicio era solo un plato de lasaña con cuchara: «Tengo hambre, es cierto, pero sigo una dieta desde niño, una que consiste en no comerme el mundo», p.207 y final.

           Esa cuchara aludida y repetida (pp. 10,11,12,26,48) —igualmente en El cielo de Kaunas (p.187), pero también en primer plano de la ilustración  final de Raúl— recuerda a las descritas y deseadas por el novelista ucraniano Vasili Grosman tanto en Todo fluye, en Stalingrado —asedio que Jesús cita en la p.182: «Las ruedas de la maleta que arrastro sobre el suelo de madera parecen las cadenas de un panzer alemán avanzando por Stalingrado»—, como en su continuación Vida y destino. Anteriormente, la cuchara en Lorca se vincula a la violencia, al mito africano: «Con una cuchara / les arrancaba los ojos a los cocodrilos/ y golpeaba el trasero de los monos. /Con una cuchara». También César Vallejo la usa como símbolo del hueco, del vacío: «como negra cuchara/ de amarga esencia humana». Soledades de uno mismo, pesar retirado, vano, y sin acogida, compartidos por estos cuatro autores. Ahí está en nuestra memoria la «Oda a la cuchara» de Neruda.

       Entre la zarza ardiendo, con la amenaza del Minotauro, y el panorama laberíntico  de las microhistorias entrecruzadas a través de esta constante metanovela en cajas chinas, Jesús recapitula para que el lector ni se queme devanando parte de lo anterior ni se pierda. Así, con mucha efectividad, resume el intrincado panorama de los relatos intercalados, como en la p.132, y con gran capacidad, por cierto, sobre todo para lectores extraviados sin Ariadna. Lectores a los que el narrador se dirige «os contaría su historia», p.168, la de la abogada María Elena y su esposa, otra micronarración, aunque en este caso se queda colgada. No faltan las referencias al mundo del cine, tan cercano a los gustos de Jesús Zomeño, con los guiños a Ladrón de bicicletas, filme que se introduce en la narración (p.21) como una película dentro de la historia de una denunciante peliculera. Igualmente, el mundo literario, que tan bien conoce nuestro novelista, aparece con alusiones a La isla del tesoro (p.39) o El guardián entre el centeno (p.174).

        ¿Cuál es para el propio autor el epicentro de la Literatura? La cita no es corta, pero no tiene desperdicio: «Es un buen momento para desahogarme con la novela que estoy escribiendo. Una historia triste, de personajes desorientados, creo que es el momento de insistir en la desolación ajena, siquiera como terapia» (p.143). (Las cursivas y negritas son máis).  Se conjugan varios planos superpuestos en estas dos oraciones, como casi por toda la narración. Así, se observa la función de la Literatura, máxime en escribiendo, y como alivio y esparcimiento tanto de ese mundo interior desasosegante como tratamiento para ahuyentar los miedos (esa fatídica «la hora del minotauro del aire»: Stalingrado, p.620) hacia el exterior, de donde proceden los términos terapia, desahogarme, o antes (p.43) «me relaja pensar en la ficción». A la vez, el persistente  juego de la novela dentro de la novela. Téngase presente, además, la irrupción del novelista en primera persona, que se desdobla en el papel del narrador principal y de personaje de ficción, y en el de otros, como Adam (p.23) con sus correos: «¿ […]como si copiados vagásemos en un espejo?», al decir de Luis Felipe Fabre. No contento con esos detalles, se clasifica la narración como historia —sinónimo de novela— de tono melancólico, doloroso, de personajes desorientados, perdidos, ausentes (p.22, como su padre, que está condenado por la nostalgia), afligidos y angustiados moralmente, así lo ejemplifica esta otra afirmación que insiste en el carácter desasosegante que envuelve a la novela: «vuelvo a pensar en todo lo que viene después de haberlo pasado bien» (p.177). A fin de cuentas, toda esa amalgama de contradicciones es lo que nos convierte a nosotros en seres humanos. Y como telón de fondo y trasfondo, el ya tan recurrente motivo central de la técnica de la metanovela.    

         De vez en cuando, se colorea la narración con ráfagas de lirismos  (pp. 176-177 y 207), o mediante esta sentencia de vuelo rasante: «En mi vida todo es barato», p.43, que subraya esa señalada amplia y ancha soledad del narrador omnisciente. No menos lograda es la frase, para mí muy acertada y acerada: «[…] formando un trío en esa extraña cama que es la madrugada», p.176, donde, a las referencias del sexo, que no faltan en la novela, se añade un desplazamiento del calificativo «extraña» en trío, o sea, en tres direcciones, pues tanto se refiere a «cama» como a «madrugada», ambas palabras en femenino, y, opino, de ahí al salto vertiginoso hasta hacer cambiar a género masculino al mismo «trío», desplazando a este el adjetivo extraña, y definiéndolo así, extraña, pero poéticamente.  

        Y ese gran broche como resumen: «pero sigo una dieta desde niño, una que consiste en no comerme el mundo». Perfecto remate que, por lo demás, no desvela, como  mi larga  intervención, el final de esta novela metida en otra, atravesada por microhistorias y laberintos que se entrelazan hasta perderse y reencontrarse, desarrollados tanto en estructura circular como especular, igual que el principio y cierre de esta presentación también de Luis Felipe Fabre: «[…] y lanzando la piedra al cielo de la fuente, la imagen quebró su espejo».    

 Aquí, Entre Ariadna y la hora del Minotauro del aire.

Muchas gracias.
 Café Comercial, Madrid.

  Ramón Asquerino Fernández, Madrid, 14 de marzo de 2022.

 (Esta intervención, ampliada y anotada con su correspondiente bibliografía, aparecerá publicada en la revista Las Piletas en su próximo número de primavera.)

lunes, 7 de febrero de 2022

LETRAS LIBRES: ENTREVISTA A FRANCISCO FERRER LERÍN

 

(Esta entrevista ha aparecido publicada en la prestigiosa revista Letras Libres en el número 245 de febrero de 2022)

por Antón Castro

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es uno de los escritores más singulares, raros e irreductibles de España. Es un solitario al que le apasionan las palabras, los bestiarios, las mujeres, los pájaros y el erotismo. Fue en su juventud un gran jugador de póquer, y no ha dejado de serlo nunca. Poeta y narrador, teórico del arte casual, Antonio Viñuales Sánchez ha recopilado en el sello Contrabando la antología de relatos, cuentos y microcuentos, poemas, etc., Casos completos.

¿Lo primero de todo, en su carrera de escritor, fue la poesía o el lenguaje mismo? 

El lenguaje venía encapsulado. Un niño Ferrer Lerín mortificado por acúfenos, por cantinelas sacrílegas, hubo de dar contenido a estos fenómenos, y allí se armó esa estructura preescritural compuesta por palabras y gruñidos. Que la poesía, por su condición cadenciosa, fuera el cauce lógico a todo ese barullo parece la explicación más lógica.

¿Cómo va dando el paso hacia ese género híbrido, ensayístico y fabulador, que es su prosa breve? ¿Fue antes o después de Níquel, la novela que le devolvió a la escritura tras años de silencio y que ampliaría luego en Familias como la mía? 

Siempre estuvo ahí. Ya en mis tres primeros libros publicados, por cierto catalogados como libros de poesía, aparecían esas prosas poéticas, o poemas en prosa como se las llamaba entonces, germen sin duda de lo que vino después de Níquel, ese modelo de insegura denominación (relato breve, microrrelato), un subgénero caracterizado por su escritura narrativa breve, circular, a menudo perteneciente a esa categoría por la que siento especial predilección que es la del “argumento débil”, y que en la plataforma del blog, primero en mi blog personal y luego en el blog colectivo El Boomeran(g), conviviendo en la actualidad ambas personalidades, tuvo un óptimo lugar de acogida, quizá por su inmediatez, evitando la tardanza de la imprenta y la tardanza en la recepción de críticas, sustituidas por dinámicos comentarios.

¿Cómo nacen lo que Antonio Viñuales llama los “casos”? 

La aplicación del término “caso” a mis textos breves es total responsabilidad de mi amigo, el profesor de la Universidad de Zaragoza Antonio Viñuales Sánchez, que desde hace tiempo, con reconocido éxito, estudia y escribe sobre mi obra literaria y plástica. No son pues los “casos” unos nuevos artefactos sino la nueva nomenclatura que, acuñada por Viñuales, recibe la mayoría de mis artefactos de siempre, los que brevemente exponen un suceso inusitado o extraordinario.

Rechaza el influjo de Cunqueiro, Perucho, Serra, no sé si también el de Marcel Schwob, pero abraza el magisterio de Borges. ¿Por qué?

Cunqueiro sí me pudo influir, o al menos marcar un campo de coincidencias. Quiero decir que cuando leo, en la juventud, Viaje por los montes y chimeneas de Galicia, en una primera versión titulada Teatro venatorio y coquinario gallego, de Cunqueiro y Castroviejo, me encuentro reconfortado, coincido con alguien que disfruta con lo mismo que yo disfruto, y esto, de modo innegable, me proyecta, hasta cierto punto, hacia un camino que desemboca en la escritura, camino en el que sí existen influencias incuestionables, directas, la de Saint-John Perse por su “poesía del inventario”, que me hace ver que existe otra forma de escribir poemas, y la de Borges, en prosa, por su inteligencia al utilizar la erudición y sumir su literatura en una nebulosa especular y bibliófila. Aunque, dicho esto, he de reconocer que el proceso que me convierte en escritor se inicia mucho antes, quizá de modo determinante, con el trilingüismo de mi madre, con los libros sobre fauna, ilustrados, de la biblioteca de uno de mis bisabuelos, heredada por mi padre, con la inmersión en la naturaleza durante los largos veraneos en el campo y con la pasión onomástica transmitida por mi abuelo materno, de antepasados aragoneses.

A mí sí me ha parecido que hay cosas en común con ese mundo del trasmundo y de lo imaginativo de muchos de ellos…, especialmente de Cunqueiro y Perucho… 

A Perucho lo traté poco, y siempre desde la óptica culinaria (guisaba bien); sus libros me llegaron cuando su temática yo ya la tenía arrumbada tras la publicación de Bestiario de Ferrer Lerín. De Cunqueiro hemos hablado. A Cristóbal Serra no lo he leído, y apenas a Marcel Schwob.

¿Dónde se siente más cómodo, en el disparate o en la erudición? 

A veces la erudición, o el intento de ampliar el conocimiento, abre las puertas a verdaderos disparates o al menos a situaciones que muchos tildan de disparatadas. A medida que pasa el tiempo, quiero decir a medida que se envejece, se borran las fronteras y nada resulta original, diferente, todo es a la vez todo, y lo que pudo resultar chocante ya no lo es ahora tanto. Tengo por ahí un “caso” en el que narro la incomodidad de unos padres a los que les nació un hijo que era un número de teléfono; tamaño disparate, pensé entonces cuando lo escribía, no resultará fácil para la mayoría de lectores pero he de escribirlo, surge así y he de ser fiel a los dictados del automatismo, pese a quien pese; hoy ya no me sentiría obligado a justificarlo. En cuanto a la erudición, ya he dicho antes que su problema consiste en su manejo, que buena parte del mérito de Borges reside en el excelente modo de ejercerlo. Yo intenté manejarla durante unos años... con desigual fortuna.

Rinde continuo homenaje a Covarrubias y a los maestros lexicógrafos. ¿Aspira a serlo usted también, desde la perspectiva de la ficción y el ingenio? 

Si he de ser sincero no aspiro a casi nada, a lo sumo a obtener cierto placer con la relectura a corto plazo de algunos de mis textos y, desde luego, a un leve reconocimiento por parte de selectos grupúsculos de lectores y críticos. Últimamente me van llaman[1]do “maestro” pero creo que la razón es meramente cronológica; “maestro” como eufemismo de anciano. ¿Por qué son tan importantes en su obra el absurdo, el humor negro y la transgresión?  Hay dos o tres verdades que circulan por ahí entre las que destacaría la que afirma que el humor es patrimonio de la derecha. Está claro que el humor consiste en reírse de lo demás y de uno mismo, y la izquierda siempre anda ocupada en la defensa numantina del respeto a las personas, aunque estas no sean acreedoras de esa deferencia. Desde el 68, con el advenimiento de la progresía, se ha vetado no solo la burla sino cualquier comentario, aunque sea benévolo, incluso satisfactorio, acerca del aspecto físico y mental de humanos y humanoides, lo que cercena gravemente el horizonte del humor. En cuanto al absurdo, ese pilar del vanguardismo, su presencia debería reclamarse apasionadamente si de verdad queremos acabar con lo políticamente correcto, con el animalismo y con el Me Too. Recuerdo que usted me dijo en una ocasión que más de uno le había comentado que mi sentido del humor le resultaba incómodo, y quizá intolerable, reacciones que son una muestra obvia de que por ahí es por donde he de circular

El tema del amor, nada complaciente o romántico, y el erotismo ocupan muchas páginas. ¿Son el amor y el sexo lugares de la libertad o de un sinfín de heridas?  ¿Heridas? Ninguna. El sexo no solo es, junto con la omnipresente presencia del aburrimiento en la cotidianidad de la pequeña burguesía, uno de los principales motores del mundo, es que es francamente divertido. La cuestión es que pese a los anticonceptivos, la despenalización del aborto y el ocaso de las creencias, el sexo aún sigue siendo un tabú, al menos en algunas de sus modalidades.

En tiempo de militancia feminista y del término micromachismo, ¿no teme que su mirada sobre la mujer pueda levantar ampollas o airear recelos? 

Mi mirada sobre la mujer es la de un defensor acérrimo de ella. Desde siempre he abogado por su participación en todo tipo de decisiones, desde luego en las decisiones cruciales como el control de la natalidad en el Tercer Mundo, problema capital, el de la explosión demográfica, que no podemos seguir dejando en manos de maridos e instituciones cavernarias como las religiones. Otra cosa es que en el ejercicio de la sexualidad, libre y consentida por ambas partes, sea partidario de acabar con la hipocresía que abanderan muchas personas físicas y jurídicas.

Usted, también, crea en sus libros su propio Manual de zoología fantástica o su propio bestiario. ¿En qué medida también lo es este? 

Casos completos es libro de editor, considerando este oficio en términos anglosajones. Es el libro que Antonio Viñuales Sánchez ha construido seleccionando, categorizando, introduciendo y epilogando textos que, eso sí, muchos afirman que yo he escrito. Que el conjunto haya o no resultado un manual de zoología fantástica es algo que no sé, pero ojalá se aproximara a ese concepto, y no digamos a su paradigma celestial, el Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero.

¿Ese amor a los pájaros es, esencialmente, un amor inconmensurable a la naturaleza? 

En la niñez ya apunté maneras en cuanto a demostrar curiosidad por el mundo natural. Una situación azarosa trasladó el foco de atención desde la herpetología a la ornitología, y ahí me instalé, no descuidando desde luego el resto de elementos que conforman la naturaleza. Pero no hablaría de amor por los pájaros, mi relación con ellos está más cerca de la filatelia, de la observación, del estudio, que de la contemplación embobada y esteticista.

El póquer anda por aquí y por allá todo el tiempo. ¿Qué le dio a usted y qué importancia tiene el juego en nuestra vida?

El póquer fue uno de los talentos que me dio la vida. Lo aproveché mientras pude tanto como divertimento como medio para financiar las no siempre baratas actividades encaminadas a estudiar y proteger ecosistemas y especies animales y vegetales a ellos asociadas. El juego, en una concepción amplia, forma parte del carné de baile de los seres inteligentes; es frecuente oír a los enteradillos de turno señalando que algunos primates y algunos córvidos son capaces de realizar cálculos aritméticos y/o abrir una cajita en la que se ha escondido un caramelo. Ciñéndonos a los humanos, y no es necesario acudir a Huizinga o a Caillois, Homo ludens no somos todos, desgraciadamente.

Hay en usted como un tono constante de insolencia, de provocación, de inconformismo. ¿Le da la vida lo que quiere? ¿Qué le pide al destino? 

El destino, como dirían los cursis, nos lo labramos nosotros mismos; y los cursis tienen, casi siempre, la razón. Y quizá en esa labranza forme parte principal el inconformismo, la obligación de dar un toque de atención a los que tozudamente quieren llevarnos por el buen camino que, mira cómo son las cosas, a veces resulta que es bueno para ellos pero no para el propio interesado.

¿Qué tipo de gloria o reconocimiento anhela? 

Me gustaría que la gloria y el reconocimiento, sean del tipo que sean, me llegaran en vida, en vida consciente. No sé, me parece, aunque a lo mejor esté equivocado, que nos están engañando. Eso de que tras la muerte seremos capaces de ver, ignoro si a través de un agujero de gusano, cómo nos homenajean nuestros admiradores no lo tengo demasiado claro. Es evidente que con la milonga del Estado de las Autonomías resulta difícil que yo sea premiado; en Cataluña no soy visto como buen catalán por no sumarme a las hordas separatistas y en las otras dos regiones en las que normalmente resido, y principalmente por ese conflictivo origen, desconfían, no acaban de asimilarme... y siempre se ha dicho que solo a través de lo regional se inicia con éxito la senda que conduce a la gloria nacional y luego a la planetaria.

¿Qué le debe a la realidad?

Una de las claves de todo el libro es su capacidad de observación, su gusto por los detalles y no sé si la broma que puede parecer pesada… Me resisto a decirlo, pero no queda más remedio, la realidad supera a la ficción, solo hace falta tener un mínimo poder de observación... y aparecerán las situaciones, los personajes, las palabras, más insospechadas. La broma pesada puede tener pase cuando se formula matizada a través de un texto, pero gastar bromas físicamente no solo es una muestra de mala educación sino un ejercicio gratuito de violencia, y la violencia siempre supone un innecesario despilfarro energético.

 

ANTÓN CASTRO es escritor y periodista. En 2021 publicó El cazador de ángeles (Olifante)

lunes, 24 de enero de 2022

"EL DÍA QUE FUI BILL MURRAY", DE RAFAEL CAMARASA


Por José Martínez Rubio 

(Profesor de Literatura en la Universitat de València)


Un hombre que fantasea con descubrir a un mafioso para proteger a su mujer del miedo que le provoca un señor misterioso. Otro que espía a su propia mujer hasta descubrir su infidelidad y, lo que es peor, la felicidad que siente estando alejada del matrimonio. Alguien que piensa en un urinario en el funeral de su amigo. Un escritor en crisis al que la empleada doméstica desprecia por no saber escribir lo que ella sí escribiría. Una mujer que duda ante la catástrofe si es mejor salvar a su gato o a un cuadro de Rembrandt. Un personaje que se encarna en Bill Murray y que logra seducir a una joven bellísima, acostarse con ella, despertarse con ella un día, dos días, tres, y que acaba sustituyendo el éxtasis por la inquietud…

Los cuentos de Rafael Camarasa en El día que fui Bill Murray (Contrabando, 2021) arrastran al lector de historia en historia, de espacio en espacio, de soledad en soledad. Con Camarasa uno se sumerge en el fondo del océano para explorar los pensamientos de las anchoas, se tambalea preso de la ebriedad en el baño de un antro donde accede a colocarle la polla a Serge Gainsbourg dentro del pantalón, se bambolea con la gracia de un bumerán australiano, se topa con Adán y con Eva comprando en un supermercado, seducidos por la brillante reverberación de una serpiente en una televisión de alta definición. Con Camarasa uno transita del humor al estupor, de la sorpresa a la inquietud, de la confusión a la tristeza. 

Ante todo a un escritor, y más a un escritor de cuentos, a un cuentista, se le debe exigir imaginación. Y debemos agradecerla cuando en un volumen encontramos tanta disparidad de historias, tantos registros, escenarios y personajes. Los artificios son múltiples, variados: el juego con los puntos de vista, los giros a partir de las expectativas del lector, la iluminación de los finales, el humor, la risa, la emoción, la ternura. Rafael Camarasa completa una trilogía de cuentos, tras Feos (2009) y Lo normal (2017), con el El día que fui Bill Murray (2021) y aunque afirme que con ello se retira de la narrativa para continuar con su escritura poética (Cromos, El sitio justo o Sin noticias de Liliput), uno quiere pensar que esa retirada la expresa un personaje estupefacto como los que viven en sus relatos, que no cumplirá con una palabra liberadora y seguirá condenado a una escritura luminosa. 

Rafael Camarasa y José Martínez Rubio
Los cuentos de Rafael Camarasa se nutren de una gran imaginación para hablar, en el fondo, de una misma cosa: la soledad. Ya podemos sonreírnos ante la recreación de los capítulos inventados de Friends, los amores y escarceos en el parque temático del pato Donald, Mickey Mouse o Cenicienta o una tribu de cromañones fundando la primera comunidad de vecinos, que en el fondo de la historia subyace un regusto amargo. La soledad de cada personaje. La complicidad del lector con esa soledad, el único capaz de completar el sentido a toda la historia. 

Los cuentos de Rafael Camarasa se sustentan precisamente sobre esa imaginación, pero sin prescindir de un trabajo consciente de escritura. Ello le permite también fabular sobre las posibilidades del lenguaje e incluso la pérdida de las palabras a medida que perdemos a las personas que nos las enseñaron (la vida es ir llenándose de ausencias), reformular palimpsestos, redefinir personajes populares, explicar la elipsis a partir de un niño que se esconde tras una cortina y cuando sale es un adulto al que le pregunta el agente inmobiliario por cuánto vende la casa. 

En estos cuentos hay tanta soledad, tanta ternura y tanta carcajada como payasos integran un ejército. Porque el humor en Camarasa también es una trampa, la forma que reviste con amabilidad la crudeza del mundo. Lo atestigua el silencio de Bill Murray en la megalópolis de Tokio o en la habitación de un hotel despertando extrañado ante una belleza que ya no comprende.


(Esta reseña se publicará próximamente en el n.º 100 de la revista Barcarola)